sábado, febrero 16, 2008

Entrevista a Juan Domingo Argüelles por Claudina Domingo


Mínima entrevista con Juan Domingo Argüelles
a 40 años del Premio de Poesía Aguascalientes
*



Además de su reconocido trabajo poético, Juan Domingo Argüelles (Chetumal, Quintana Roo, 1958) ha ejercido desde hace 27 años los oficios de editor y periodista. En esta ocasión se dedicó a la investigación, compilación y a la elaboración del prólogo de Antología del Premio de Poesía Aguascalientes 1968-2007, que edita el Instituto Cultural de Aguascalientes y el Centro de Investigaciones y Estudios Literarios de Aguascalientes. Agradecemos al poeta que haya accedido, con todo y remilgos, a esta familiar entrevista.


Entiendo que has elaborado una recopilación de los 40 años del Premio de Poesía Aguascalientes. ¿Qué tanto trabajo implicó ello?

Así es. Se trata de una antología conmemorativa de los 40 años del Premio, que incluye una selección lo suficientemente amplia de cada obra para dar al lector un buen panorama de cada libro. El trabajo fue arduo, no sólo por lo que implicaba la relectura de todos y cada uno de los libros ganadores, sino también porque busqué que las versiones de esta antología incluyeran los cambios que a los largo de los años han impreso en sus obras los poetas. Es decir, en esta Antología del Premio de Poesía Aguascalientes 1968-2007, los lectores encontrarán las versiones definitivas que los poetas hicieron de sus libros con los que originalmente obtuvieron el galardón. Resulta obvio, como en el caso de José Emilio Pacheco, que entre la versión de 1969, de Joaquín Mortiz, de No me preguntes cómo pasa el tiempo y la que el autor incluye en sus poemas reunidos (1958-2000) de Tarde o temprano, hay bastantes cambios. En la Antología del Premio son estas últimas versiones las que incluí. Y, al igual que en el caso de José Emilio Pacheco, lo hice en los casos de todos los demás poetas que hubiesen reeditado su libro con el que ganaron el Aguascalientes.

¿Qué evolución o trazo estilísticos observas desde el primer premiado hasta el más reciente?

En el prólogo a la antología conmemorativa digo una cosa que ahora repito: el Premio de Poesía Aguascalientes no se caracteriza por una sola estética o por una sola poética, sino que abarca una gran diversidad de propuestas, desde la poesía social hasta el poema del juego verbal por excelencia, pasando por supuesto por otro todas las manifestaciones líricas personales. De alguna manera, en sus cuarenta años de existencia el Premio de Poesía Aguascalientes refleja la historia de la poesía mexicana, de su desarrollo a lo largo de las últimas tres décadas del siglo XX y los años que llevamos del siglo XXI.

Tú mismo ganaste el Premio en 1995. ¿Qué significó entonces haberlo ganado con tu libro A la salud de los enfermos?

Lo obtuve, efectivamente, en 1995, y fue para mí una de las más definitivas experiencias, pues me convenció de que podía ser poeta algún día si seguía los dictados de la vocación, y no me dejaba llevar por la corriente de la moda y de los intereses que en literatura acaban siendo siempre dominantes. ¿Quién escribe poesía, con poca probabilidad de éxito comercial, pudiendo escribir una novela? Obviamente, quienes creen que la literatura es una elección y no un destino. En el caso de la poesía, los poetas sabemos que el éxito comercial es prácticamente imposible, y que la prosa narrativa es el género exitoso por excelencia. Pero un poeta no elige ser poeta, sino que, si va a serlo, se le impone como un destino.

De todos los libros que han sido premiados, ¿cuál te gusta más y por qué?

Desde mi punto de vista personal es facilísimo responder, porque mi respuesta obedece obviamente a la preferencia del tipo de poesía que me conmueve y con la que me identifico de manera absoluta. No diría solamente un título, sino varios: Espejo humeante, de Juan Bañuelos; No me preguntes cómo pasa el tiempo, de José Emilio Pacheco; La zorra enferma y otros poemas, de Eduardo Lizalde; Volver a casa, de Alejandro Aura; Mar de fondo, de Francisco Hernández, Música solar, de Efraín Bartolomé, y otros más.


¿Crees que la importancia del Premio sigue siendo la misma?

Como lo afirmo en el prólogo, el Premio significa un honor codiciado no sólo por su carácter orientador respecto de la obra misma, sino también por la satisfacción de ciertas compañías en una lista de nombres que, de una u otra forma, revelan el nivel de la poesía mexicana. Para un poeta de las nuevas generaciones es absolutamente reconfortante estar en la misma nómina de, por ejemplo, Juan Bañuelos, José Emilio Pacheco, Eduardo Lizalde, Hugo Gutiérrez Vega, Coral Bracho, Francisco Hernández, Efraín Bartolomé, José Luis Rivas, Elsa Cross, Jorge Esquinca y Jorge Hernández Campos, por sólo mencionar a algunos de los más notables galardonados. La larga historia del Premio de Poesía Aguascalientes ha tenido de todo y así como ha consagrado a poetas que, en el momento de obtenerlo, poseían una trayectoria indiscutible, también ha revelado a jóvenes talentos que, con el correr de los años, se consolidaron con una obra más ambiciosa y lograda. El Premio de Poesía Aguascalientes es un certamen cuyo máximo valor no sólo radica en su perdurabilidad de décadas, sino también en el alto significado de parámetro estético que ha tenido y tiene para la cultura nacional, en un país donde se dice, con un mucho de exageración, que la poesía no la lee nadie. ¿No tendría acaso que resultar paradójico que el premio por concurso más prestigiado en México sea, precisamente, el destinado a un género literario supuestamente minoritario? Veámoslo de este modo y podremos comprender más objetivamente su absoluta trascendencia.

Entiendo que este año cumpliste 25 años publicando poesía. ¿A qué libros tuyos le tienes más cariño y por qué?

Sí, mi primer libro de poesía lo publiqué en 1982 y lleva por título Yo no creo en la muerte. En efecto, ya se cumplieron 25 años de ello. De entre los doce libros de poesía que he publicado en estos cinco lustros, hay cuatro que me siguen gustando casi íntegramente: Como el mar que regresa, Canciones de la luz y la tiniebla, Agua bajo los puentes y A la salud de los enfermos. Creo que en ellos está cifrada gran parte de mi existencia, pues para mí la poesía no es ficción sino sentido de pertenencia e historia personal, emoción que se comparte. De otro modo, ningún sentido tiene para mí escribir. De estos cuatro y de todos los que he escrito y publicado, A la salud de los enfermos sigue siendo mi itinerario más personal y con el que más he podido comunicarme con otros poetas y otros lectores.

Se sabe que es casi imposible que tú accedas a presentar un libro y se te ve muy poco en lecturas y presentaciones, ¿a qué se debe?, ¿cuándo te aburriste de los corrillos literarios?

Eso sólo me sucede últimamente, a partir de la última década. Antes era al contrario: iba con mucha facilidad y mucho contento a presentar libros. Hoy creo que poco de esto tiene sentido. Accedo a presentar el libro de algún joven o de algún amigo, porque a ellos les puede resultar satisfactorio. Yo lo sufro un poco, aunque también sería exagerado decir que hago martirologio del asunto. Cumplo disciplinadamente, y punto. Pero, sí, en efecto, los corrillos literarios me aburren no por otra cosa sino porque yo mismo soy aburrido. Entre conversar apasionadamente sobre literatura o sobre poesía o sobre lo que sea, en un ámbito profesional, prefiero hacer cualquier otra cosa, incluso leer, pero no realizar una tarea que físicamente me agota y que emotivamente me resulta bastante desagradable. No sé qué tanto platica la gente de literatura, si tiene tan poquito tiempo para leer por estar todo el tiempo platicando. Pero, en fin, cada quien su placer. En esto sí soy definitivo, y no se lo discutiría a nadie. Que cada quien haga lo que le plazca, en tanto le place. Y, en mi caso, uno de mis mayores placeres no es la presentación de libros.


Entrevista realizada por Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982).
*Texto incluido en la Revista Viento en vela #10 (diciembre 2007).

viernes, febrero 15, 2008

Texto leído en la presentación de Viento en vela #10

*De izq. a der.: Benjamín Morales, José Francisco Conde, Iván Cruz Osorio. (Foto/Archivo Viento en vela).
Ocho momentos de la poesía mexicana en el Premio de poesía Aguascalientes
(a manera de editorial)


A partir de su quinto número la revista de literatura Viento en vela se ha convertido en un espacio de reflexión, de pausa y revisión de autores, movimientos, generaciones y distintos géneros que conforman la literatura nacional. Todo esto con la ayuda de críticos y creadores de distintas generaciones, y visiones estéticas. En el presente número, dedicado a los 8 libros ganadores del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes del presente siglo, es decir de 2000 a 2007, la misión es la misma, tratar de reflexionar y hacer la crítica de estas obras que van marcando una vía, entre las muchas existentes, de la poesía mexicana de los últimos años.

Durante el proceso de selección de colaboradores hubo varias altas y bajas hasta que finalmente quedó constituido por los poetas Alí Calderón, Eduardo Uribe, Luis Paniagua, Roberto Cruz Arzabal, además de los poetas de mayor experiencia Daniel Téllez, Marco Fonz de Tanya, y Balam Rodrigo, complementados por los críticos Israel Ramírez, Norma Salazar, Rodrigo Martínez, Eve Gil. También la entrevista realizada a Juan Domingo Argüelles, quien tuvo a su cargo la compilación, investigación y prólogo de la edición conmemorativa de los 40 años del premio.

Con esta publicación aspiramos no a dar la opinión última sobre los libros premiados, sino incorporarnos a la discusión actual sobre las rutas que marcan estas obras y la relevancia del premio.

