viernes, junio 29, 2007

Revista Viento en vela #8


El número 8 de Viento en vela (junio 2007) se acerca al escurridizo término de "generación", y en este caso de la generación de poetas mexicanos nacidos entre 1950 y 1959. Se trata de un acercamiento hacia varios poetas destacados nacidos en la década de los años 50, a partir de 5 ensayos, una entrevista y una muestra poética titulada Los otros 50. Esto bajo la visión de que hay otros autores (aparte de los infrarrealistas, que ya fueron tratados en el número 5 de Viento en vela) nacidos en los años 50, que han creado una obra sobresaliente. Los dejamos con este número, que fue coordinado por el poeta Christian Barragán.
CONTENIDO
  1. Editorial (por Gabriela Astorga)
  2. Una Generación poética, una década: 1950-1959 (por la Redacción)
  3. Poesía y algunos lenguajes literarios en la generación de los cincuenta (por Mario Calderón)
  4. De moscas y surfeadores. La estética del detalle en la poesía de Fabio Morábito (por Luis Téllez-Tejeda)
  5. Los otros 50. Muestra poética. Selección de Christian Barragán. Autores: Joaquín Xirau Icaza (1950-1976), Adolfo Castañón (1952), Josu Landa (1953), Alicia García Bergua (1954), Ricardo Castillo (1954), Rafael Vargas (1954), León Guillermo Gutiérrez (1955), Francisco Torres Córdova (1956), Manuel Andrade (1957), Marianne Toussaint (1958), Juan Domingo Argüelles (1958), Tedi López Mills (1959).
  6. Héctor Carreto: Trazos de una tradición (por Iván Cruz Osorio)
  7. Pero la diosa sólo se refleja en el espejo de la poesía. Breve atisbo a la generación de los cincuenta (por Alí Calderón)
  8. A propósito de Poetas de una generación, 1950-1959. Entrevista con Evodio Escalante (por Christian Barragán)

miércoles, junio 27, 2007

Balam Rodrigo



Balam Rodrigo. Foto/Archivo Viento en Vela


Balam Rodrigo -Villa de Comatitlán, Chiapas, 1974-, es poeta y narrador. Cuenta, además, con estudios superiores en Teología y Biología, ciencias sobre las que ha escrito artículos de difusión. Su obra, acentuadamente poética (Hábito lunar, Praxis, 2005; Poemas de mar amaranto, Coneculta-Chiapas, 2006), ha sido reconocida con el Premio Estatal de Poesía Raúl Garduño (Chiapas, 2004), Premio Estatal de Crónica César Pineda del Valle (Chiapas, 2005), Premio Regional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2005 y Premio de Poesía Joven Ciudad de México 2006; galardón, este último, obtenido con su más reciente poemario titulado Libelo de varia necrología (Secretaría de Cultura del D. F., 2006). El jurado que le concedio por unanimidad a Libelo de varia necrología el primer Premio Ciudad de México, estuvo conformado por los poetas Raúl Renán, Óscar de Pablo y Eduardo Olaíz.

Así, con motivo de tan reciente celebración, la tarde de ayer en la Casa del Poeta Ramón López Velarde se presento tal poemario. La mesa fue moderada por la ensayista, editora, poeta y amiga nuestra, Claudina Domingo. Los encargados de recibir al autor y a su obra laureada fueron, respectivamente: Óscar de Pablo, Daniel Téllez y María Rivera, sensibles y lúcidos con la escritura de Balam Rodrigo. Al anochecer, el evento fue clausurado (¡de qué mejor manera!) con la lectura de algunos de los textos del poemario en voz de su autor, Balam Rodrigo, uno de los más destacados y prolíficos poetas de su generación y de las plumas méxicanas más recientes.


Óscar de Pablo, Claudina Domingo, Balam Rodrigo, María Rivera y Daniel Téllez.
Foto/ Archio Viento en Vela

Al vuelo, celebramos también el hecho de que cada vez haya un público más numeroso y auténticamente interesado en el acaecer de la nueva poesía mexicana; el de ayer, a propósito, es un notable ejemplo de ello. Es un gran gusto encontrar a otros bardos, dispersos entre el público, atentos a lo que sucede en el estrado. Este es un cordial saludo a ellos: Raúl Renán, Natalia González Gottdiener, Iván Cruz, Marco y Tanya Fonz, Daniel Saldaña y Manuel Becerra Salazar, entre los avistados.

Y al igual que ayer, cerramos esta nota mostrando un par de fragmentos de "Madame La Loca y sus noches gáticas", primer cuadernillo de tres que hacen el poemario. Pero antes, confirmamos nuestro entusiasmo por la poesía de Balam Rodrigo: un abrazo fraterno a él, y otro más a su estupendo Libelo de varia necrología. Escuchemos, pues, el canto sincero y selvático del poeta:

*

Sobre las aguas capitales del crepúsculo, tejen los gatos su roja
dentellada:
El sílex de su boca abre los pechos y las plumas de exquisitos
cardenales.
El viento arrastra los huesos, las hojas, las prístinas cadenas de la
edad entumecida.
Inicia gatopías el corazón y la ciudad pregona el filo que al ojo de
la noche sólo empieza.

*

Un maullido tenso y el silencio aniquilado bajo los párpados.
Lanza Madame sus dardos de saudade hacia la espera. Alrededor
de los jardines y la niebla, la pluvial almohada le murmura:
Ciudad. Sola extensión del odio y la tristeza de los animales sin
luz. Cordón umbilical del polvo que nos une a la placenta del
deseo. Pureza del vértigo y el fuego. Dama de los pájaros de la
sed. Negra flor cuyos frutos sin destino crecen en los huertos de
la fiebre. Atroz y vacua porque ni las calles, ni los sueños, ni los
gatos que ejecutan su música, pueden domesticarse. Ciudad.
Bestia oscura del corazón que se alimenta de las sábanas
ensangrentadas y de los desperdicios del dolor bajo la inmóvil
liturgia de la nieve.-

(de Libelo de varia necrología)


Christian Barragán/ Fotos y texto








jueves, junio 21, 2007

Una postal de Jaime García Terrés*


Este día, un día de octubre del año 1941, un atrevido muchacho de tan sólo diecisiete años, ofrecerá ante un público que bien podríamos imaginar entusiasta y numeroso convocado en el Ateneo de la Juventud —el mismo de Reyes y Vasconcelos— una atenta y certera conferencia que ha titulado como Panorama de la crítica literaria en México. Su nombre: Jaime García Terrés (1924-1996).

Habría también, entonces, que imaginarlo inaugurando su discurso de la siguiente manera, nada arbitraria por otra parte, sobre todo si se considera con la nitidez que nos da hasta este momento el tiempo —febrero de 2007—; puesto que, visto así, sus palabras devienen no sólo entrañables a sus lectores, sino además secretamente reveladoras para comprender más justamente sus profusas vida y obra:

Presentar los vestigios que en una de las innúmeras playas de aquel sugerente océano que es el humanismo han dejado las generaciones últimas.

Y aun más, el aliento que las insufla y somete:

Proyectar al vuelo sobre una pantalla imaginaria las siluetas de aquéllos que en los momentos actuales o en los inmediatamente anteriores se han significado en el noble ministerio de la Crítica. He aquí el único propósito que anima estas palabras.
Todo paisaje, sin embargo, se halla sometido, en el espectador, a las leyes inflexibles de la perspectiva. Y el panorama que me ocupa no constituye una excepción a la regla. Es esa perspectiva, pues, ese personal punto de vista, lo que yo invoco como atenuante, en descargo del atrevimiento o la imprudencia que pudiéranme ser achacados.


Serio animador cultural, crítico riguroso, ensayista original y profundo que lo mismo trataba la lucha entre Eros y Thánatos en Los infiernos del pensamiento (1967) que la censura editorial en nuestro país en La feria de los días (1961), Jaime García Terrés fue sobre todo poeta; un poeta mayor en las letras mexicanas del siglo XX. A unos días de cumplirse el primer onceavo aniversario de su muerte (el 29 de abril), desde estas páginas —posibles únicamente por la generosidad de los autores que las habitan—, así lo recordamos.

