sábado, septiembre 13, 2008

Poesía y política (por Luis Jorge Boone)


Poesía y política*


Por Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977)

Hace unos meses escuché al poeta Rubén Bonifaz Nuño responder con un categórico “no” a la pregunta de si existe una relación entre poesía y política. Tiempo después, escuché a Raúl Zurita afirmar —a contracorriente de la opinión general— que la mejor poesía de Pablo Neruda era precisamente la de tema “político”.
Entiendo la concepción popular de que el escritor debe ser una figura pública, es decir, una opinión autorizada entre el coro de voces ciudadanas, un crítico combativo de las instituciones y del poder. Agrego un matiz a esta idea, pues en nuestra sociedad mediatizada alcanzan el harto dudoso estatus de figuras públicas los locutores, los conductores de programas televisivos, los periodistas de espectáculos, los cantantes que saben articular dos palabras en torno al tema del momento o —no pidamos más— cualquier cosa. Con esta situación como parámetro, la desventaja del escritor es mucha: su oficio es impopular y, con pocas pero notables excepciones, la difusión de sus ideas, de su obra, siempre parecerá clandestina. ¿Puede el escritor aspirar a ser un líder de las masas? Por motivos extraliterarios, y no por su obra. O escasamente, casi nunca.
Hace poco escuché a una escritora sudamericana extrañarse de que aquí en México estuviéramos “todavía” discutiendo las vanguardias cuando, según sus palabras, en el lugar de donde ella venía el asunto había quedado zanjado desde hace tiempo. Puedo conceder el valor a su opinión: un individuo llega a la conclusión —luego de seguir cierto proceso y completarlo— de que para él no resta más por decir, y leva anclas del tema. Lo que me parece un deplorable acto de soberbia y ceguera es que alguien pueda afirmar que los otros están mal precisamente por no enarbolar mi misma bandera ideológica, por no conducirse en paralelo con mis ideas. Creo que cada generación, época, país, ciudad o región (sectorícese aquí la especie humana al gusto) tiene pleno derecho de traer a la mesa de discusión el tema, movimiento estético, hecho histórico o autor que se ponga a mano siempre y cuando se haga con interés genuino, o incluso sin él. Pretender cancelar el diálogo entre creadores desde el inofensivo e insignificante estrado de nuestra opinión —como cualquier opinión, multiplicable por cero—, equivale a retroceder por lo menos unos cuantos siglos en el pensamiento del Hombre. Dicho lo anterior me pronuncio: la concepción de que la poesía y la política no tienen gran cosa qué ver, es cierta para mí. Me explico: la política, entendida como la práctica del ejercicio del poder público, institucional, desprestigiada por sus actores a estas alturas de la civilización. Una práctica propia de una esfera de poder, de una clase social que se ha caracterizado por la rapacidad, la mentira y la estulticia como directrices de su conducta.
Pero también es cierto que hay en mi toma de distancia una falla de origen, una cuestión más bien básica de nomenclaturas, porque el tema está ahí, y es inmenso e innegable. Me refiero a la poesía de tema antibélico, que versa sobre asuntos extraídos del ámbito colectivo que llamamos social (por vago que esto suene) o ideológica. Por otro lado, poesía política me parece el término menos afortunado para nombrar a esa clase de poemas que contienen alguna crítica a la situación de una sociedad en particular, sea cual sea el componente o la dinámica de ésta que retoma: las clases dominantes o dominadas, las instituciones, los grupos criminales, la violencia.
Cuando José Saramago escucha afirmar a alguien que no le gusta la política, el premio Nobel replica: “no diga que no le interesa, mejor diga que hay que construir otra política.” Si debo entender a la política como toda aquella actividad del ciudadano que busca intervenir en el asunto público con su opinión, entonces es necesario sacudir a la palabra de esa aura de podredumbre e inutilidad que su uso y abuso han sedimentado sobre ella y a su alrededor.
Nunca dejará de interesarme como lector la poesía que retrata las injusticias con que las sociedades tejen fina o burdamente el tapiz de sí mismas. Raúl Zurita, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Wislawa Szymborzka, Derek Walcott, Czeslaw Milosz, Yehuda Amijai, César Vallejo, Juan Gelman.
Ejemplos a gran escala. Críticos todos ante la desigualdad y la violencia autorizada, ante la voracidad del hombre que se asume predador de su prójimo, ante el absurdo de la guerra y el crimen de la dictadura. Indignados y heridos. Exiliados y borrados de la historia oficial. Encarcelados y discriminados. Anhelantes y furiosos. Cuyos poemas son a veces testimonios de una época convulsa, de un siglo especialmente violento en la Historia. Valorados por sus lectores como un informe desde la ciudad sitiada, la crónica de los días imposibles, pero también como expresiones altísimas de la palabra, como revelaciones últimas del alma del hombre encarnada en el idioma.