Cabe señalar que al declararse desierta la edición 2008, la revisión de los anteriores galardonados resulta obligada para comprender el panorama y la condiciones de calidad en que se ubica el premio. En cuanto a las voces que se han alzado indignadas por la ausencia de un ganador, argumentando el detrimento del prestigio de la poesía nacional, podemos decir que la poesía mexicana es mucho más que el premio de poesía Aguascalientes; hay decenas de libros publicados, sin ningún tipo de reconocimiento previo, que lo han logrado, por lectores y críticos, de forma similar o mayor a los premiados. Y como lo han expuesto algunos de los galardonados reunidos en la revista, este premio es finalmente sólo un premio. Los integrantes de la revista Viento en vela hemos querido mostrar esta faceta quizá más institucional de nuestra literatura, en nuestro afán de pluralidad, como lo hicimos con los números dedicados al infrarrealismo, al teatro mexicano contemporáneo, a la narrativa fantástica y realista, a la otra generación poética de los 50, etcétera.

En primera instancia podemos sentirnos satisfechos de ser los primeros en reunir un examen individual a estas ocho propuestas recientes del premio de poesía más importante de nuestro país, y de esta forma dar la cara al ninguneo y la indeferencia reinantes en nuestro medio. Advertimos que cada opinión es responsabilidad del autor, nuestra misión fue la de diseñar un esquema crítico general, no la de censurar las opiniones vertidas por los colaboradores, quienes a su vez serán evaluados por sus dichos ya bien por los lectores, otros críticos o los poetas premiados.

De esta forma Viento en vela llega a su número 10, en casi tres años de existencia, reforzando su misión de convertirse en una memoria crítica de la literatura nacional para nuestros lectores presentes y futuros.

Iván Cruz Osorio

jueves, febrero 14, 2008

La Renovada Esperanza: Sin Título de Jorge Hernández Campos

*Jorge Hernández Campos (Guadalajara, Jalisco, 1921-ciudad de México, 2004)


LA RENOVADA ESPERANZA:
SIN TÍTULO DE JORGE HERNÁNDEZ CAMPOS*

por Israel Ramírez Cruz

Por las deudas, para Alí Calderón y Jair Cortés

Tenerlo a la vista nos mueve a pensar que para leer este libro no se necesita mucho más que el impulso inicial. 84 páginas a las que uno mira con curiosidad y de las cuales podría esperar algo que esté en sintonía con lo mucho que se publica en la actualidad: la ausencia de valor y de ética. Además, el lector puede retrasar –sin saberlo aún– el placer, el desconcierto y el retorno al estado de humildad que le espera frente a la gran poesía. Pronto nos damos cuenta que el envión no perdura conforme las hojas se vuelven imposibles de tan bien logradas.



Azar nocturno los
abrazos
La certitud de la
alborada
nos desunió los cuerpos
¡hagámonos pupila con pupila
ciegos!
Venga la lobregura de
más besos.



(“Sed lux”, p. 9)



La certeza del amanecer nos aleja; cosa que sólo la pareja amorosa puede pensar. Pero desde este poema inicial comienzan también los misterios. Tan acostumbrados estamos al encabalgamiento que ahora es norma común que aparezcan en la poesía moderna. Sin embargo, por qué Jorge Hernández Campos obliga al encabalgamiento justo después de los artículos o la preposición. Pareciera que en lugar de funcionar como una prolongación semántica que transpone la longitud del verso, estos encabalgamientos lo que consiguen es justo lo contrario: tensar el sentido del verso en unidades a las que les falta algo. De ahí que “Azar nocturno los” o “La certitud de la” se continúen en el verso siguiente, pero ya han dejado en el lector la sólida sensación de un corte, de una respiración agotada, de una dificultad.



Desde el arranque del libro, lo que parece sencillo se complica al límite en un decir que nos impide compararlo con las muestras recientes de poesía mexicana. La presencia renovada de la poesía en el mundo moderno es un acontecimiento inusual, y esto precisamente es lo que ocurre al adentrarnos en la lectura de Sin Título de Jorge Hernández Campos.



Pero retrocedamos un poco. Valdrá la pena indagar por el nombre del autor que aparece en la portada del libro, por las cualidades del poeta, por sus trabajos previos, por su lugar en la historia de nuestras letras. Bien que vale, y mucho. El poema no nace de la nada y hablar de la trascendencia del autor sirve también para comprender un poco más la tradición en la que se inserta. Pero este acierto de mirar al escritor lo harán quienes hablen de historia, no de poesía. La poesía no está cifrada en la trayectoria del nombre como se piensa muchas veces, ni siquiera en la importancia de los premios que se reciben. Y quizá esto que parece demeritar a la persona que firma este volumen, no tiene otra intención que engrandecerla al reconocer su importancia al margen de modas, grupos culturales, edad o demás elementos externos al terreno de la estética.



Jorge Hernández Campos mereció en 2001 el Premio Aguascalientes no por su trayectoria literaria, sino por un volumen de 32 poemas que denotan la maestría del oficio y la alta zancada de su firme aliento. En términos generales podemos decir que existen componentes que le dan cohesión al volumen: el tono homogéneo que recorre los textos, la recurrencia de ciertos temas como el pájaro y la presencia de lo aéreo y evanescente, los opuestos y antagonías, la vista y su papel dentro de la percepción del mundo, la experiencia de la pareja, el yo pasivo o dependiente del tú al que se dirige el discurso. Y esa estructura se reafirma con lo bien hecho que está todo lo anterior.



Pero iniciemos con el asunto que parece más complicado de explicar dentro del texto poético. El tono es, en sentido directo, una cierta inflexión en el habla, un matiz según la intención o el estado de ánimo del enunciante. Y desde aquí ya se nos presenta el primer obstáculo: cómo comprobar que el tono que se percibe en el texto corresponde a la intención o estado de ánimo que el emisor quería plasmar. Vayamos aún más lejos, ¿importa que se compruebe? y ¿cómo enriquece la lectura su identificación? Por ejemplo:



Consuélanos hoy
vinagre del amparo
Nos caemos aquí
nos alzamos allá
lastrados de esperanzas

Andamos
por el camino real
resplandecientes
de harapos
preguntándonos
cuándo hemos de llegar
a la posada ésa
donde nos darán pan
lentejas
y degüello
(“Jornaleros”, p. 33)


Pero el tono es, consecuentemente con lo dicho arriba, la forma en la cual el lector se siente interpelado por el poema. De tal suerte que en “Jornaleros” está claro lo que ocurre a lo largo de gran parte del volumen. Por una parte tenemos una serie de referentes que denotan bienestar (consuelo, amparo, esperanza, resplandor, posada, pan, lentejas) y, acompañándolos de manera armónica, están los que denotan infortunio o fatalidad (vinagre, caída, lastre, harapos y degüello). De tal suerte que el lector percibe la ambivalencia entre la súplica que pide parabienes, pero que al mismo tiempo sabe que al final se le dará el amparo y posada previa a la muerte. Esperanza no en la salvación, sino esperanza de que llegue el final a su justo tiempo.

El tono del poema incide en la comunicación que se logra gracias al discurso lírico. El tono funda un lazo de relación –aunque indirecta y no del todo clara– entre lector y escritor. Después de establecer contacto el lector sabe que hay sentimientos en común que lo hermanan con aquél. Si recordamos la proposición de que la lírica representa un acto de habla con nosotros mismos en la soledad, cómo pasar por alto versos donde la lectura del texto nos lleva a hablar con nosotros mismos en un diálogo rítmico que transita del espacio de la casa a la memoria, de la escritura a las aves, de las naves al mar. Basten para corroborar esto las dos odas que escribe Hernández Campos a la mano izquierda:

En la tiniebla de la madrugada extiendo mi mano izquierda, que con vocación nihilista te busca a sabiendas de que no va a encontrar nada, y menos que nada a ti.
(“Segunda oda a mi mano izquierda”, p. 81)


El tono se reconoce no sólo por las palabras utilizadas, sino por cómo ellas nos conducen a participar de estados de ánimo. Dentro de los límites de su polisemia, el signo poético permite interpretar una atmósfera anímica que se sumará de manera decisiva al proceso de interpretación global del texto. Es cierto que el lector sufre un proceso de aprendizaje gradual, pues todo lector, en sus inicios, configura casi siempre una única lectura-interpretación del texto. Está seguro de que el libro “dice” lo que el cree. Pero conforme desarrolla más herramientas, este proceso se hace más eficaz y será capaz de proponer múltiples lecturas-interpretación que funcionan de manera paralela mientras no decidamos al final cuál es la mejor o que satisface todas nuestras experiencias. Así, al avanzar hacia el final del texto, elegiremos de entre ellas la más sólida. Seremos capaces de responder y sustentar juicios sobre nuestro proceder. Para abreviar esto, las lecturas paralelas, son caminos que abandonamos o dejamos latentes como posibilidades al emitir un juicio global sobre lo leído. Por ende, el lector desarrolla capacidades que lo llevarán a elegir si el tono que corresponde mejor al poema será el de burla, tedio, queja, petición, alegría…

Por ejemplo, en la cita anterior, no existe una doble lectura en el tono –no hay una ironía, sino un camino directo y claro que hace percibir el dolor. En estas dos odas –que no dejan de recordarnos aquellas Odas elementales– ocurre que a través del resquicio que quiebra la soledad aparece la compañera y la nostalgia, “y la nostalgia [–leemos–] está hecha de naves que se han hundido y reposan en el fondo del mar, en esa región que empieza donde termina mi mano izquierda. La mano con la que no puedo asirte”. Poemas donde se revela la impotencia; la mano no sirve como cuerpo si no puede tomar entre los dedos, si no hay un otro que sienta la caricia. Así como en este poema, los lectores de Sin título perciben un estado de ánimo que da unidad al volumen. No es ni amargura ni queja, pareciera sopesada resignación o, más precisamente, aceptación del presente con todas sus caras. Un estudio que se centre en las imágenes de pérdida en el libro seguramente revelaría que a ellas las acompaña también una aceptación o musitada esperanza. Esa inflexión de la voz que revela un estado de ánimo nos hace pensar que este es un libro al que no olvidaremos pronto. Duele leerlo, duele asumir con toda convicción el pacto de lectura.
En otros ámbitos, dentro de los temas reiterados están aquellos que aluden a las paradojas, contrarios, contraposiciones.