Pero antes, volvamos nuevamente a 1941 y escuchemos al mismo Jaime García Terrés terminar, de qué mejor manera, su Panorama de la crítica literaria en México:

Hasta aquí el curso de nuestro recorrido. Hemos visto, todos, muchas nubes desconocidas en el cielo policromo de nuestro paisaje. Yo las he visto por un impulso propio, engañado acaso, en ocasiones, por la fantasía. Vosotros las habéis visto a través de un lente ajeno, recibido con indulgencia de mis manos; un lente empañado, tal vez, por la precipitación, mas nunca —yo os lo aseguro— por la insinceridad o por el prejuicio.

Christian Barragán-


* El presente texto, es la presentación del homenaje a Jaime García Terrés que VIENTO EN VELA ofrece en su reciente número 7.
** El material fotográfico que acompaña al texto, forma parte del archivo personal de Jaime García Terrés. Agradecemos a su viuda, la Sra. Celia Chávez, la cortesía de prestarnos y permitirnos reproducir dicho material.

lunes, junio 11, 2007

In Memoriam

Carlos García-Tort (Distrito Federal, 1950-2007). Editor, poeta y ensayista.
Autor de un solo libro de poesía, El efrit dentro de su botella (SEP/Crea, 1985), Carlos García-Tort es, en recientes palabras de Eduardo Milán: “una pérdida para la poesía latinoamericana.” Recuerda Milán: “Cuando leí y reseñé El efrit dentro de su botella me llamó poderosamente la atención su fuga de toda forma de retórica, su rechazo a la dicción poética opulenta y dominante. Era muy raro entre sus pares de generación. Y él lo sabía.”
Aunque sus estudios profesionales se encuentran en el campo de la Sociología, su vida se halla estrechamente en el terreno de las artes, y muy particularmente en el de las letras. Así, formo parte de varios proyectos culturales como el Teatro Universitario de la UNAM, la Compañía de Ballet de Jalapa y la Enciclopedia de México; igualmente trabajo para las casas editoriales Siglo XXI y Fondo de Cultura Económica. Fue, además, director de la revista Salud Pública (1988), jefe de redacción de las revistas Arqueología Mexicana (1994-1996) y Lúdica. Arte y Cultura del Diseño (1997-1998) y coeditor, jefe de redacción y colaborador de La Jornada Semanal (suplemento para el que escribió la columna Antesala, registro donde se encuentra el mayor cuerpo de su obra ensayística). Poemas y ensayos suyos aparecieron en La cultura en México, suplemento cultural de Novedades, y la Revista de la Universidad.
Carlos García-Tort, uno “de esos hombres, cada vez más raros” (Fabio Morábito), vivió sus últimos quince años al lado su esposa, la también poeta y colaboradora nuestra, Alicia García Bergua; a ella, su familia y amigos, nuestro más sentido y respetuoso pésame: que en paz descanse.

LA REDACCIÓN

domingo, mayo 27, 2007

Las dramáticas aventuras de wozzek, el perro individual (de Ricardo Bernal)


LAS DRAMÁTICAS AVENTURAS DE WOZZEK, EL PERRO INDIVIDUAL*
de Ricardo Bernal (ciudad de México, 1962)

No recordaba su vida anterior. Tal vez los ruidos, tal vez el impacto de luz más allá de los párpados, y sobre todo el aroma dulzón del protoplasma: ya se sabe que la memoria de un perro está en el olfato. Wozzek nació en una tienda de mascotas junto con otros tres cachorritos. Su perra madre murió al día siguiente y Giovanni, el redondo dueño de la tienda, los llevó a la jaula de cuidados intensivos para que sobrevivieran. Qué hermoso eres, cachorrito, pensó Giovanni en italiano, y metió a Wozzek en un viejo calcetín de cuadros azules, arrullándolo un poco. El perrito se acurrucó y quiso saber qué pasaba, pero su pequeño cerebro desconocía los mecanismos del pensamiento, así que se quedó dormido. Martes, miércoles, jueves, viernes; Giovanni cantaba óperas gangsteriles, y les daba su mamila a Wozzek y sus hermanos. Las paredes de la trastienda estaban pintadas de verde para tranquilizar los nervios de sus habitantes. Además de perros, gatos, canarios y peces, había un pulpo marino que todo el tiempo palpaba las paredes de la tina donde vivía, buscando una grieta por donde escapar. No había cebras, pero estaba el General, un ridículo mono araña importado de Veracruz. No había canguros, pero sí un par de conejos grises y fornicadores que no pensaban en otra cosa. También estaba Marichu, la guacamaya más hermosa del mundo, el zopilote Omar, y Efraín, el búho tuerto que todos creyeron disecado, hasta el día en que se fue volando tan tranquilo por la puerta. Las anécdotas de todos estos personajes fueron los primeros recuerdos de Wozzek, quien a las pocas semanas de nacido vivía ya en una de las jaulas colocadas frente al aparador: Giovanni quería vender sus perros finos cuánto antes, necesitaba dinero para volar a Roma, y decirle adiós a su moribunda tatarabuela. Wozzek, como buen perro que era, se dedicaba a dormir, comer y cagar. Algunas veces alzaba sus orejas de ratón y miraba a los extraños seres que lo señalaban desde el otro lado del cristal: Mira mamá qué bonita rata; No es rata m´hijo, es un perrito; Mira mamá que feo perrito. ¡Guau! Esa fue la primer palabra que Wozzek aprendió, la única, a decir verdad. En ella se resumía todo el conocimiento, toda la percepción que puede tener de la vida un cachorrito huérfano. Afuera de la tienda los seres extraños pasaban, y también pasaban los días y las noches. Soles, lunas, nubes, carros de bombero, coloridos desfiles, asaltos sangrientos, Wozzek miraba todo con ojos azorados. Existe la vida, es cierto. Existimos. Plumas, colmillos, sonrisas; en la tienda de mascotas las reglas eran muy simples: comer, jugar, escandalizar. A veces el precio era un pececito menos, una mordida infectada. ¡Guau! Todos somos iguales en este ordenado caos. Pero Wozzek ignoraba que en sus adentros había una semilla de luz: su individualidad. Una individualidad que necesitaba crecer sublime y esférica; algo imposible en medio de tantos gritos, aullidos, maullidos y ladridos. Algo imposible en medio de los pleitos, los insultos de Marichu, las discusiones por el plátano que el General le embarró en el culo a Giovanni, por la cena engusanada de Omar, o por la lluvia de alpiste que cayó en la tina de Don Pulpo, haciéndolo lanzar maldiciones oceánicas a diestra y siniestra. Y Wozzek abría sus ojos enormes. Su individualidad necesitaba con urgencia otro lugar para crecer. Wozzek, como todo perro fino, necesitaba un hogar donde vivir.

Lila estaba sola. Había estado sola toda su vida, pero tan solo ahora, a sus 24 años se daba cuenta, y la soledad le pesaba como una barra de plomo en el corazón. Escapada del rigor militar que infectaba su casa materna, Lila había rentado un decrépito departamento donde podía preparar sus clases de historia del arte y pintar sus extraños y codiciados cuadros sin ningún tipo de interrupciones. Sin embargo, sus días eran largos, iguales, desabridos; a Lila le parecía que la existencia era un tren de vagones aburridos y eternamente vacíos. Los últimos dos amores de su vida, Rosencratz y Guildenstern, habían huido por el espejo y vivían muertos del otro lado, dedicándose a los asuntos que le corresponden a todo aquél que huye por el espejo. Lila bebía café negro y ponía sin descanso sus viejos discos de los Residents mientras calificaba tareas o dibujaba. Cuando miraba el espejo, ya casi nunca encontraba en él a Guildenstern con su sonrisa de niño dios, tarareando rolas de Marillion; ni a Rosencratz colgado de un candil, y usando humito de colores para pintar un paisaje del Amazonas, acompañado de su inseparable Barbie, esa perra. Lila recorría las calles bajo la lluvia. Buscaba tréboles de cuatro hojas debajo de los puentes, colocaba bombas imaginarias en los templos de la colonia Condesa, o marcaba teléfonos descompuestos hasta que algún ángel piadoso le contestaba. Lila estaba sola. Por las noches se encerraba en su departamento donde escribía desolados cuentos de ciencia ficción, o cartas de amor cucaracha sin posdata ni firma. Una tarde, en uno de sus paseos, Lila pasó frente a una puerta ovalada con un letrero:
ENID, ADIVINA. TAROT Y OTRAS ARTES.PRECIOS MODICOS. PASE USTED.