Diré ahora lo que sale de la acotada y baladí esfera de mi interés: en el tema que nos ocupa todo aquello abocado a repetir nociones que están el aire, cuyo origen es ajeno, cuyo contexto es imposible de trasplantar sin desvirtuarlo. El grado de verdad que contengan no está en discusión, pero sí su pertinencia, su integridad. “Ideas recibidas” las llamó Flaubert. Textos diseñados para cumplir una función didáctica, aleccionadora, propagandística. Textos prefabricados al grado de que lo último que se pensó al escribirlas fue en la poesía. Si es cierto que la literatura no se deja traicionar, como afirma Alfonso Reyes, entonces todo esfuerzo que invierta el orden natural de las cosas (poner el mensaje por encima del arte), la alejará irremediablemente. (A continuación repetiré mi ración de ideas recibidas:) No es posible poner en marcha el coche de la ideología antes de espolear el caballo del lenguaje sin sufrir las consecuencias. Si la poesía se vuelve instrumento, será un medio, un trámite, una forma para llegar a un fin. Y merecerá su destino.
No podemos dotar de autoridad, dar estrado, a cualquier persona que nos asegure que su opinión vale. En un mundo donde todos tenemos derecho de hablar, es necesario no perder de vista ese otro derecho incomprendido y más necesario de quedarnos callados. ¿Tiene algún valor multiplicar en nuestra voz juicios históricos, opiniones generalmente aceptadas, posturas ya encarnadas, ideas recibidas —sin condimentarlas con una pizca de nuestra propia sazón—, además de llevar agua al molino de nuestra propia popularidad, o de una pretendida calidad de rebelde, anarca, o outsider?
En literatura —la idea es extensible al resto de las artes y me parece que alcanza claridad al hacerlo—, la primera persona del plural no existe. O, por lo menos, es dificilísimo conseguir articular un discurso desde ese campo, con esas miras, sin caer en la charlatanería y propaganda. Hablar por “todos nosotros” (cuando no se trata de un mero plural de modestia), por lo menos, reviste una sospechosa pátina de megalomanía. Un poeta o, mejor, un escritor, habla desde su singularidad —y desde el reconocimiento de esta— como requisito para ser honesto, o se cae irremediablemente en el mesianismo. ¿Exigir cuentas ideológicas al semejante? ¿O aspirar a que carezca de ellas y que actúe —tino del inconsciente, azar con buen criterio— justo como nos acomoda? ¿Reclamar a los contemporáneos porque nuestros métodos no son los suyos, y nuestros temas no ocupan lugar de privilegio en su escritura? ¿No resulta evidente el exceso? ¿No es vano ese intento por tomarse a sí mismo por superdotado moral y reprender a los otros, incrédulos de la buena nueva que acarreamos en nuestros libros? Hay que decirlo: el genio que sólo se reconoce a sí mismo no se encuentra en la encrucijada del futuro, sino en serios problemas de autocrítica.
Recientemente una persona, comentando un poema que escribí, me dijo que consideraba ese texto un poema de crítica social, un alegato contra la guerra. El poema, le confesé, intentaba hablar solamente acerca de la misma poesía. Pronto me di cuenta de que mi opinión ya no importaba demasiado para esta persona. El poema, ya se sabe, suele decir a los otros cosas que a uno, autor, pasan de noche. A pesar de esto puedo decir que nunca he escrito (por lo menos no conscientemente) nada que contenga algún elemento de crítica social: no he estado en una guerra, una huelga, una revuelta social, una manifestación siquiera como para poder hablar de ello con las señas de identidad suficientes en las manos. Si me impusiera el trabajo de hablar desde más allá de mi experiencia, los resultados carecerían de mérito, por insulsos, vanos, pretenciosos.
¿Un poeta haciendo política? Prefiero decir: un ciudadano expresando, en su oficio, su opinión acerca de asuntos públicos relacionados con la marcha de la colectividad. La pregunta era ¿qué relación encuentras entre la política y la poesía? Respuesta: el amor, la vida y la muerte —versión condensada de los temas sobre los cuales se construye la poesía— contienen entre ellos ese estrato de relaciones donde el sujeto social busca la armonía en su convivencia con aquellos cercanos y lejanos prójimos. El asunto, como todo en nuestras vanguardistas pláticas, es viejo: sólo hay que ver los epigramas de Marcial contra los tribunos, contra el senado, contra los personajes de su sociedad. La “política” de un poema equivale a su moral evidente y es, entonces, un atributo que podemos resaltar o no en nuestra lectura.
Charles Bukowsky dijo que la única forma de salvar el mundo es salvando a los hombres uno por uno. Esa cuota mínima y concreta es la que se fija el poeta, sea cual sea la realidad que canta y cuenta.
Un solo interlocutor, no la humanidad entera. Una intención humilde: la comunión. Primero consigo mismo, con la propia imagen. Luego, lentamente, clandestinamente con el otro. Uno a la vez. Sólo los hombres sencillos realizan actos extraordinarios, afirma António Lobo Antunes. En el poema que reproduzco a continuación, del rumano Geo Bogza (un fragmento de “Recuerdos de Polonia”, en traducción del poeta chileno Omar Lara), el yo poético presta su voz a una mujer destruida. En ella habita el pasado, y en ella pervive su doloroso fantasma. Ni un asomo de grandilocuencia ni el más mínimo tono panfletario. Pero al ahondarse en un ser pequeño y anónimo, el poeta logra arrebatarnos el aliento y dejar al descubierto las heridas de la Historia.