Mientras discurro
el aura ata y desata
cintas y celajes.
Cerrarás la ventana, la
cerrarás, porque
la cerrarás, como se cierra
una boca por dentro.
(“Sed lux”, p. 11)


Pero esta aparente oposición lo que crea es un sentido de totalidad al que no puede detener o enfrentar el sujeto lírico. Tan rebasado se sabe que los últimos cuatro versos de “Sed lux” apuntalan sólidos esta imposibilidad en la enunciación de un futuro que no sólo por repetido se espera demoledor. Qué puede hacer frente al futuro casi cierto de que se cerrará la ventana-boca y él no puede-podrá abrirla. Si además de esto recuperamos la carga de sentido que existe en atar y desatar de la contraposición inicial, nos damos cuenta que el conjunto de la estrofa se advierte solidamente construido como una totalidad infranqueable.

Muestras de este mismo recurso los encontramos en: “el caballero / es no es, es no es, es no es / en el trémolo / de los relámpagos”; “Te abrazo y desabrazo / al compás del aliento”; “monta y des / monta huecos virtuales entre / la carcomida arquitectura”; “que es y que / no es, que representa pero // no representa, me mantiene / suspenso”. De aquí que surja la pregunta, por qué decir algo por medio de su negación, de su contraparte, de sus oposiciones. El recurso tiene una función dentro del poema, una función que en este caso remite paradójicamente a la precisión, a la idea de totalidad y a la sensación de impotencia frente a los acontecimientos. Tres resultados que se imbrican a cada momento como unidad sólida en la lectura del libro.

Cercano a esto hallamos los ejemplos donde se presentan situaciones o acciones que denotan lo incompleto, la imposibilidad o la carencia de atributos naturales en las cosas presentadas: “El animal inacabado / ama el frenesí de su galope”; “Llueve / sobre el caballo / que no quiso arrancar / Llueve / sobre el jinete / caído en el barro”. El animal inacabado y el coche que no quiere funcionar son muestras de que aquí se presenta el revés de lo que se esperaría: “el revés, siempre el revés, de su historia” leemos en “Enero en Buda”. Para qué, para decirnos que todo tiene otra historia, como posibilidad, como certeza. De ahí que en este poemario la presencia de ese “otro” sea también fundamental.

En ocasiones la voz poética se habla a sí misma desde una segunda persona del singular, como en “Ejercicio de tiniebla”:

La tiniebla
te aceita los ojos
los ojos niegan la tiniebla
que niega los ojos

Yaces en la tinta
velas y esperas
en el fondo del tintero […]

Ahora siéntate
recoge tus cabellos
y levanta la frente
Ya viene la pedrada.
(“Ejercicio de tiniebla”, pp. 47-48)


Tenemos entonces un ejercicio de exploración y autoreconocimiento. Pero junto a ello, también existen ejemplos donde la voz se dirige a un destinatario diferente. Esa otra historia que se entrevé en el poemario quizá sea la del ser que nos acompaña, porque quizá el amor, la pareja o la compañía nos restituyan la totalidad del mundo. Por ello a lo largo del libro la voz poética apela con recurrencia a ese tú. Casi podríamos definir a esta voz en primera persona como suplicante o necesitada, pues es el otro quien hace y obra sobre él.
El yo se reconoce incompleto: “Yo soy hoy / el balbuciente / que es ese a quién al que se le quiebra / la saliva”. Sin embargo, ese tú no será un desdoblamiento de la primera persona: es claramente un destinatario distinto; por ello el resultado de la lectura del poemario nos motive a pensar aún más en la imagen de deriva en la que se encuentra el enunciante. No sólo hay súplica y petición, sino que hay una certeza de inutilidad frente al destinatario.


Me llevas delante de ti
como una trompeta.
Tu aliento en la nuca
me inflama las fauces canoras.
(“Exeunt”, p. 30)


En este sentido, el poemario refleja un lirismo donde la presencia del tú es también capital:


Ayer paseábamos
cogidos de la mano
por un huerto de árboles
con frutos del Bien y del Mal

Dame otra vez la mano
mientras aún queden huesos
y mientras avanzamos
usemos los dedos
para contar las sílabas
de un poema imposible
(“Pavana”, p. 74)

Mucho se podría comentar más sobre la presencia del tema de la poesía y la escritura en el libro; de la forma atrevida en que consiguen eneasílabos en “La silla de Wittgenstein”; de la presencia de imágenes relativas a la escalera, al estar de pie; de la sensación inusual que provoca la lectura de formas romanceadas en algunos textos (“blanca palomica”, “Piedad dejome prisionero / de aquesta divina telaraña”…); del papel de la memoria en el poemario, de la excelencia del poema “De retorno” o del dolor que habita “El ruiseñor de la mañana”. Mucho podría decirse y, estoy seguro, que se dirá en reconocimiento de este libro.
Jorge Hernández Campos es uno de los poetas que nos devuelven la esperanza en la poesía, además de que es uno de los que mejor han refrescado el ámbito de nuestra poesía en el recién iniciado siglo XXI. En un tiempo donde pareciera que ser poeta joven es sinónimo –absurdo, pero sinónimo– de buen poeta o de poeta que vale. Jorge Hernández Campos nos recuerda que la verdadera poesía no tiene qué ver con edades o reflectores, sino con palabras.


*Texto publicado en el número 10 (diciembre 2007) de Viento en vela.

miércoles, febrero 13, 2008

Partir de donde la ceniza cumple sus hábitos [sobre Los Hábitos de la Ceniza] por Marco Fonz


Partir de donde la ceniza cumple sus hábitos*



Gottfried Benn escribe: “Probablemente el Yo lírico ha surgido de dos formas, la explosión y el recogimiento; una es brutal y una es tranquila y ambas conocen el método de la ebriedad: se cae en lo insondable, exangüe, y después sobrevienen los ímpetus con las pruebas de la visión.”
Al convertirnos en lectores de la ceniza nos damos cuenta de que entramos a mundos de infinita riqueza. Mundos creados de evocaciones y brillos directos de personas y lugares que nos dan un mismo cuerpo que somos nosotros mismos. Los hábitos de la ceniza nos lleva a vivir directamente los cuatro elementos. Poemario de pulsaciones profundas. De miradas graves y contundentes. Las cuatro partes que forman el poemario pertenecen a ese Yo lírico del que habla Benn.

Nacidas de la explosión y el recogimiento. Como un antiguo “Aedo” Jorge Fernández Granados nos guía por el camino del sueño y el recuerdo. Xihualpa, lugar de lugares. Lugar que inaugura el comienzo de la casa. El reconocimiento de las cosas la naturaleza del ser viviente junto con su entorno. Ahí vive la infancia el ser humano. Ahí junto con los seres que acompañan su sorpresa y sus dudas. El poeta nos pregunta:

¿Dónde estuvimos antes de ser estos que somos?

El microuniverso del poeta se torna el viaje de reconocimiento. El viaje del héroe en post de su misión de fracaso y gozo. El interno se cuestiona sólo para darnos respuestas del exterior, del macrouniverso.

Es inevitable reconocer lugares y personajes. Todos con distintos nombres de los que conocemos pero con las mismas nostalgias y esperanzas. Cada quien sus muertos y sus espectros y sus vivos. Pero ese cada quien se convierte en una comunidad de compañías necesarias para seguir creyendo en la poesía.

Los hábitos de la ceniza obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2000. Fines del siglo XX principio del siglo XXI. En sus poemas encontramos este tiempo compartido. Inicio de la magia y la maravilla. El aprendiz nos enseña sus últimos pases mágicos. El mundo como ese bosque de signos que es la vida y la muerte. Y al cual entramos no como maestros sino como alumnos que vamos descifrando los elementos y la alquimia del ser.

Dos nombres en dos poemas: Villaurrutia y Onetti. Virgilios en el mar de relámpagos que son los poemas de Fernández Granados. Nombres emblemáticos y pilares del poema y la visión literaria. Hombres con lecciones de vida y obra. El aprendiz nos convierte en lectores de cenizas, en escrutadores de la materia formada de materia. El cielo dentro de lo oscuro, la gota de agua dentro de la tinta. Hay que oír sentir el vértigo acompañarnos por nuestros paseos matutinos y contemplar como todo aprendiz el resolver los enigmas del tiempo y del espacio.

A dónde van las cosas que nos duelen,
las que vivimos así, calladamente,
contando nuestros pasos que se borran.


El poeta pregunta constantemente. Preguntas que se convierten en sabiduría. Pero no por la respuesta que encontremos sino por la luminosidad de la duda en el manejo perfecto de las palabras. Después como invitación: Los círculos, el juego. Yo fui dios por un momento y jugué a los dados. El poeta nos invita y yo tiré un seis como principio:

Alteridad.
Donde titubea lo repentino,
yace y hace en una estrella limitada
el ya burlado orbe de signos.

Vuelvo a tirar y me sale otra vez el seis. Parece que tendré que leerlos normal y del uno al seis. Los números del dado no están conmigo hoy y prefiero la certeza a la suerte pero igual me responde el poeta con su magnífico canto.

La nostalgia del azar. El juego y el sueño como primera invención para seguir reconociendo. Agudizo mis sentidos y el poeta me dice:

Oír en esos cantos
lo que tiembla
lo que nada
lo que mira,…


Y tiemblo y veo y nada y miro y entonces:

para caer,
después,
al fin,
como un sueño más
del agua.

La ilusión convertida en nombre propio y en cuerpo de cenizas.
Y al fin vemos entre el brillo del claro-oscuro de la ceniza La ventana. Todos tenemos en nuestros recuerdos una ventana. Todos somos en algún momento esa ventana. Y ahí vamos a ver por ella a un pequeño que recuerda ese día. Y ese día son todos los días y noches:

El sol era un perfume…

Y al leer sabemos cuál es ese perfume y cuál ese sol. Sabemos de lo que nos habla el poeta, sabemos que Fernández Granados nos lleva más allá de nosotros mismos y por momentos nos recuerda la fragilidad de la existencia. Lo posible imposible se cumple y es única joya de imaginación. La realidad deja de ser esa cosa sólida y gastada y se vuelve un luminoso ser de nostalgia evocativa.