Tratando de no burlarse de sí misma empujó la puerta y entró a un pasillo angosto como sarcófago, en cuyo final retozaba una escalera de caracol. ¡Alto ahí!, dijo Lila, y la escalera se quedó quieta. Cielo e Infierno; hay una tempestad entre mis dos hemisferios, pensó y comenzó a subir entre nubes rosadas y caballitos de mar. Después de quinientos escalones llegó a un diminuto salón donde había una mesa y detrás de la mesa una sonriente luna llena. Hola muñeca, ¿cómo te llamas? Lila. Mucho gusto, yo soy Enid; ¿quieres que te lea la mano? Pero no tengo dinero. No importa, me darás un porcentaje de tu suerte, esa será suficiente paga. Lila se sentó extendiendo su mano izquierda hacia Enid. Por lo maltratado de tus uñas puedo adivinar que eres albañil. Ni madres, soy pintora y escultora. Perdón, ¡mira! Aquí dice que muy pronto tu vida cambiará; además bla-bla-bla. ¿Bla-bla-bla? Sí, bla-bla-bla. ¡Oh!, dijo Lila levantando las cejas y mirando su mano. Pues muchas gracias señora, y haciendo mil reverencias salió de ahí. Se despidió de los caballitos de mar y una vez en la calle se echó a correr. Vieja loca, ¿cómo se atreve a decir que mi vida cambiará? Esa tarde Lila cruzó los mismos jardines, las mismas avenidas de siempre. De pronto se sintió distinta, como si la madera de su alma cobrara vida; marioneta resucitando en el desván de los juguetes. Alguien la miraba. Alguien la había estado mirando toda la vida. ¿Alguna vez tuve aureola?, ¿alguna vez tuve alas? ¡Qué extraño momento para experimentar el satori!, pensó. Entonces sus ojos se toparon con los ojos de Wozzek quien desde el otro lado del universo, del otro lado de la calle y detrás del cristal de la tienda de mascotas brincaba como loco y movía su pequeño rabo. Lila no escuchó los ladridos: sus oídos zumbaban y kundalini le mordisqueaba el corazón mientras corría, mientras cruzaba la fantasmal corte de claxonazos, frenones y mentadas de madre. Llegar a la banqueta, ver un nebuloso rostro reflejado en el vidrio, y del otro lado del vidrio la brillante nariz de Wozzek, quien haciendo uso de polvos telepáticos decía en silencio: Mamá, Mamá, Mamá. Quédate conmigo, quédate conmigo. Las palomas y canarios de la tienda se pusieron tristes. Un topo recuperó la vista. Marichu movió sus alas de ángel muy despacio y el General interrumpió la cuarta paja de la tarde. Todos miraron a Wozzek. Todos comprendieron que a partir de ese momento lo habían perdido para siempre. Sólo quedaba un pequeño problema por resolver: Lila no tenía dinero. Había empeñado su reloj para comprar lienzos, y el último sueldo de sus clases se lo había gastado en discos de los Legendary Pink Dots. No te muevas de aquí, amor mío. Esta noche vendré a sacarte de tu cárcel. Viviremos juntos, mi vida, siempre juntos. ¡Guau! exclamó Wozzek. Desde su guarida, Enid miraba la escena en una bola de cristal.

Inútil describir la Operación Rescate. Baste decir que Lila se descubrió habilidades nunca imaginadas. Soy experta en ganzúas, cerrojos y sierras. Cosas de la reencarnación, pensó; tal vez en mi vida anterior fui ratero. Para Giovanni no fue difícil aceptar la pérdida de su cachorrito. Al día siguiente, mientras trataba de reparar los destrozos hechos por Lila al llevarse a Wozzek, recibió un telegrama: MURIÓ TATARABUELA/ HEREDÓTE TODOS NEGOCIOS/ VEN CUANTO ANTES/ Y así, la tienda de mascotas se convertiría en un arca de Noé rumbo a la madre Italia. Giovanni imaginó a Omar y a Marichu tirados en cubierta, con lentes oscuros y sendos martinis en las alas; al General con su uniforme de general listo para gritar ¡Tierra a la vista!; a Don Pulpo atado al ancla, diciendo Mierda mierda mierda mierda, mientras depositaba sus tentáculos a plazo fijo en los bancos de coral. Todos felices en busca de un nuevo sol. Todos menos Wozzek quien corría junto a Lila, con la lengua de fuera y un arcoiris en la mirada. ¡Vamos perrito! Tenemos que darle tres vueltas al Parque Hundido. ¡Guau! hacia adentro. ¡Guau! para toda la vida. Todo era plenitud. Sin embargo, escrito está en los antiguos textos: los romances que comienzan con un flechazo, rara vez sobreviven.

Wozzek fue muy bien recibido en el hogar de Lila. Yo soy pintora, pin-to-ra. Estos son mis cuadros. ¡Guau guau! Claro que sí. Mira, este es tu plato; estas se llaman croquetas, cro-que-tas. Este es el espejo, y esa cosa negra que te mira, ¡eres tú¡ Lila se quedó seria; Wozzek, si alguna vez alguien intenta escaparse del espejo, le arrancas el corazón de un mordisco. Sin piedad ¿me entiendes? Después: la sonrisa. Ven Wozzek, esta es mi colección de música. Principalmente tengo... quise decir, tenemos, óperas y rock subterráneo. Te voy a pedir que por favor. Y Wozzek miraba todo. La vida existe, es cierto. Estoy vivo, y esta mujer es mi madrehermanamantenovia y me ama. ¡Guau! Cómo me ama. Lila organizó un bautizo para su nuevo amor; invitó a sus amigos poetas, pintores y homosexuales. Desde hoy, Wozzek Emiliano Serafín Patricio te llamarás, dijo un sacerdote barbudo, panzón y absolutamente borracho, mientras Wozzek se comía las botanas de cangrejo. Esa noche, la guarapeta terminó en Garibaldi, todos abrazados y vomitados cantando corridos tequileros. Debajo del sombrero de un mariachi, Wozzek aulló como lobo en luna llena. Al día siguiente, madre y perro compartían la misma cruda. Nunca más volverían a asomarse por el espejo Rosencratz y Guildenstern: Lila ya no estaba sola.