En Varsovia, una muchacha hablaba así:
si quieres acariciarme, yo no me opondría
si quieres besarme, te lo permitiría
te permitiría que me desnudes los senos.
Pero debes saber que a papá lo fusilaron los alemanes
y a un hermano mío lo quemaron en los hornos.

Si quieres acariciarme, yo no me opondría
pero debes saber que todos estos muertos aúllan en mí
y yo toda, toda soy de ceniza.
Bésame, pero que no te sepa amarga.

Hablando en plata limpia: si un poema intenta “vendernos” más que un poema, parecería que hay alguien que quiere hacernos un regalo, pero diciéndonos exactamente cuánto pagó por él (para que seamos conscientes, al unísono con él, de la dimensión de aquello que nos ha sido obsequiado). O quizá esa traba del libre albedrío nos impida llegar limpiamente a su misma conclusión, y por eso el poeta comprometido prefiere hacerla patente en su texto.
En honor a la verdad, hasta antes elucubrar la forma de escribir estas líneas nunca consideré los “Poemas de Jerusalén” de Amijai como poesía política, y sigo sin hacerlo, pero reconozco en ellos un componente (que a algunos les daría por llamar) “político”. Pero de cualquier modo, sigue pareciéndome que eso es lo de menos. No es lo más relevante, ni siquiera creo que sea una virtud del texto. Para mí poemas poseen una profunda humanidad, están habitados por un sufrimiento desgarrador, animados por una ironía poderosa, dueños de una expresividad intensa. Viáticos para esa necesidad espiritual que es la poesía.
La ciudad donde nací fue destruida por los cañones.
El barco al que subí fue hundido después, en la guerra.
El granero de Hamadia donde amé fue quemado.
El quiosco de En Gedi fue bombardeado por los enemigos,
el puente de Ismailiya que crucé
en una y otra dirección en mis tardes de amor
fue hecho añicos.

Mi vida se ha ido borrando tras de mí según un mapa exacto.
¿Cuánto tiempo resistirán los recuerdos?
La niña de mi niñez fue asesinada y mi padre está muerto.

Por eso, no me elijáis como amante o hijo,
como paseante de puente, inquilino o ciudadano.


El “yo” verdadero del poeta: su desnuda individualidad, que busca con ironía y desencanto prevenir a sus semejantes de su mala suerte. No son las superpotencias, ni las masas descreídas, el puerto al que aspiran sus palabras. Y aun con esa humildad, o precisamente gracias a ella, es posible encontrar en estos pocos pero poderosos versos la cifra de toda una geografía asolada, los momentos de barbarie y destrucción que un pueblo de la Tierra ha sufrido en la historia reciente.
Poemas humanos, necesarios, verdaderos, eso eran para mí, y eso siguen siendo. Sin epítetos ni nomenclaturas insubstanciales: poemas, nada más. Y no los llamaré nunca de otro modo.
*Texto incluido en el número 12 (junio 2008) de Viento en vela.

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