Algún día despertaremos ahí,
a un lado de la luz, como los pájaros, tal vez viajaremos en la niebla
con una rama de olivo entre los dedos,
cansados de esperar, obedecer y morir,
salvajes como el dios de nuestra infancia.
Algún día, cuando la maldición del tiempo se termine,
tocará nuestra frente el agua de un umbral perdido.
Ese día estaremos de regreso.




Al final Los hábitos de la ceniza de Jorge Fernández Granados cumple con lo prometido por los primeros poetas. Escribir todos el poema. Hacer de la poesía la experiencia sensorial y de vida tan necesaria para seguir soñando y jugando este destino y responsabilidad de estar vivos y ser vivos. Al final los hábitos de la ceniza se cumplen dentro y fuera de la lectura y dentro y fuera de la existencia.




Marco Fonz de Tanya (ciudad de México, 1965)






*Texto incluido en el número 10 (diciembre 2007) de Viento en vela.

lunes, febrero 11, 2008

Criterios de tiento y pifia [a propósito del Premio de Poesía Aguascalientes]


Criterios de tiento y pifia*

Por Daniel Téllez (ciudad de México, 1972)

Partamos de la noción de que todas las cosas u objetos existen tal y como quieren ser percibidos, al menos en relación con quien los aprecia, y ante quienes –más allá de su valor natural- satisfacen una necesidad humana, adquiriendo así, cierto valor de uso. Se despliega una relación contenida en la naturaleza del objeto, en tanto este simboliza una propiedad nueva por sí mismo, al que se añade el valor utilitario que el hombre le adjudica, tasando, dicha empatía, en un referente de necesidades y deseos. En el caso de la poesía, la percepción ostensible supera la simple impresión de objeto de ornato, ensanchando una serie de propiedades humanas, llamémosles así, en cuanto que la poesía sólo existe como tal en relación con el hombre, haciéndolo morador de la experiencia vital que abraza. Si la poesía admite la noción de fecundación del mundo, con miras a perturbar el arcano ignorado por el hombre, entonces suponemos que el contacto –con la poesía- salva sus impresiones aturdidas por los valores de cambio que se le aparecen como propiedades de las cosas sin relación con él. Así tenemos una doble relación del valor que el hombre le concede a la poesía: ora como una propiedad del intelecto que permite penetrar y suponer a través del poema, lo que conocemos potencialmente, ora como la consumación de la experiencia personal, armónica y conforme a su naturaleza y tiempo.
También el poeta procede en intervalos fecundos de su creación, esclareciendo el valor de la poesía, poniendo de manifiesto su significación humana, estética, incluso social, con lo cual está en condición de responder con firmeza al reflujo de las imperios que gestan su escritura. Empero, requiere fundarse y depurarse como lector, a sabiendas de que el poema sustenta propiedades reales, que sólo se potencializarán cuando el poema se encuentre en relación con el hombre social, con sus intereses y necesidades. Por ello, el poeta resulta visto socialmente como más apto a la sensibilidad y la intuición, confiriéndosele el ejercicio de escudriñar los ánimos de los otros hombres, fijando distancias objetivas y proximidades subjetivas poéticas. Sin embargo, resulta singular la relación, cuando el individuo-poeta pertenece a nuestra época, y como ser social se inscribe en la malla de relaciones de nuestro medio literario, del que se nutre, y su apreciación poética de los otros poetas, o mejor dicho, sus juicios de valor de la poesía de los otros se ajustan a pautas, criterios o valores que él no crea ni manifiesta personalmente –por lo regular- y que tienen una significación colectiva dentro del medio literario. Por ello, cualquier juicio que afecte el valor de la poesía de un sujeto no puede reducirse a una reacción puramente individual, subjetiva, como sería la de cualquier vivencia espontánea; toda atribución de valor provocada por la presencia del poema, repercute en las concesiones individuales de los otros sujetos.
Es un hecho consumado, que en nuestro medio literario, a decir de muchos, tan domesticado y dado a ventilar las diferencias, el poeta se niega a conferir valor a las circunstancias bajo las cuales la escritura de los otros, se construye. Rehuida y expuesta gradualmente como esencia disfrazada, la poesía es ignorada y evitada en un ímpetu proporcional a la agudeza que la lectura le habría permitido experimentar, como valor ostensible que a ese poeta le permitió convertirlo en su ropaje. En teoría no habría necesariamente algo malo; las discrepancias escriturales no son necesariamente imputaciones al ejercicio del otro. El problema real es hasta dónde los poetas mexicanos han limitado gradualmente sus estrechos límites, no frente a aquello que se inviste poesía, lo que sería aceptado por si mismo, sino que, alejados de todo orden de lectura atenta y detenida, común a todas las experiencias que hacen un poema, se intensifican los apasionamientos doctrinarios por recuperar un solo conocimiento sobre el hecho poético, en tiempos vertiginosos que parecen no aceptar ideas definitorias. El poeta, poseedor de un saber nombrar el mundo, pierde el punto de contacto aparente con sus otros pares; forma de la renuncia absoluta y de la miseria poética inmutable que nos impide hallarnos frente a frente en una relación peculiar con la obra poética de otro poeta; con su valor real que nos permitiría sumarla a nuestros bienes literarios. Esto se ahonda cuando se trata de apreciar cierta obra literaria premiada en algún certamen. En apariencia todo laurel –regional o nacional- palpita en las certezas valorativas a la obra, que todo poeta incorpora a su quehacer; sin embargo ubicarlo bajo los reflectores de la inmortalidad por ello, no se explica ni por el objetivismo ni el subjetivismo que la acción sugiere. Otorgarle un reconocimiento a una obra poética la inviste –en teoría- de una objetividad peculiar que no puede reducirse al acto psíquico de la lectura individual de los miembros del jurado. Se trata de una objetividad que trasciende el marco del jurado, las propiedades valiosas atribuibles al poemario, y la relación con los otros sujetos-poetas. Existe pues, objetivamente, es decir, con una objetividad literaria admitida culturalmente. Empero, bajo la lupa de nuestra tradición emergente, un premio literario es trofeo beligerante que divide e ignora.
Es sabido, en nuestra historia literaria reciente, la polémica generada por el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, considerado el máximo galardón a un poeta mexicano vivo; polémica excesiva generada por los mismos poetas, si bien se ve, quienes parecen asumir la impotente voluntad de dialogar con la obra literaria premiada, intercambiando la trascendencia del efecto de la querella personal por encima del poder sólido del libro e incluso sobre el efecto producido en el jurado que determinó premiarlo, ensombreciendo el fragmentado ambiente poético nuestro. Esta actitud de ignorar la insinuación del libro, a reserva de asumir la existencia de cierta crítica falsa o mal intencionada, admite nuestra carencia de crítica real, relegándola a un nivel inferior a lo que el mismo libro “supuestamente dispone”. En la asignación de los más recientes premios Aguascalientes, abundan momentos en que los ímpetus “críticos” se han relajado hasta convertirse en una actividad de primer orden, injuriosa por decir lo menos, en foros impresos y en charlas de sobremesa; virulenta, por otra parte, por transitar ahora en la web, vía el blogspot o enviada adjunta en archivo, o bajo la rúbrica de spam. Atenidos a la dinámica de la crítica, al tiempo que se emplea para elaborarla, su disposición para hablar sobre el autor en cuestión, el intercambio del poder creativo personal –del que sustenta la crítica- por un asombroso ejercicio de satisfacción, permitiría calificarla como un verdadero juego de inspección. El cálculo general diría que la crítica reciente a las cuatro últimas obras ganadoras del Premio Aguascalientes se ha ejercitado desde la conciencia y procurado desde la colectividad de los otros que comparten la misma circunstancia lectora y creadora. Empero, dicha inspección “personal” a la obra literaria tiende a extremarse, cacareando en ello cierta inferioridad e infelicidad creativa personal. Actos fallidos que relegan las ideas, eximiendo su vigencia fructífera proporcionalmente inversa a la definición de nuestra época poética mexicana. Atmósfera de insatisfacciones personales que discriminan la verdadera rareza literaria nuestra, por llamarla de algún modo; desviamiento por la peculiaridad del temperamento poético que modulan a saber: Reducido a polvo de Luis Vicente de Aguinaga, Hay batallas de María Rivera, Boxers de Dana Gelinas y El deseo postergado de Mario Bojórquez.
Si bien es cierto que ningún poeta alcanza por sí solo la trascendencia, como bien quería Eliot, sino desde su apreciación y vínculo con los poetas y artistas muertos, también resulta necesario suponer el diálogo con sus congéneres. Si la premisa es valorar una obra en contraste, comparación y simultaneidad a todo lo que le antecede, también es factible reconocer el orden dispuesto cuando la obra se crea y llega hasta nosotros lectores, alterando y ajustándose a su propio valor y teniendo como referencia ese acuerdo tácito entre el pasado y el presente emergente. En nuestra tradición actual, encarna una doble responsabilidad, estar al tanto del pasado tanto como el afán de conocimiento lo permita, esto es, de tal modo que la conciencia desarrollada se manifieste críticamente de sí misma, y, por otra parte, sean recurrentes sus búsquedas alrededor de las poéticas que se gestan dialogando con dicho pasado canónico. Procurarse la conciencia de nuestra tradición literaria, entablando indisolublemente el diálogo con la poesía que se construye desde ese escenario. Sin embargo, la crítica deshonesta –adrede a las cuatro propuestas antes mencionadas- busca suprimir la despersonalización a la que tendría que someterse toda obra literaria, poniendo en el ojo enjuiciador al poeta por encima de la poesía. Fórmulas de la repetición y de los reverberos a los que se vuelve constante en nuestro medio, buscando legitimar el nombre del poeta, omitiendo lo que el poema en sus entresijos retoma de la tradición. En términos de interpretación del poema parece contravenir aquella esencia señala por Paúl Valéry, en cuánto el escritor está dispuesto a sacrificarlo todo, menos la conciencia de lo que hace. Desafortunadamente, parece difícil arribar a una concepción análoga de las relaciones conscientes que trenzan el poema, así como en la disposición urgente para la discusión fructuosa entre poetas. Baste mirar las conexiones inciertas entrelazadas a raíz de la aparición de los cuatro títulos ya citados.
Luis Vicente de Aguinaga, ganador con Reducido a polvo, del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2004, concilia poderosamente en su escritura bastas voces de su tradición, la que críticamente comparte y asume y sobre la que cultiva sutilmente un raro equilibrio entre forma y pensamiento. Ancha escritura, ya revisitada en sus anteriores libros, que arroja cierta densidad sobre el pasmo de su voz; heredera irredenta de esa tradición en la que se sostiene. Textura poética en apariencia sencilla, la escritura de Reducido a polvo zarpa de elementos triviales para dosificar cierto delirio lingüístico –que rebasa el simple juego, rayando en la erudición- para nombrar las cosas, resistiéndose al mismo horizonte. Espacio abierto de trozos, líneas limítrofes entre la vida y la muerte, el origen y el fin, la luz y la sombra de rostros irreconocibles en la roca, la sal y el polvo. Arteria retórica de las formas precisas cuyo desgaste, fue toque de queda para que varios poetas denostaran –al momento de la aparición del libro- su curiosidad intelectual eminente, revestida de ironía, humor y reflexión crítica. Al ruido de la crítica, por los desaciertos señalados en un libro, deberíamos armonizar la honestidad atribuible tanto a ella, como al acontecimiento anticipado en la disposición del libro, relación intrínseca en la que la obra adquiere su estatuto como libro premiado. Así se integra de acuerdo con la tradición literaria, como un bien específico, cuyo valor es imputable desde el momento de que la crítica se ocupa de él.
En el mismo tenor, Boxers de Dana Gelinas, Premio de Poesía Aguascalientes 2006, al echar mano de elementos superfluos y frívolos, tras un escaparate de cualquier centro comercial, lejanos de la poesía y apartados de cierto afán esteticista, acuña un elemento novedoso –arma de dos filos- que se manifiesta en la estructura y disposición de los poemas que conforman el libro: es sólo tránsito y quietud, corazonada y especulación lo que sostiene su discurso. Si bien es cierto que ese carácter poco pretencioso siembra dudas en poetas lectores detractores de esa hechura posmodernista de lenguaje kitch, también lo es que involuntariamente desentume nuestra anodina poesía. Boxers logra ser superficial –derogando el tratamiento de los poemas, a sabiendas de que cada uno es una estación de la contemplación y una grotesca órbita del consumismo-, al grado de exasperar al más cándido lector, erigiéndolo en juez versado capaz de avasallar multitudinariamente a la obra. La mano dictatorial de la crítica, le atribuyó adjetivos como sexista, malograda y gomosa. Sirva este ejemplo para entender cómo opera buena parte de nuestra crítica purista: en el momento en que una línea o un verso, insulsos a decir del ojo del examinador, logra llamar su atención, un impulso eficaz perfila, palmariamente, los méritos o descréditos del poeta, vertidos en su reseña. Si ha de menester elogiar, el trato a la obra es general en sus propiedades ornamentales; si ha de subrayar gazapos, se tiende a omitir la pincelada de las gracias que permiten el contraste, ridiculizando en detalle esas desviaciones, citadas textualmente por demás, invadiendo incluso, la lectura obsequiosa del activo lector, aquel que desatiende tientos que le quebrantan sus propias conjeturas alrededor de la obra literaria.
Casos diferentes, pero no por ello, extraños en los avatares recientes, representan los libros Hay batallas, con el que María Rivera obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2005, y El deseo postergado, con el que Mario Bojórquez, obtuvo el mismo galardón en 2007. Con indiscutible animadversión ridícula y petulante, aunada a la audacia que obliga a manifestar todo cuanto se es incapaz de abrigar, varios creadores hicieron gala de ese convencimiento y se arrojaron gozosamente al ruedo del descrédito literario. Patronos de la sospecha, esgrimieron argumentos –sentimientos encontrados- que domaron el valor palmario de la obra poética, trocándolo bajo el recelo de las dables relaciones entre poeta galardonado y alguno de los poetas cercanos a él, miembros del jurado que les otorgó el reconocimiento. Así, se dirigió el martilleo antes de la publicación del libro premiado, poniendo en el banquillo de los acusados al poeta en cuestión y, proscribiendo impunemente, hasta hoy, el diálogo con la propuesta poética.
Bástenos, revisar la acometedora escritura de Hay batallas, donde el poema es cuerpo, grafía del desasosiego, de la batalla que hay que saldar para librarse del paso ineludible del tiempo. Escritura que, cuando hace uso de puntos suspensivos para agrietar el poema, testimonia su cauce, tiempo y tránsito, también el desmembramiento frente al tiempo, su tiempo. Escritura de la añoranza desesperada del nacer muriendo, de la compartición del pan, la sal, la muerte, Hay batallas se nos presenta como un credo a la agonía; respuesta tajante que acepta la muerte o el letargo al entorno y las cosas nimias que deshabitan el espíritu. La escritura de María Rivera logra materializar la aridez de una casa-patria, de un cuerpo-ser intangible; polvo-tristeza que cubre la casa, la memoria, el cuerpo-aire, la casa-cuerpo en que gravita la incertidumbre interna del tiempo y del vivir. En la misma línea, El deseo postergado, de Mario Bojórquez, parece reconciliarnos en el misterio de la condenación y de la miseria del espíritu humano, necesariamente trascendental en el dolor y el abandono, muy a pesar de su libertad creadora y lucidez virtuosa. Llamada áspera de los momentos acuosos en que el espíritu se somete a la experiencia amarga de la vida, enjuiciando su existencia e imantando su otredad bajo el discurso del eterno retorno. Inserto expresamente en la enorme tradición mexicana y del renacimiento hispánico, en cuanto a la cadencia, expresividad y combinaciones métricas, El deseo postergado, logra purificar el descalabro sentencioso del espíritu sobreexpuesto a su tiempo y tragedia, imposible de saldar.
Frente a la maquinación de enjuiciamientos y de contrareseñas cuyos cruces atienden a principios y motivos disconformes, habría que pugnar por una verdadera asepsia de nuestra crítica imperante. En tanto sigan multiplicándose conjeturas arbitrarias y escarnios a la imagen del poeta, como directrices de complacencia y seso, nos seguiremos alejando del pretendido canon de la crítica, aquella que justiprecia la obra literaria como concierto desprendido de la naturaleza creadora del hombre. Quien se regodea señalando defectos en una nueva obra -apuntaba Coleridge- no me está fijando nada que no haya convenido en mi lectura sin la ayuda de su revelación. Por el contrario, el examinador lúcido que resalta la belleza de una obra naciente, desenmascara el misterio, lega impresiones que la experiencia sola, no habría permitido augurar. Ruedos de nuestros angostos cotos críticos. Sólo la zozobra serena y el aliento vigoroso frente a nuestra poesía nos apostarán como testigos postreros de nuestra historia literaria emergente, alejados de la emoción insulsa que ha escrito capítulos incendiarios y verdaderamente ingratos.