La individualidad de Wozzek comenzó a germinar: primero fue una minúscula canica incolora, luego una esfera que con destellos celestes rodeaba al perro y sus cosquillas. Lila lo pintó en diferentes posiciones. Lo disfrazó de niña y le puso pestañas postizas. Le enseñó a comer con cubiertos y a no pedorrearse en voz alta. A veces Wozzek se tomaba el agua del retrete y Lila le pegaba con un periódico. Niño malo ¡eso no!, ¡eso no! Un día se comió un libro de Orson Scott Card, y Ender, el héroe de la historia, vivió una aventura demoníaca y pestilente en las tripas del perro. Cuando Lila se iba a dar sus clases, Wozzek se quedaba solo. No sabía qué hacer con su individualidad. Escuchaba discos de jazz desquiciante a todo volumen y los vecinos gritaban, o escarbaba los cajones del ropero, transformando el departamento en un multicolor carnaval de calzones y brasieres. Pasó el tiempo, las ausencias de Lila eran cada vez más largas. Adiós perrito, pórtate bien; ahí te dejo unos discos programados para que no te aburras. ¡Guau! Lila se colgó su morral, guardó las llaves y antes de salir le mandó besitos a Wozzek con la punta de un dedo. Tan pronto como se oyó el slam de la puerta exterior del edificio, Wozzek corrió hacia el espejo. Ahí estaba su imagen reflejada: ya no era el dulce cachorro de los tiempos de Giovanni, ahora era un perro fuerte y con cara de tonto. ¡Guau! dijeron a la vez Wozzek y el perro del espejo. Nunca nunca nunca se te ocurra entrar al espejo, del otro lado hay cosas horribles; le había dicho Lila una noche. Pero Wozzek era un perro individual, así que retrocedió para tomar vuelo, se arrojó, y en un instante estuvo del otro lado. El departamento paralelo era exactamente igual al suyo: los mismos sillones maltratados, los mismos trastes sucios en la mesa del comedor, las mismas pinturas enormes en las paredes. Hasta el disco de los Pelican Daughters que sonaba en el aparato era el mismo. Wozzek se asomó a la cocina: la misma cocina. Se asomó a las recámaras: las mismas recámaras. ¡Qué aburrido! ¿Dónde estaban las cosas horribles que le había prometido Lila? En eso volteó hacia el espejo y se quedó estupefacto: su imagen había desaparecido. El espejo lo reflejaba solamente cuando estaba en el mundo de los vivos. Se oyó un clic en los rincones. Wozzek recordó el cuento de Cortázar que Lila le había leído la tarde anterior, ¡En la madre! Han tomado las recámaras; y horrorizado regresó por donde había venido. Esa noche, mientras Lila pintaba monstruos, Wozzek dormía. De pronto su individualidad se esponjó hasta abarcar toda la habitación. Aunque seguía siendo una individualidad hermosa, ahora tenía cierto tinte terrorífico apenas perceptible. Entonces Lila, en un insólito trance de ojos desorbitados y manos temblorosas, usó los colores más asesinos para colorear. En su mente había neblina morada, los decadentes teclados de Death in June sonaban a todo volumen. ¡Maldito monstruo de alas verdes y pito azul; mira lo que hago contigo! Y en lugar de usar pinceles, Lila pintó con las manos, embarrando auras de fealdad y desolación en su cuadro. Wozzek despertó. En un instante su individualidad se redujo al tamaño de un garbanzo, y Lila se talló los ojos como regresando de un sueño lodoso. Vio el cuadro a medio acabar. No sé qué me pasa, cada vez pinto peor. En fin, suspiró. Vente Wozzek, vamos a dar un paseo; pero antes, un vasito de leche para purificar el alma. ¡Guau!

La segunda vez que Wozzek cruzó el espejo se encontró a Rosencratz sentado en un sillón. Sus ropas eran harapos, tenía los ojos cerrados y una maltratada barba de apóstol. Hola perro estúpido, ¿qué hay de nuevo?, dijo el extraño sin abrir los ojos. Conque ahora eres tú el amor de Lila ¿eh? Antes fui yo, y antes de mí fue Guildenstern... ¿Te digo una cosa? De este lado viven los Hombres Poder. Fueron ellos quienes devoraron a Guildenstern. ¿Guau? Tal cómo lo oyes; si Lila se entera se va a poner muy triste. ¡Pobre Guildenstern! Traté de salvarlo, pero las mandíbulas de los Hombres Poder son indestructibles. Lo único que pude rescatar del sangriento festín fue esto: ¡mira! Y Rosencratz sacó de su costal una mano verde y reseca. En ese instante, la individualidad de Wozzek despertó, afilándole los colmillos y la mirada. El aura que irradiaba la mano, era igual a los colores del cuadro que pintaba Lila. ¡Guau!, gritó Wozzek. De un veloz mordisco le arrebató la mano a Rosencratz y corrió hacia el espejo. ¡Espérate pinche perro! Tú no puedes ha/... Cuando Wozzek estuvo del otro lado, el espejo sólo reflejaba a un perro negro con una mano verde en el hocico. Más atrás, el sillón estaba tan vacío como el trono de un rey decapitado. Wozzek escondió la mano detrás del buró de Lila. Sabía que ella nunca la iba a encontrar ahí.

Lila comenzó a tener pesadillas. Sus sueños eran un laberinto de carne cruda, una monstruosa guerra entre juguetes y perros deformes. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí?, preguntaba Lila al despertar, mientras Wozzek le lamía las manos y la cara. Por las tardes Lila se iba a la escuela sin comer ni maquillarse. Zombi cruzaba las calles, la gente se hacía a un lado para dejarla pasar, y en el salón de clases sus alumnos murmuraban cuando ella repetía su cátedra con la mirada fija en quién sabe qué visiones. En casa, los pinceles y los óleos se llenaron de telarañas; las cucarachas fundaron ciudades en los trastes sucios que se amontonaban en la cocina y el comedor. Lila conversaba con las negras y escandalosas risas que de pronto salían de los lugares más inverosímiles: la azucarera, el botiquín, un zapato volcado debajo de la cama. Wozzek dejó de ladrar; dormía todo el tiempo, y su individualidad se convirtió en un cascarón ceniciento y agrietado que lo apartaba del mundo. La mano de Guildenstern seguía inmóvil detrás del buró.
Veo fuerzas oscuras invadiendo tu casa, dijo Enid. Mira: éste es el Diablo, junto a él está el Mago de cabeza, seguido del diez de espadas. Tiene que ver con algún amor destructivo de tu pasado reciente. ¿Te dice algo? Mmmmmmm... No, la verdad no; contestó Lila acariciándose el mentón. Tenía las ojeras muy marcadas, los anillos le quedaban flojos. ¿Las puedes tirar de nuevo? Las manos de Enid se movían como palomas; detrás de ella, siete velas proyectaban siniestras sombras en los muros. Extendió las cartas y las fue volteando una por una: las figuras habían desaparecido. Enid se sobresaltó. ¡No puede ser!, dijo; ¡Se han borrado! Estamos frente a una fuerza muy grande. Pero ¿quién?, ¿qué fuerza?, preguntó Lila. No sé... ¡Mira¡ Esta es la posición del Desenlace, es la única carta que no se borró. ¿Qué es? Un príncipe, el Principe de espadas: significa que un hombre se va a aparecer en tu vida, aunque necesitaría que las otras cartas fueran visibles para saber bajo qué circunstancias. Lila cerró los ojos, algo zumbaba en los calabozos de su corazón. Gracias Enid, ¿cuánto te debo? No me debes nada; pero tendrás que dibujarme un tarot nuevo, éste ya no sirve. Toma, quédate con el príncipe. Lila guardó la carta en su morral, abrazó a Enid y salió de prisa: el dique de sus ojos estaba a punto de romperse. Enormes mantarrayas grises se retorcían encima de la ciudad. Cuando cayeron las primeras gotas de lluvia, el llanto se adueñó de Lila como un diluvio purificador. En su departamento, detrás del buró, la mano de Guildenstern movió los dedos muy despacio.

Esa noche, Lila tuvo un sueño: tres bestiales seres azules, sentados en sus rojos tronos de reses muertas. Estaban completamente inmóviles, usaban lentes oscuros y tenían dos bocas, una encima de otra. Eran los Hombres Poder. Sus dedos, gruesos como sandías, estaban llenos de anillos, y encima de sus coronas de plástico revoloteaban varios cuervos con cabezas humanas. Las seis bocas comenzaron a hablar al mismo tiempo: los tonos de las voces no diferían ni una octava. ¡No quieras engañarnos Lila! Nadie puede retacar los hoyos del pasado con ladridos. ¡Regresa al Espejo lo que al Espejo pertenece! Lila despertó temblando y con el corazón a mil por hora. Los ácidos coros de los Teenage Filmstars llenaban la habitación y Wozzek la miraba con los ojos muy abiertos. ¡El espejo!, gritó Lila; ¡Hay que romper el espejo! Entonces la mano de Guildenstern salió volando de su escondite y se apoderó de la garganta de Lila. En las paredes las pinturas comenzaron a balancearse. El espejo ondulaba como la superficie de un charco después de la piedra. La mano apretaba apretaba apretaba, y no dejaría de hacerlo por más que Lila le clavara las uñas en el dorso. Wozzek, enloquecido, ladró como nunca; su individualidad estaba a punto de resquebrajarse en mil pedazos. El rostro de Lila fue blanco, rojo, violeta; una neblina de trapo empañó su mirada y los camaleones del pasado acudieron en tropel a su memoria: recordó el pay de manzana que hacía abuelita, su primer borrachera, la sonrisa fantasma de Rosencratz; recordó las suaves manos de Guildenstern desvistiéndola... Lila perdió el conocimiento.

Abrió los ojos. El aire entraba en sus pulmones como un bálsamo inventado por ángeles. Estaba en su cama, a su lado Wozzek dormía tranquilo. De pronto oyó ruidos en el comedor, pasos que se acercaban. ¿Quién anda ahí?, gritó aterrada. No te asustes Lila, dijo la voz; después de la voz apareció el rostro. Soy Elidir, te acabo de salvar la vida. Era él. El mismo rostro, la misma vestimenta: el Príncipe de espadas de la carta de tarot que Enid le había regalado. El espejo está roto, dijo Elidir; tu pasado no volverá a molestarte. Extendió su sable hacia Lila: en la punta, como una tarántula disecada, estaba la mano de Guildenstern. ¿Eso salió del espejo?, preguntó Lila. Bueno, no precisamente, tu perro la trajo del otro lado. Pero no te preocupes, ya todo está bien. ¿Quieres un té?

Elidir era el nuevo vecino del departamento de abajo, quien al escuchar los ladridos de Wozzek y el escándalo, subió a pedir que por piedad lo dejaran dormir un poco. Como nadie le abría, imaginó que algo raro estaba sucediendo, un violento robo tal vez, y regresó por su poderoso sable; Elidir era maestro de esgrima. El resto fue cuestión de segundos: abrir la puerta de una patada, ensartar la mano con el sable, darle a Lila respiración de boca a boca y luego romper ese espejo de donde unos seres terribles y voluminosos intentaban escaparse. Desde ese día, Lila y Elidir se hicieron amigos. Juntos iban al cine y al teatro. Por las tardes, mientras Lila daba sus clases, Elidir se quedaba en casa lavando los trastes, o iba al supermercado a conseguir ingredientes para preparar ensaladas exóticas. Poco a poco, Lila fue olvidando a los Hombres Poder y la maldición del espejo. Los besos de Elidir borraron los últimos recuerdos de Rosencratz y Guildenstern.

Lila comenzó a pintar como nunca. Su nuevo modelo apareció como un héroe medieval en todos sus cuadros, y a Lila le llovían invitaciones para exponer en las galería más importantes de la ciudad. Llegó la fama y la fortuna. Llegó el amor, el verdadero amor. Elidir llevó todas sus cosas al departamento de Lila, no tenía caso seguir pagando dos rentas. Lila y Elidir veían el futuro como un bosque de cristal habitado por hadas, elfos y unicornios, donde todo era luz.

Entonces murió Wozzek.

Desde la noche en que Elidir hizo su heroica aparición, la individualidad de Wozzek se convirtió en una dura coraza. A veces comía, a veces no. La mayor parte del tiempo se la pasaba dormido. Lila dejó de hablarle; ya no hubo paseos por el Parque Hundido, ni noches de risas y música. Todas las atenciones de Lila eran para ese niño bonito salido de una baraja. Así, una tarde de abril, Wozzek murió de tristeza encima de sus almohadones floreados. Desde el tocadiscos, Tuxedomoon desenredaba lentas marchas fúnebres. Por la noche Lila y Elidir regresaron con sus antifaces psicodélicos y el cabello lleno de confeti: miraron al perro como si fuera parte de la decoración y se encerraron con llave. Dos días después, cuando ya las moscas exploraban los orificios de Wozzek, Lila se agachó a acariciarlo ¿Wozzek? ¿Qué tiene mi perrito? No no no... ¡Despierta Wozzek! ¡Nooooo! Wozzek fue enterrado sin ceremonias en el Panteón de las Lamentaciones; Lila lloró una semana seguida. Sin embargo, los luminosos brazos de Elidir lograron consolarla. Compraremos otra mascota, vida mía; ¿qué tal un periquito australiano? Ya no llores, me parte el corazón verte así. Y Lila se resignó a la pérdida de su amado perro. Pintó un cuadro enorme donde Wozzek aparecía de cachorro, sonriendo, rodeado de ángeles y de nubes.

Pasó el tiempo. A Elidir le iba muy bien con sus clases de esgrima. Lila ganó varios premios, y se fueron a Europa a celebrar. Cuando regresaron, Lila recordó a Enid y decidió visitarla. Aquel extraño local donde antes se leía el Tarot y se adivinaba la suerte, era ahora un salón de belleza: nadie supo dar informes sobre el nuevo domicilio de Enid. En vísperas de navidad Lila y Elidir se mudaron a una casa muy grande y llena de luz. Este cuarto será tu estudio de pintura, pondremos macetas en todos los rincones; aquí habrá un piano blanco como el de Lennon, y viviremos felices para siempre. Colocaron un hermoso arbolito repleto de luces y esferas. Prepararon pavos y pasteles. Entonces Lila le dio la buena noticia a Elidir: ¿Sabes una cosa mi amor? Estoy embarazada. Elidir la abrazó y dieron muchas vueltas. ¡Un hijo un hijo un hijo un hijo¡ Será precioso; tendrá mis ojos y tu sonrisa. Ojalá sea un hombrecito.

Pero no era un hombrecito lo que crecía en el vientre de Lila. Wozzek había decidido regresar. Ya se estaban formando los pequeños dedos de sus patas y su rabo. Sus orejitas de perro medían medio centímetro y su hocico de perro era del tamaño de una almendra. En el diminuto corazón de Wozzek, su individualidad era un grano de azúcar. Esta vez sí recordaba su vida anterior.

*Cuento incluido en el número 7 (marzo 2007) de Viento en vela.

sábado, mayo 26, 2007

Revista Viento en vela #7


Este es el número 7 (Marzo 2007), el cual está dedicado primeramente a hacer una revisión de dos tendencias narrativas enfrentadas en nuestro país: el cuento fantástico y el realista. Para desentrañar está polémica tenemos los textos de los narradores Alberto Chimal (Toluca, 1970) y Edgar Omar Avilés (Morelia, 1980); además de las entrevistas realizadas a Fabio Morábito, Francisco Hinojosa y Daniel Sada. Así mismo se incluye una muestra de 5 cuentos con las tendencias ya mencionadas, para ejemplificar el tema. Esta parte del número estuvo coordinada por Edgar Omar Avilés y Benjamín Morales (Ciudad de México, 1984).
En nuestra sección de fotografía se incluye una serie títulada Ficciones realizada por la fotógrafa Adela Goldbard (Ciudad de México, 1979).