*Texto incluido en Viento en vela #10 (diciembre 2007)

domingo, febrero 10, 2008

Revista Viento en Vela #10



Este es el número 10 de la Revista de literatura y gráfica Viento en Vela, el cual está dedicado a los 8 libros ganadores del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes del presente siglo, es decir de 2000 a 2007. Se trata de un análisis sobre estas ocho obras realizadas por críticos y poetas, entre los que se cuentan: Alí Calderón, Daniel Téllez, Marco Fonz de Tanya, Jair Cortés, Israel Ramírez, Norma Salazar, Rodrigo Martínez, Eduardo Uribe, Balam Rodrigo, Luis Paniagua, Roberto Cruz Arzabal, Claudina Domingo, Eve Gil. Este trabajo de crítica literaria fue supervisado y diseñado por Iván Cruz Osorio. Esperamos que puedan acompañarnos y adquirir este ejercicio de pausa y reflexión sobre estas propuestas, desde Los hábitos de la ceniza de Jorge Fernández Granados a El deseo postergado de Mario Bojórquez, que marcan una vía, dentro de las muchas, en la poesía nacional. Este trabajo crítico fue diseñado por el poeta Iván Cruz Osorio, con el diseño gráfico de Santiago Robles e ilustraciones de Alejandra España.

CONTENIDO
  1. Ocho piezas para el rompecabezas de la poesía actual (por Alí Calderón)
  2. Criterios de tiento y pifia (por Daniel Téllez)
  3. 2000-Los hábitos de la ceniza de Jorge Fernández Granados (4 preguntas, por Iván Cruz Osorio y Gabriela Astorga)
  4. Partir de donde la ceniza cumple sus hábitos (por Marco Fonz de Tanya)
  5. Los hábitos de la ceniza o la memoria como un segundo incendio (por Jair Cortés)
  6. 2001- Sín título de Jorge Hernández Campos
  7. La renovada esperanza: Sín título de Jorge Hernández Campos (por Israel Ramírez)
  8. 2002- Coliseo de Héctor Carreto (5 preguntas)
  9. Coliseo: una voz interior (por Norma Salazar)
  10. 2003- Dylan y las ballenas de María Baranda (5 preguntas)
  11. Dylan y las ballenas o la transfiguración del poeta (por Rodrigo Martínez)
  12. 2004- Reducido a polvo de Luis Vicente de Aguinaga (5 preguntas)
  13. Pero también a pesar del polvo: sobre Luis Vicente de Aguinaga (por Eduardo Uribe)
  14. La permanencia que se fuga: Reducido a polvo (por Luis Paniagua)
  15. 2005- Hay batallas de María Rivera
  16. Logomaquia, religión y deicidio en Hay Batallas de María Rivera (por Balam Rodrigo)
  17. 2006- Boxers de Dana Gelinas (5 preguntas)
  18. Totalmente poesía (por Eve Gil)
  19. 2007- El deseo postergado de Mario Bojórquez (5 preguntas)
  20. Acercamiento a El deseo postergado (por Roberto Cruz Arzabal)
  21. Mínima entrevista con Juan Domingo Argüelles, a 40 años del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (por Claudina Domingo)

martes, noviembre 13, 2007

Editores independientes libran ardua batalla contra emporios

Por Ana Mónica Rodríguez


En La Jornada, 13 de noviembre de 2007

( Fragmento, aquí se puede leer completo )

Absurdo del Fonca

Iván Osorio, del consejo de redacción de la revista Viento en vela, que cumple su tercer año en circulación, señala: “Esta publicación recibió la beca Edmundo Valadés, otorgada por el Fonca (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes), instancia que nos entrega recursos económicos, pero no de distribución. Ni siquiera en sus librerías Educal.