En segunda instancia se hace un homenaje a Jaime García Terrés (1924-1996) a 11 años de su muerte. Para explicar y recordarnos la importancia de este autor en sus distintas facetas escriben Rafael Vargas, Ramón Xirau, Rodrigo Martínez y Jaime Moreno Villarreal. Así mismo se incluyen 2 poemas publicados recientemente entre sus textos inéditos en el libro Carta viviente (FCE, 2006). Esta segunda parte estuvo bajo la coordinación de Christian Barragán (Ciudad de México, 1985)

CONTENIDO
  1. Editorial (Por Gabriela Astorga)

Homenaje a Jaime García Terrés

  1. Presentación. Una postal (Por Christian Barragán)
  2. Poema: Lección de cosas (de Jaime García Terrés)
  3. Carta viviente: la palabra de Jaime García Terrés (Por Rafael Vargas)
  4. Jaime García Terrés (Por Ramón Xirau)
  5. Sentido y responsabilidad de la literatura: sobre un ensayo de Jaime García Terrés (Por Rodrigo Martínez)
  6. Carta viviente: la doble exigencia (Por Jaime Moreno Villarreal)
  7. Poema: Una suerte de Lázaro (de jaime García Terrés)
  8. Fotografía: Ficciones (de Adela Goldbard)

Una mirada al cuento fantástico y realista

  1. La fantasía es antigua (Por Alberto Chimal)
  2. Cuento fantástico: La noche de los inmortales (de Fernando de León)
  3. Entrevista a Fabio Morábito (Por Benjamín Morales y Edgar omar Avilés)
  4. Cuento Realista: Incandescencia (de Queta Navagómez)
  5. Realidad: metáfora de la fantasía (Por Edgar Omar Avilés)
  6. Cuento fantástico: Las aventuras de Wozzek, el perro individual (de Ricardo Bernal)
  7. Entrevista a Francisco Hinojosa (Por Benjamín Morales y Edgar Omar Avilés)
  8. Cuento realista: Los Condenaditos (de José Luis Enciso)
  9. Entrevista a Daniel Sada (Por Benjamín Morales y Edgar Omar Avilés)
  10. Cuento fantástico: La noche de los muertos vivientes (de Guillermo Iñigo Núñez Jáuregui)

domingo, mayo 13, 2007

Entrevista a Daniel Sada


ENTREVISTA A DANIEL SADA* (Mexicali, Baja california, 1953)

por Benjamín Morales (ciudad de México, 1984) y Édgar Omar Avilés (Morelia, Michoacán, 1980)


¿Qué es la fantasía en la literatura?

Considero que la fantasía es una apostilla dentro de la realidad, no puede haber referente fantástico si no tenemos el referente de realidad. La Fantasía por sí misma para mí no existe. Los elementos de la realidad se pueden volver fantásticos, sólo basta que uno pueda percibir los lados oscuros de la realidad. La fantasía no es una cosa exagerada, donde pasen cosas absolutamente inverosímiles, debe de haber una coherencia. Es muy difícil inventarse una fantasía totalmente estructurada fuera de la realidad, aunque es posible crearla, aunque no me resulta tan atractiva la fantasía muy desbordada. Lo que me interesa no es la realidad más evidente, sino lo que puede haber detrás de las cosas reales. Esto lo decía Milán Kundera en su libro sobre la novela: “hay que buscar lo que no se ve”. En pintura todos vemos el árbol, pero no todos vemos la sombra o el comportamiento de la luz entre las ramas. Estos ya podrían ser elementos fantásticos sin apartase demasiado de lo real.


¿Te consideras un escritor realista?

Parto del hecho de que no soy un escritor realista, me cuesta mucho trabajo volcar toda mi visión absolutamente realista. Creo que siempre hay un elemento de extrañeza en mis textos que los modifica.


¿Por qué los textos realistas tienen más éxito comercial que los fantásticos?

Sobre todo en México, donde prácticamente te exigen ser realista. Si no eres realista casi casi te empujan a que escribas poesía. Uno ve ejemplos aislados de gente que escribe fantasía como Hugo Hiriart, Emiliano González, Arreola, pero no hay una tradición de literatura fantástica en Latinoamérica, salvo en Argentina. En Estados Unidos hay toda una concepción de la literatura fantástica, en los países escandinavos también. Selma Lagerlöf escribió mucha literatura fantástica y fue Premio Nobel. En contraste con los niños, a los adultos se les enseña a tener límites con la fantasía, pues [los adultos] sienten amenazada la verosimilitud y muy poca gente es capaz de apreciar la fantasía. La gente quiere identificar lo que lee con lo que vive de inmediato. Y pensar en otra cosa les resulta demasiado riesgoso para el intelecto, para la psique. Claro, yo también tengo mis límites para la fantasía y siento cuando me están tomando el pelo. Flaubert decía que la fantasía esta dentro de la realidad, que no había porque exagerar las cosas, ni extrapolarlas. Que la misma realidad ofrece la fantasía. En la realidad hay misterios.


¿En México quién o qué obliga a que sólo se escriba literatura realista?

Te voy a dar un dato: cuando yo estaba muy joven asistía a un taller con Gustavo Sainz, y yo traía unos cuentos que no eran muy fantásticos pero tampoco eran realistas. Y él me dijo: “No, aquí escribimos pura literatura realista: no puedes entrar al taller”. Me excluyó.
Para mí, abarcar toda la realidad es muy difícil. ¿Hasta qué punto uno, queriendo ser realista, lo es en serio? ¿Qué tanto hay de invención en todo lo que hacemos? ¿Cómo adaptar la percepción a un sentido realista? Yo no sé si lo que yo percibo corresponda necesariamente al término realista.
Los lectores responden bien a la literatura fantástica en México, sólo que nadie hace literatura fantástica, no es una tradición mexicana, estamos encerrados en un realismo que nosotros nos hemos inventado y que parece una cárcel.


¿Y Arreola, García Ponce, Arredondo, Rulfo?

Ellos son básicamente escritores realistas, aunque tienen algunos cuentos con sesgos fantásticos. Lo que el público recuerda más de ellos son sus cuentos realistas o semirrealistas. Pero no los cuentos declaradamente fantásticos.


¿Los textos fantásticos, como El Señor de los Anillos, tendrían éxito de ser escritos en México?

Yo creo que sí. Con Harry Potter todo el mundo se siente atraído; con estas historias que son la evasión total, donde todo parte de una idea absolutamente abstracta.


¿Por qué el cuento en México está segregado?

Hay algo muy triste, incluso de todos los géneros literarios, el cuento es el que menos ha evolucionado. Tengo que decirlo, uno lee un cuento del siglo diecinueve y lee uno que se escribió la semana pasada y no tiene mucha evolución. Hay como una exégesis y los mismos cuentistas no permiten que el género evolucione, está anquilosado como con el clásico final sorpresa o la estructura de Guy de Maupassant de: inicio, desarrollo y desenlace, que es algo totalmente impuesto.
Había una revista llamada El Cuento, y quien se saliera de la normas ya no estaba escribiendo cuento…Había una reglamentación para el cuento. En cambio la novela ha sido un terreno de experimentación constante, incluso algunas novelas refutan el arte de novelar. También la poesía, incluso el ensayo y el teatro, pero en el caso del cuento no hay una evolución visible, salvo en gente como Cortázar o Carver. O como el escritor polaco M. Ratvzov, que tiene cuentos fantásticos, en sus cuentos no hay necesariamente un final, nada más hay una situación que deriva en otra cosa y punto.
Los libros de cuento son como los discos, que sólo traen dos canciones buenas y todo lo demás es relleno. Es muy difícil que en un libro de cuentos todos los cuentos sean buenos. Para mí el cuento es más demandante que la novela, mucho más, hay que ser más preciso, el vocabulario tiene qua ser más contundente. El cuento, como decía Cortázar, gana por Nock-Out y la novela gana por puntos. Un cuento que se olvida no es un buen cuento: es una de sus características, no sé por qué. Es un género mucho más antiguo que la novela, viene de la leyenda, de la fábula, que tenían que ser muy eficaces para que la gente las recordara, pues iban de boca en boca.


¿Si el cuento es tan antiguo por qué ahora se le deja de lado?

La gente quiere enterarse de los hechos, de la dimensión de los hechos, no de una situación concreta. El cuento cuando tenía eficacia era cuando tenía un aire de fábula, cuando tenían ejemplos de vida, ahora ya no son así. Dejaron de tener moraleja los cuentos y dejaron de ser leídos.


¿Los múltiples concursos de cuento que hay en México han ayudado para el avance del género?

No, el cuento está a la baja totalmente. No se leen los cuentos. Hay que renovar el cuento completamente. Hubo un tiempo, de los años 40 a los 60, en que el cuento fue el paradigma de la escritura. Quien escribía un buen cuento ya podía dominar toda la literatura, pero ahora los editores han impuesto la novela, nos han ganado la batalla a los escritores. Y no entiendo, porque el cuento podría ser tan vendible como la novela, pero la razón que esgrimen los editores es que en un libro de cuento sólo uno o dos son buenos y que generalmente los cuentos son malos. Pero yo no considero que la novela sea mejor en México que el cuento. La telenovela influye mucho en el gusto del público con las historias largas, donde los personajes actúan, se modifican, se transforman. En un cuento no hay posibilidad de eso. Un cuento se supedita a una situación que deriva en otra y en otra. Quieren ver telenovelas en las novelas, y el cuento no da esa dimensión. Por otra parte, es muy fácil que el cuentista caiga en recetas de composición dramática, que aplique la misma estructura a muchas historias. En el Llano en llamas de Juan Rulfo nunca se repite ninguna estructura. Pero uno lee los cuentos de Arreola y sí ve la receta, incluso en los cuentos de Borges, con todo lo que yo lo admiro. Casi todos los cuentistas caen en fórmulas, ese es el problema del cuento. En la novela también pasa, pero se nota menos.


¿Qué escritores jóvenes le agradan actualmente?

No conozco muchos jóvenes… Reconozco que es buen cuentista Eduardo [Antonio] Parra en su libro Tierra de Nadie, Mario González Suárez en su Libro de Las Pasiones, Francisco Hinojosa, Villoro. Pero yo veo que las nuevas generaciones no están practicando el cuento, ya todo el mundo se está volcando a la novela… y quieren escribir novelas muy largas, de setecientas páginas. Podrían escribir textos de sesenta cuartillas y funcionarían muy bien, y poner tres en un libro, como lo hizo Flaubert y Donoso. Entre los escritores jóvenes hay talento, pero también mucha confusión literaria y editorial.


¿Cómo ve el entorno literario en México?

Hay el talento, pero el problema es que todos estamos de alguna manera supeditados al mercado. Entonces no dudo que haya buenos escritores, pero, como el mercado determina si te va bien o mal según las ventas, entonces lo escritores quisieran vender más, y ahí es donde traicionan el arte literario. Por todas partes el mercado nos está ganando, y ya dudo un poco si se está escribiendo literatura o si no se está escribiendo literatura.


Y entonces, ¿qué es lo que puede hacer el escritor que realmente quiera ser escritor?

Voy a citar a Epícteto: “hay cosas que te son propias y hay cosas que te son ajenas”. Hay mucha gente que está confundida con la figura del escritor. Al escritor le hacen entrevistas, viaja, sale en televisión, aparece en revistas, recibe becas, recibe premios, etc. Y, bueno, la gente ve que es mejor eso que ser contador público… Tienes un reconocimiento público, y a mucha gente le interesa sólo eso, más que escribir bien. Ahora se ha metido en la literatura una cosa totalmente empresarial de “el hombre de éxito”, que es horrible, y distorsiona todo. Gente que puede escribir buenas cosas, por la urgencia de ser reconocido, comete pifias.


De los autores vivos, ¿cuáles seguirán siendo leídos en 20 años?

No lo sé, de ninguno estoy muy seguro. Te puedo decir de Rulfo, de Arreola, pero de los escritores nacidos de los 50 para acá, todavía no estoy seguro. Figuras reconocidas sí las hay, y son muy visibles, el problema es que sus libros no corresponden a las figuras que son. Siempre hay una tendencia de que te den gato por liebre. La gente no lee, y cuando la gente no lee es muy fácil confundirla, y que el editor o la publicidad te digan qué es lo que hay que leer. Si eres un buen lector no te dejas confundir, yo no tengo por qué estar pendiente de las novedades, no me importa si lo que leo se publicó hace 100 años o ayer.


¿Cuándo escribe un cuento, usted ya sabe el final?

Yo sigo el consejo de Édgar Allan Poe, lo primero que hay que pensar es cómo termina, y uno encamina todo hacía ese fin. Aunque a veces cambio el final, pero como punto de partida me sirve saber en que terminará la historia. Lo hago no sólo en mis cuentos, sino también en mis novelas.


¿Cuáles son los mejores cuentos mexicanos que ha leído?

“Luvina” de Juan Rulfo, “Una carta a Dios” de Gregorio López y Fuentes (un cuento totalmente fantástico), “La noche de la víbora” de Agustín Monreal, “El miligramo prodigioso” de Arreola. Algunos cuentos más cercano que me gustan son: “Torero” de Mario González Suárez, “Coyote” de Juan Villoro, “La Perra” de Fabio Morábito, “La peor señora del mundo” de Francisco Hinojosa.


¿Y de su propia obra?

“Cualquier altibajo”, es el más popular, el que más me han celebrado. Pero “El Fenómeno ominoso” es en realidad el que más me gusta, en donde pude meter más elementos, el más pensado.
*Texto publicado en el número 7 (marzo 2007) de Viento en vela.

sábado, mayo 12, 2007

La Fantasía es Antigua por Alberto Chimal


La fantasía es antigua*

por Alberto Chimal

1

El título de estas páginas se podría malinterpretar del siguiente modo: tomarlo por una descalificación, por una declaración de la caducidad o la inutilidad de la fantasía. Y para muchas personas, semejante error sería no sólo natural sino obligatorio, un signo de responsabilidad y madurez.

En efecto, el conformismo y las resignaciones actuales de occidente –esos que están montados en la base puritana de la “cultura” dominante, obsesionados por lo práctico y lo rentable y aterrados de todo lo que no repita las dos o tres verdades reveladas que ya conocemos– detestan la imaginación, que no sólo permite “largarse al ensueño que distrae de la productividad”, como se afirma, sino además permite el disenso, la crítica y otras actividades intolerables.

Pero lo fantástico no debería interesarnos solamente por razones políticas. En otro sitio escribí que la imaginación es una insolencia del alma, y sigo creyéndolo. “La imaginación al poder” es un lema libertario, de los más hermosos que engendraron los movimientos contraculturales del siglo XX, pero también es un imposible: de los muchos que sólo es posible plantear por medio del lenguaje, como los viajes por el tiempo y las acciones nacionales. La busca de los aspectos ocultos de la realidad –y más aún, de la realidad interior que se manifiesta en los sueños y en la creación artística– tiende a estar lejos de todo ejercicio de fuerza sobre el mundo. Peor todavía, quien ejercite su conciencia en la indagación y la especulación sobre lo que no existe, desde los relatos más desaforados sobre otros mundos hasta las imágenes más sutiles de cómo éste se disloca y se tuerce, acabará por desconfiar (y por sufrir la desconfianza) de cualquier dogmatismo, sin importar su signo ni sus intenciones. Villiers de l’Isle Adam escribió sobre “el divino tal vez” de la fantasía en una historia acerca de los horrores de la Santa Inquisición, pero igual podría haberse referido a los educadores de hoy con sus manuales de superación, a los administradores de baños fríos en la Alemania de Daniel Paul Schreber o a los policías del pensamiento que inventó, o que temió, George Orwell. Y la historia de Villiers tiene un final terrible, en el que el mismo impulso del sueño se convierte en herramienta del poder.

De modo que acercarnos a lo fantástico, en especial si lo hacemos como humildes lectores, no nos ayudará, o al menos no directamente, a mejorar este mundo, del mismo modo en que no nos dará riquezas ni prestigio ni fama mediática.

2

Se me dirá que nada de lo anterior tiene sentido, pues el goce de una buena historia es su propia justificación y, de todos modos, hay gran cantidad de esas en el mundo de lo fantástico, desde Eragon hasta los libros de Harry Potter. Se me dirá también, recordando el título de estas páginas, que esas franquicias no son en absoluto antiguas, y que de hecho son parte de lo de “ahora”, muestras de uno entre los numerosos géneros disponibles para el consumidor actual.