“Es absurdo que el Fonca invierta recursos para producir una revista de literatura y lo increíble es que no está interesado en distribuirla.”

La publicación tiene un costo de 15 pesos –continúa Osorio– y eso hace imposible pagarle a un distribuidor, que se quedaría con nueve pesos por cada ejemplar, sin sumar los otros que no se venden durante su exhibición.

Sin embargo, “nuestro remanso son las actividades literarias que se organizan para difundir los materiales impresos, como en las ventas nocturnas. Aquí no invertimos nada para exhibir las publicaciones, vendemos el producto de forma directa al lector y compra a quien le interese Viento en vela”, que se halla en las afueras de la Facultad de Filosofía y Letras y en el puesto de periódicos cercano a esas instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México.

La revista, sostiene, es un producto de calidad e incita a la reflexión y, sobre todo, “no es privativa para eruditos en literatura, porque acerca a quien la tiene en sus manos a la poesía, el cuento y a la novela”, entre otros temas.

“Con estas publicaciones nunca obtenemos ninguna ganancia, pero nuestra satisfacción es que contribuimos a la formación de una identidad cultural del país, que de manera inmediata no se vislumbra, sólo lo sabrán las futuras generaciones a quienes influya este proyecto para construir sus antecedentes culturales.”

domingo, septiembre 09, 2007

Revista Viento en vela #9


Este es el número 9 de la revista Viento en vela. A pesar del menosprecio al que se ve sometida, la dramaturgia mexicana permanece como corriente fuerte dentro de la literatura nacional. El presente número pretende corroborarlo. En esta publicación se presenta un fragmento minúsculo de la labor realizada actualmente, con mayor o menor éxito. Este conjunto de obras que se ha seleccionado, gracias en gran medida al trabajo de Luis Santillán, pretende pergoñar una grisalla difusa de lo que, aparentemente, es la actualidad del teatro en nuestro país. De antemano, nos disculpamos por omisiones; no obstante, el material recopilado es reconocido en México y el extranjero como lo más sobresaliente de la dramaturgia producida en los últimos años.

CONTENIDO
    1. Entrada (por Benjamín Morales y René Morales)
    2. Carretera a la soledad (por Verónica Maldonado)
    3. De batallas perdidas (por Luis Santillán)
    4. Disforia (por Noé Morales Muñoz)
    5. Para satisfacción de los que han disparado con salvas (por Alberto Villarreal Díaz)
    6. ¿Qué hora es? (por Iván Arizmendi Galeano)

miércoles, agosto 08, 2007

Contra despido del poeta Saúl Ibargoyen de la SOGEM

*Saúl Ibargoyen

Pronunciamiento en contra del despido del poeta Saúl Ibargoyen de la SOGEM


El problema no es una queja contra una institución sino contra una determinación. El despido del maestro Saúl de la SOGEM no hace menos a sus egresados ni a sus integrantes, pero si lastima una ética profesional, y por supuesto, lastima el buen juicio de quienes tienen la responsabilidad de elegir a los maestros que discuten y promueven la creación literaria. Los afectados no son los que pasan del cargo poético al cargo burocrático, y tienen la grandiosa facultad de elegir a los maestros que acompañarán a un grupo de jóvenes escritores. Ellos ya tienen una carrera, un puesto, un lugar, un trabajo. Quienes resultan efectados son los estudiantes, y en este caso con mayor razón por que les quitan a uno de los ya escasos escritores grandes que ayudan a los pequeños; un escritor solidario que puede pasar días enteros instruyendo, buscando un lugar para los jóvenes: a Saúl le interesan, le preocupan los jóvenes escritores. En mi caso, y sin ser alumno de la SOGEM, Saúl me ayudó a publicar, a escribir, a conocer el mundo editorial, el mercado editorial y jamás pidió nada a cambio. Es uno de los pocos poetas grandes que nos enseñó el complicado mundo en que habita la poesía y la divulgación poética: es un poeta crítico, con conciencia social y con sentido humanitario.
Por tal motivo pedimos que se reconsidere el retorno del maestro Saúl a las aulas de la SOGEM. De lo contrario, pensaremos que hay muy poca intuición, poco olfato, poca inteligencia de quienes se encargan de elegir a los maestros. Y que acaso, próximamnete en la SOGEM, Jorge Hank Rhon puede ahora coordinar un taller de apreciación a la poesía, y Elba Esther Gordillo un seminario de Estética.

Leopoldo Lezama

domingo, julio 01, 2007

Héctor Carreto: Trazos de una tradición (por Iván Cruz Osorio)


Héctor Carreto: Trazos de una tradición*


No resulta extraño, en nuestros días, encontrar en la critica nacional el cumplido, el halago a aquel poemario o poema que parece distinguirse del resto de las obras de sus contemporáneos o de una tradición por su aparente novedad. Así, se ensalza lo que no huela a viejo, a predecesores, a influencias. Contemplamos los días en que se practica el parricidio literario, en busca de una originalidad de generación espontánea. En este contexto resulta curioso encontrar que varios de los mejores libros de nuestros bardos más renombrados sean aquellos que tienen este aroma a sus ancestros, por ejemplo: Muerte sin fin de José Gorostiza, Perseo vencido de Gilberto Owen, Esquemas para una oda tropical de Carlos Pellicer, Piedra de sol de Octavio Paz, El tigre en la casa de Eduardo Lizalde, No me preguntes como pasa el tiempo de José Emilio Pacheco. Estos libros, que han formado ya una tradición propia, tienen en sus entrañas las más variadas tradiciones desde la mitología, los poemas homéricos, los poetas del siglo de oro español, el modernismo, etcétera. Toda originalidad entonces resulta muy relativa, el poeta es, en mucho, suma del pasado, síntesis de sus ancestros, de su tradición; en este sentido T. S. Eliot nos explicaba:
La tradición […] no puede heredarse y quien la quiera habrá de obtenerla a través de un gran esfuerzo; implica, en primer lugar, un sentido histórico que se puede considerar casi indispensable para cualquiera que siga siendo poeta después de los veinticinco años. Dicho sentido histórico conlleva una percepción no sólo de lo pasado del pasado sino de su presencia; asimismo, empuja a un hombre a escribir no meramente con su propia generación en la médula de los huesos sino con el sentimiento de que toda la literatura europea desde Homero –y con ella el total de la literatura de su propio país- tiene una existencia simultánea y compone un orden simultáneo.
[1]
Lo anterior deja ver que el pasado, en la literatura, no es algo que viva en el ayer, sino que tiene una existencia simultánea con el presente, así la poesía de hoy no es mejor que la de ayer o viceversa, sino que resultan complementarias. Así ni Homero, ni los poetas arcaicos griegos, ni Catulo, ni Ovidio pueden ser catalogados como anticuados, ellos como los poetas actuales siguen expresando los miedos, la ira, la compasión, las emociones del ser humano. Pablo Neruda de manera lúdica explicaba esto:

Es probable que en el año 2000 el poeta más novedoso, más a la moda en todas partes, sea un poeta griego que ahora nadie lee y que se llamó Homero. Yo estoy de acuerdo y con este fin voy a comenzar a leerlo de nuevo. Voy a buscar su influencia, dulce y heroica, sus maldiciones y sus profecías, su mitología de mármol y sus palos de ciego. Preparando el nuevo siglo trataré de escribir a la manera de Homero.
[2]
Esta afirmación del poeta chileno que muestra su conciencia del pasado, también deja entrever su conocimiento acerca de que ningún poeta se puede valorar por sí mismo o por su propia obra, requiere de los demás, tanto de los ancestros como los contemporáneos para ubicarse, para conocerse.
En esta línea de conciencia encontramos la obra poética de Héctor Carreto (Ciudad de México, 1953). Con apenas seis poemarios publicados hasta la fecha: ¿Volver a Ítaca? (Punto de partida-UNAM, 1979); Naturaleza muerta (UAM-Azcapotzalco, 1980); La espada de San Jorge (Premiá, 1983); Habitante de los parques públicos (CNCA, 1992); Incubus (Margen de Poesía, Difusión Cultural UAM, 1993); y Coliseo (Joaquín Mortiz, 2002), Carreto ha construido una obra que ha conjuntado la antiquísima tradición poética del epigrama junto con los más variados tópicos mitológicos y de la cotidianidad actual.
*Coliseo (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, 2002)

Desde sus primeros versos publicados bajo el título ¿Volver a Ítaca? ya era palpable su cercanía con los ancestros al hacer una reescritura de la mítica espera de Penélope y el trabajoso regreso de Ulises a su patria.

III
De qué manera llegar a las playas de Ítaca,
de qué manera
besarle sus piernas desnudas,
si ella
-la de los negros cabellos-
espera al otro,
al que se fue.
[3]

Ya desde entonces se perfilaba el estilo directo y punzante del epigrama que Carreto acogería como un sello personalísimo. La mayoría de los poemas incluidos en esta opera prima no rebasan los diez versos, y se ubican dentro de aquel epigrama anónimo antiguo que reza: “Todo epigrama sea como la abeja: tenga su aguijón, tenga su miel y tenga su poco cuerpo”. Este principio describe claramente lo que vendría a ser el estilo del resto de la obra de Carreto, un lenguaje directo, que introduce al lector en una trama y que, al final, sorprende con un giro inesperado en la historia.

El tercer poemario de Héctor Carreto, La espada de san Jorge continúa con la reescritura de personajes mitológicos ya realizado en ¿Volver a Ítaca?, y de hecho incorpora a su corpus a este pequeño poemario. Podríamos establecer que ¿Volver a Ítaca?, La espada de san Jorge y Coliseo son poemarios afines debido a su búsqueda temática en la mitología, la cual, en ocasiones, combinan con acontecimientos de nuestros días y se desarrollan en la forma plena del epigrama. En el caso de La espada de san Jorge, leemos epigramas al estilo clásico del poeta latino Marcial como:

VENGANZA

Si descubres, Pontiliano, que tu mujer tiene amante, córtale
su larga y hermosa cabellera: así, todo el mundo advertirá
que ella posee un amante y tú una larga y hermosa cabellera.
[4]

Un perfecto epigrama clásico con su miel, breve cuerpo y su aguijón. La ironía dentro del epigrama aparece cubierta de un amable sentimiento de jovialidad, de empatía, destinado a tender puentes entre emisor y receptor, sin aparente malicia, para posteriormente ser el instrumento que persiga la risa hiriente que debe arruinar, ante los ojos del lector, al personaje referido en el epigrama; así Pontiliano es visto no con compasión, sino con burla al ser engañado y lucirlo como un homosexual. Carreto utiliza estas vueltas de tuerca del epigrama clásico en el resto de sus poemas, aunque no lleven esta estructura del destinatario.

ARREGLO FLORAL

Después de enfadar a los intocables
y de recibir la negativa del maestro,
me pregunto:
¿seré yo el equivocado?
Quizá deba cambiar de poética.
Mi poesía, entonces,
dejaría de ser esa corona de espinas
que con quemantes versos ofende al Déspota.
Mejor compongo un arreglo de azucenas.
Así, acaso sea perdonado
y algún día me incrusten en la Antología Oficial
como a quien acomodan en un cajón
de la cripta de familia.
[5]

En el poema se trata un tema de aparente seriedad, que consiste en pertenecer al establishment de la poesía nacional, sin embargo es esta clase de tópicos serios los que ofrecen un blanco más apetecible para el ironista, puesto que al ser tanta la dignidad aparente en ellas, el mínimo desajuste, la más pequeña anomalía entre lo previsto y lo efectivo desata el caudal irónico. Así, uno piensa que el poeta hará una diatriba en contra de lo establecido, en cambio lo que hace es rendirse y a partir de allí empieza la vuelta de tuerca donde termina explicando que los marginados, los intocables y los maestros terminarán igualmente en el panteón del olvido.

Otra característica de la poesía de Héctor Carreto radica en la particularidad narrativa, siempre se está contando algo, de hecho algunos poemas parecieran vincularse directamente con la minificción, ya que hay un claro discurso narrativo:

ALCANCÍA

Cada domingo arrojaba al mar
la moneda que recibía
de la mano paterna.
Y cuando aquellos peces de plata
desbordaban su continente,
mis manos, como una red,
levantaban la pesca.
La Tierra, con sus islas calcadas a mano,
carabelas y tritones, era mi alcancía,
el dinero jamás alcanzó para un viaje.
Para surcar las aguas
del globo que giraba
dentro de cuatro paredes
bastaba con lanzar al aire
una moneda imaginaria.
[6]

En tan sólo quince versos se nos cuenta un episodio de la infancia, y se desdibujó cualquier prejuicio acerca de que la alcancía fuera para guardar monedas, dinero; de nuevo vemos el tejido epigramático representado en la franqueza del lenguaje y un final inesperado. Cabe señalar la pesadez nostálgica que embarga a este poema, ya que es un tono, junto con el pesimismo y el humor negro, recurrente en los poemas de Carreto, lo que logra sumir al lector en la inquietud existencial más desoladora. Así la edad de oro que se muestra en “Alcancía” es vista con nostalgia y con un sentido de pérdida, que resulta ineludible para el lector. Dentro de este marco podemos establecer que Naturaleza muerta y Habitante de los parques públicos, segundo y cuarto poemario respectivamente, de Héctor Carreto se ubican como libros nostálgicos, donde se visitan lugares, gente, la infancia, cosas perdidas, como en el siguiente poema de Naturaleza muerta:

LA CASA DE ALLENDE NÚMERO CINCO

Han derribado una casa colonial
en el centro del universo, a media cuadra de Tacuba,
a media de Donceles.
Nada impide que ciertas noches esta casa se levante
para sentirse habitada,
que solicite mis pasos en su caracol de madera
o me obligue a escuchar un diálogo de ciertos fantasmas
en lengua desconocida.
[…]
Aquí viví los primeros instantes:
invierno de 1953.
No sé a qué regreso,
no sé qué busco partiendo la penumbra,
y aunque derrumben y construyan un palacio
de otro orden,
llegará la noche y abriré de nuevo los mismos candados.
[7]

El tono melancólico, las descripciones del lugar, el hilo personal que se une con las cosas efímeras hace inevitable la cercanía, la identificación con el poema. Un poco de humor negro al afirmar que el centro histórico, donde se ubica la casa, es el centro del universo, como un elemento amargo que acentúa la pérdida. Así encontramos en la obra de Héctor Carreto dos momentos, uno perteneciente a temas mitológicos con un tejido epigramático, y el otro con temas melancólicos, de pérdida que utilizan un lenguaje narrativo sin abandonar la brevedad. En estos dos momentos encontramos una poesía que mira hacia una realidad externa, una poesía que entra en temas sociales. Carreto ha sabido transformar elementos cotidianos en símbolos permanentes de las derrotas, sinsabores y corrupción humana, ya sea en el amor, en el sexo, en la política, en la infancia, en la vejez, de tal forma que vuelve a villanos o héroes, a ganadores o vencidos anónimos en arquetipos que representan al hombre, por ejemplo:

HOMBRE DE BOLSILLO

Los hombres de bolsillo son pequeños,
visten de oscuro
y corren peligro de ser confundidos con ratones.
No obstante son inofensivos
y es débil su chillido.
Se limitan a cumplir,
no más, no más.
Como buenos relojitos caminan por la calle.
¡Qué lindos muñequitos de cuerda,
qué monos!
No sienten la cadena que va desde su cuello
hasta el chaleco de los dioses
ni la mano que tranquila
los guarda en el bolsillo.
[8]

Es indudable que podemos reconocer a este arquetipo en hombres que vemos a diario, he allí la trascendencia social de estos poemas que nos permiten reconocernos y conocernos realmente. Héctor Carreto, como Eliot o Neruda, ha sabido entender lo histórico en la literatura como un orden simultáneo entre la poesía de los ancestros y la actual, lo que ha derivado en un escritor altamente consciente de su lugar y su tiempo. En estos días, en que la desmemoria ha terminado por sumergirnos en la ignorancia y por ende en el culto a lo desconocido que se presenta como novedoso, la obra de Héctor Carreto resulta un instante de lucidez, de memoria, como un trazo o sendero que nos invita a volver a alguna tradición, de las tantas que pueda haber y así no rendirnos al culto de lo llamado novedoso. Carreto, silenciosamente, ha marcado una tradición dentro de la poesía mexicana actual, hoy se pueden reconocer a varias voces recientes –entre alumnos y lectores fervientes- que siguen en la exploración del epigrama y la revisión y reescritura de las grandes obras grecolatinas la búsqueda de un estilo. Se reconoce pues en Héctor Carreto al mejor epigramista mexicano de la actualidad y uno de los más atentos lectores de las grandes obras grecolatinas.

[1] T. S. Eliot, “La tradición y el talento individual” en Ensayos escogidos. Trad. de Pura López Colomé. Colección Poemas y Ensayos, UNAM, 2000, p. 19
[2] Pablo Neruda, “Contestando una encuesta” en El poeta y la crítica. Grandes poetas hispanoamericanos como críticos. Antología. Selección, prólogo y notas de Juan Domingo Argüelles. Colección Poemas y Ensayos, UNAM, 1998, p. 134
[3] Héctor Carreto, Antología desordenada, CNCA / ICA, Col. Los cincuenta, 1996, p. 47.
[4] Héctor Carreto, La espada de san Jorge, CONACULTA / Verdehalago, Col. La centena, (2ª ed.) 2005, p. 22.
[5] Héctor Carreto, Coliseo, Joaquín Mortiz, 2002, p. 75
[6] Héctor Carreto, Habitante de los parques públicos, CNCA, 1992, p. 21.
[7] Héctor Carreto, El poeta regañado por la musa. Antología personal, Editorial Almadía, 2006, p. 74-75.
[8] Héctor Carreto, La espada de san Jorge, CONACULTA / Verdehalago, Col. La centena, (2ª ed.) 2005, p. 19.

*Texto incluido en el número 8 (junio 2007) de Viento en vela.

viernes, junio 29, 2007

Revista Viento en vela #8


El número 8 de Viento en vela (junio 2007) se acerca al escurridizo término de "generación", y en este caso de la generación de poetas mexicanos nacidos entre 1950 y 1959. Se trata de un acercamiento hacia varios poetas destacados nacidos en la década de los años 50, a partir de 5 ensayos, una entrevista y una muestra poética titulada Los otros 50. Esto bajo la visión de que hay otros autores (aparte de los infrarrealistas, que ya fueron tratados en el número 5 de Viento en vela) nacidos en los años 50, que han creado una obra sobresaliente. Los dejamos con este número, que fue coordinado por el poeta Christian Barragán.
CONTENIDO
  1. Editorial (por Gabriela Astorga)
  2. Una Generación poética, una década: 1950-1959 (por la Redacción)
  3. Poesía y algunos lenguajes literarios en la generación de los cincuenta (por Mario Calderón)
  4. De moscas y surfeadores. La estética del detalle en la poesía de Fabio Morábito (por Luis Téllez-Tejeda)
  5. Los otros 50. Muestra poética. Selección de Christian Barragán. Autores: Joaquín Xirau Icaza (1950-1976), Adolfo Castañón (1952), Josu Landa (1953), Alicia García Bergua (1954), Ricardo Castillo (1954), Rafael Vargas (1954), León Guillermo Gutiérrez (1955), Francisco Torres Córdova (1956), Manuel Andrade (1957), Marianne Toussaint (1958), Juan Domingo Argüelles (1958), Tedi López Mills (1959).
  6. Héctor Carreto: Trazos de una tradición (por Iván Cruz Osorio)
  7. Pero la diosa sólo se refleja en el espejo de la poesía. Breve atisbo a la generación de los cincuenta (por Alí Calderón)
  8. A propósito de Poetas de una generación, 1950-1959. Entrevista con Evodio Escalante (por Christian Barragán)

miércoles, junio 27, 2007

Balam Rodrigo



Balam Rodrigo. Foto/Archivo Viento en Vela


Balam Rodrigo -Villa de Comatitlán, Chiapas, 1974-, es poeta y narrador. Cuenta, además, con estudios superiores en Teología y Biología, ciencias sobre las que ha escrito artículos de difusión. Su obra, acentuadamente poética (Hábito lunar, Praxis, 2005; Poemas de mar amaranto, Coneculta-Chiapas, 2006), ha sido reconocida con el Premio Estatal de Poesía Raúl Garduño (Chiapas, 2004), Premio Estatal de Crónica César Pineda del Valle (Chiapas, 2005), Premio Regional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2005 y Premio de Poesía Joven Ciudad de México 2006; galardón, este último, obtenido con su más reciente poemario titulado Libelo de varia necrología (Secretaría de Cultura del D. F., 2006). El jurado que le concedio por unanimidad a Libelo de varia necrología el primer Premio Ciudad de México, estuvo conformado por los poetas Raúl Renán, Óscar de Pablo y Eduardo Olaíz.

Así, con motivo de tan reciente celebración, la tarde de ayer en la Casa del Poeta Ramón López Velarde se presento tal poemario. La mesa fue moderada por la ensayista, editora, poeta y amiga nuestra, Claudina Domingo. Los encargados de recibir al autor y a su obra laureada fueron, respectivamente: Óscar de Pablo, Daniel Téllez y María Rivera, sensibles y lúcidos con la escritura de Balam Rodrigo. Al anochecer, el evento fue clausurado (¡de qué mejor manera!) con la lectura de algunos de los textos del poemario en voz de su autor, Balam Rodrigo, uno de los más destacados y prolíficos poetas de su generación y de las plumas méxicanas más recientes.


Óscar de Pablo, Claudina Domingo, Balam Rodrigo, María Rivera y Daniel Téllez.
Foto/ Archio Viento en Vela

Al vuelo, celebramos también el hecho de que cada vez haya un público más numeroso y auténticamente interesado en el acaecer de la nueva poesía mexicana; el de ayer, a propósito, es un notable ejemplo de ello. Es un gran gusto encontrar a otros bardos, dispersos entre el público, atentos a lo que sucede en el estrado. Este es un cordial saludo a ellos: Raúl Renán, Natalia González Gottdiener, Iván Cruz, Marco y Tanya Fonz, Daniel Saldaña y Manuel Becerra Salazar, entre los avistados.

Y al igual que ayer, cerramos esta nota mostrando un par de fragmentos de "Madame La Loca y sus noches gáticas", primer cuadernillo de tres que hacen el poemario. Pero antes, confirmamos nuestro entusiasmo por la poesía de Balam Rodrigo: un abrazo fraterno a él, y otro más a su estupendo Libelo de varia necrología. Escuchemos, pues, el canto sincero y selvático del poeta:

*

Sobre las aguas capitales del crepúsculo, tejen los gatos su roja
dentellada:
El sílex de su boca abre los pechos y las plumas de exquisitos
cardenales.
El viento arrastra los huesos, las hojas, las prístinas cadenas de la
edad entumecida.
Inicia gatopías el corazón y la ciudad pregona el filo que al ojo de
la noche sólo empieza.

*

Un maullido tenso y el silencio aniquilado bajo los párpados.
Lanza Madame sus dardos de saudade hacia la espera. Alrededor
de los jardines y la niebla, la pluvial almohada le murmura:
Ciudad. Sola extensión del odio y la tristeza de los animales sin
luz. Cordón umbilical del polvo que nos une a la placenta del
deseo. Pureza del vértigo y el fuego. Dama de los pájaros de la
sed. Negra flor cuyos frutos sin destino crecen en los huertos de
la fiebre. Atroz y vacua porque ni las calles, ni los sueños, ni los
gatos que ejecutan su música, pueden domesticarse. Ciudad.
Bestia oscura del corazón que se alimenta de las sábanas
ensangrentadas y de los desperdicios del dolor bajo la inmóvil
liturgia de la nieve.-

(de Libelo de varia necrología)


Christian Barragán/ Fotos y texto








jueves, junio 21, 2007

Una postal de Jaime García Terrés*


Este día, un día de octubre del año 1941, un atrevido muchacho de tan sólo diecisiete años, ofrecerá ante un público que bien podríamos imaginar entusiasta y numeroso convocado en el Ateneo de la Juventud —el mismo de Reyes y Vasconcelos— una atenta y certera conferencia que ha titulado como Panorama de la crítica literaria en México. Su nombre: Jaime García Terrés (1924-1996).

Habría también, entonces, que imaginarlo inaugurando su discurso de la siguiente manera, nada arbitraria por otra parte, sobre todo si se considera con la nitidez que nos da hasta este momento el tiempo —febrero de 2007—; puesto que, visto así, sus palabras devienen no sólo entrañables a sus lectores, sino además secretamente reveladoras para comprender más justamente sus profusas vida y obra:

Presentar los vestigios que en una de las innúmeras playas de aquel sugerente océano que es el humanismo han dejado las generaciones últimas.

Y aun más, el aliento que las insufla y somete:

Proyectar al vuelo sobre una pantalla imaginaria las siluetas de aquéllos que en los momentos actuales o en los inmediatamente anteriores se han significado en el noble ministerio de la Crítica. He aquí el único propósito que anima estas palabras.
Todo paisaje, sin embargo, se halla sometido, en el espectador, a las leyes inflexibles de la perspectiva. Y el panorama que me ocupa no constituye una excepción a la regla. Es esa perspectiva, pues, ese personal punto de vista, lo que yo invoco como atenuante, en descargo del atrevimiento o la imprudencia que pudiéranme ser achacados.


Serio animador cultural, crítico riguroso, ensayista original y profundo que lo mismo trataba la lucha entre Eros y Thánatos en Los infiernos del pensamiento (1967) que la censura editorial en nuestro país en La feria de los días (1961), Jaime García Terrés fue sobre todo poeta; un poeta mayor en las letras mexicanas del siglo XX. A unos días de cumplirse el primer onceavo aniversario de su muerte (el 29 de abril), desde estas páginas —posibles únicamente por la generosidad de los autores que las habitan—, así lo recordamos.

Pero antes, volvamos nuevamente a 1941 y escuchemos al mismo Jaime García Terrés terminar, de qué mejor manera, su Panorama de la crítica literaria en México:

Hasta aquí el curso de nuestro recorrido. Hemos visto, todos, muchas nubes desconocidas en el cielo policromo de nuestro paisaje. Yo las he visto por un impulso propio, engañado acaso, en ocasiones, por la fantasía. Vosotros las habéis visto a través de un lente ajeno, recibido con indulgencia de mis manos; un lente empañado, tal vez, por la precipitación, mas nunca —yo os lo aseguro— por la insinceridad o por el prejuicio.

Christian Barragán-


* El presente texto, es la presentación del homenaje a Jaime García Terrés que VIENTO EN VELA ofrece en su reciente número 7.
** El material fotográfico que acompaña al texto, forma parte del archivo personal de Jaime García Terrés. Agradecemos a su viuda, la Sra. Celia Chávez, la cortesía de prestarnos y permitirnos reproducir dicho material.

lunes, junio 11, 2007

In Memoriam

Carlos García-Tort (Distrito Federal, 1950-2007). Editor, poeta y ensayista.
Autor de un solo libro de poesía, El efrit dentro de su botella (SEP/Crea, 1985), Carlos García-Tort es, en recientes palabras de Eduardo Milán: “una pérdida para la poesía latinoamericana.” Recuerda Milán: “Cuando leí y reseñé El efrit dentro de su botella me llamó poderosamente la atención su fuga de toda forma de retórica, su rechazo a la dicción poética opulenta y dominante. Era muy raro entre sus pares de generación. Y él lo sabía.”
Aunque sus estudios profesionales se encuentran en el campo de la Sociología, su vida se halla estrechamente en el terreno de las artes, y muy particularmente en el de las letras. Así, formo parte de varios proyectos culturales como el Teatro Universitario de la UNAM, la Compañía de Ballet de Jalapa y la Enciclopedia de México; igualmente trabajo para las casas editoriales Siglo XXI y Fondo de Cultura Económica. Fue, además, director de la revista Salud Pública (1988), jefe de redacción de las revistas Arqueología Mexicana (1994-1996) y Lúdica. Arte y Cultura del Diseño (1997-1998) y coeditor, jefe de redacción y colaborador de La Jornada Semanal (suplemento para el que escribió la columna Antesala, registro donde se encuentra el mayor cuerpo de su obra ensayística). Poemas y ensayos suyos aparecieron en La cultura en México, suplemento cultural de Novedades, y la Revista de la Universidad.
Carlos García-Tort, uno “de esos hombres, cada vez más raros” (Fabio Morábito), vivió sus últimos quince años al lado su esposa, la también poeta y colaboradora nuestra, Alicia García Bergua; a ella, su familia y amigos, nuestro más sentido y respetuoso pésame: que en paz descanse.

LA REDACCIÓN