Pero el término fantástico –en todas las artes, y en especial en la literatura– puede referirse a mucho más que a esos libros del párrafo anterior y sus versiones fílmicas. La antigüedad de lo fantástico es la de los comienzos del lenguaje, antes de la historia escrita, cuando surgieron los primeros pensamientos y los primeros temores de la especie.
De este tiempo datan los mitos, por supuesto: los dioses y los espíritus, los grandes padres y los grandes extraños que, amplificando aspectos de la realidad más inmediatas para ajustar a ellos el universo entero, dejaron atrás muy pronto cualquier “apariencia de realidad” y sirvieron a nuestros antepasados para entender (para creer que entendían, se dice ahora) el caos y la enormidad de la existencia más allá de lo humano. Las historias de aquellos tiempos, transmitidas primero de manera oral y luego recogidas para la escritura y la imprenta y los medios electrónicos, siguen entre nosotros, siempre transformadas pero siempre capaces de señalar a sus precursores. Por ejemplo, Eragon de Christopher Paolini, mala novela que ha engendrado una pésima película reciente, desciende de innumerables relatos de “calabozos y dragones” que descienden de una mala lectura de J. R. R. Tolkien, cuyo propio trabajo desciende de leyendas aún más antiguas que Paolini, casi con seguridad, no conoce.

El caso concreto de ese subgénero estrecho, que se vende con la etiqueta de “fantasía”, no sólo ilustra cierta incomprensión generalizada de la literatura de imaginación, de la que el mismo Tolkien es una parte ínfima (Borges nada tiene que ver con él, ni Shakespeare, ni los poetas desconocidos del Mahabharata y de Gilgamesh; no se le parecen Italo Calvino, Ludwig Tieck, Jean Ray, Mrs. Liddell, Edgar Allan Poe, H. P. Lovecraft, Ursula LeGuin, Alan Moore, Emiliano González, Felisberto Hernández); además, los textos de Paolini, como los de Rowling y muchos otros, reducen a sus precursores, los simplifican y los endulzan para adaptarlos a las pacaterías comúnmente aceptadas, y en tal sentido no son representativos del resto de lo fantástico, que como cualquier literatura tiene, de modo excepcional y brillante, sus originales y sus raros, sus renegados y sus genios. El comercio de lo nimio pero debidamente etiquetado mancha la percepción del resto; quien quiera acercarse a ese resto, podrá hacerlo con relativa facilidad, y tal vez podrá descubrir que la enormidad de las incertidumbres humanas apenas ha disminuido: que todas las épocas tienen sus propios “sueños de la razón” pero también, necesariamente, sus propios creadores de auténticos monstruos, dispuestos a señalar los límites de cualquier imagen del mundo y a enfrentarnos, una vez más, con la fragilidad de nuestro entendimiento, sumergido en un universo que nos sobrepasa.

3

¿Qué sentido tiene preocuparse por estas cosas?
Ninguno, para los lectores que se entienden como consumidores de entretenimiento y no desean más. Ninguno, para los escritores que sólo están buscando una forma de satisfacer a esos consumidores por tanto tiempo como sea posible. Ni unos ni otros cometen ningún delito, por supuesto, y en efecto los temas de lo fantástico, como los de cualquier otra vertiente de cualquiera de las artes, están en boga a veces, y otras no. Por ejemplo, en México, el interés por los narradores “exóticos” de los años noventa –muchos de los cuales se acercaban a lo fantástico– ha dado paso a un auge de diversos “realismos”, casi siempre relacionados con temas de moda como el narcotráfico, la violencia o la destrucción del tejido social.

Pero aun si la fantasía fuera antigua de otras formas; si cuanto vale la pena en la imaginación de occidente en verdad se pudriera, y sólo le quedara desaparecer en versiones cada vez más desgastadas de sí mismo, aún así no cambiaría de opinión: prefiero la vida de esos muertos, que hablan desde lejos y recuerdan la soledad y la incóngita de toda existencia, que la compañía de los muertos en vida que dicen escribir “lo de ahora”.
*Texto incluido en el número 7 (marzo 2007) de la revista Viento en vela.

viernes, mayo 11, 2007

Revista Viento en vela #6


Este es el número 6 (Diciembre 2006) dedicado a Juan Rulfo a 90 años de su nacimiento. Las plumas que proporcionaron textos para la discusión de la obra y el mito y polémica que rodean el nombre de Juan Rulfo, son Antonio Alatorre, Alí Chumacero, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Federico Patán, Huberto Batis, Samuel Gordon, Ana Mari Gomís, y Pavel Granados, bajo la coordinación del poeta y ensayista Leopoldo Lezama (Ciudad de México, 1980). Sin duda, este número se convierte en una de las mejores reuniones de escritores alrededor de la obra de Rulfo.

CONTENIDO
  1. Rulfo: el viajero profundo (Por Leopoldo Lezama)
  2. Entrevista con Alí Chumacero (Por Leopoldo Lezama)
  3. Dos apostillas rulfianas (Por Antonio Alatorre)
  4. Entrevista con Emmanuel Carballo (Por Leopoldo Lezama)
  5. María Luisa Bombal: Influencia perdida (Por Beatriz Espejo; Enrique Anderson Imbert; José Bianco; Gabriel García Márquez)
  6. El premio de la discordia (Por Pavel Granados)
  7. Entrevista con Ana Mari Gomís (Por Leopoldo Lezama)
  8. Encuentros con Juan Rulfo (Por Beatriz Espejo)
  9. Entrevista con Huberto Batis (Por Leopoldo Lezama)
  10. Lectura, génesis, creación y textología en el primer medio siglo de Pedro Páramo (Por Samuel Gordon)
  11. Juan Rulfo, ídolo sin pies de barro (Por Emmanuel Carballo)
  12. Pedro Páramo (Por Federico Patán)

Entrevista con Alí Chumacero

(Fragmento)

Leopoldo Lezama: ¿Qué opina de esta leyenda que se hizo alrededor de la novela, donde se dice que participó gente en su formación final?

Alí Chumacero: Esa es una de las grandes mentiras que se inventan en torno de una obra maestra. Arreola se juntó con él, y me lo contó aquí en el Fondo de Cultura, y me dijo que habían visto la novela, la habían manejado entre los dos, para armarla debidamente, para hacer que funcionara y caminara. Porque como estaba hecha en corrientes, en estratos diferentes, había que ver como intercalarlos a fin de que fuera efectiva. Yo creo que lo lograron muy bien, y digo lo lograron en plural exagerando un poco. Pero no, no tuvo abolutamente nada que ver Arreola en la producción de la novela. Tambien se ha dicho que yo le corregí la novela. Eso es simplemente una graciosa estupidez. Yo no le corregí ni una coma a lo escrito por Juan Rulfo, absolutamente nada.

Entrevista con Huberto Batis

(Fragmento)

H. B. Y también le conseguí dos chambas como jefe de ediciones en el Instituto Nacional Indigenista con el Señor Alfonso Caso [...] Entonces iba a la oficina, fumaba y firmaba lo que tenía que firmar, y no trabajó nunca. Entonces toda su familia vivió del cuento. Y esa frase se la dijo Octavio Paz en casa de José Luis Martínez, cuando citó a escritores de la Literatura mexicana para que se despidieran de su mujer, porque se iba a morir de cáncer. Entonces estaba todo mundo, y en la entrada se encuentran Paz y Rulfo, y Paz viene con Elizondo, y Elizondo traía bronca con Rulfo del Centro Mexicano de Escritores, y le dice: Mira ese cabrón de Rulfo. Y Paz dice: Sí, este cabrón siempre ha vivido del cuento. Y Rulfo dijo: Sí, de El Llano en Llamas. Y Paz: No, del cuanto has vivido, porque siempre estás a ver qué te cae del cielo.

miércoles, mayo 09, 2007

Entrevista a Juan Rulfo



Después de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las letras en 1983, Juan Rulfo es entrevistado por la periodista española Mercedes Mila.

jueves, abril 19, 2007

Generación de los párpados eléctricos (de Roberto Bolaño)


Roberto Bolaño. (Santiago de Chile, 1953)

Generación de los párpados eléctricos /
Irlandesa no. 2 Constelación Sanjinés*

ese halo de luz naranja pudo haber sido una gran poeta
esa muchacha que estudia el último semestre de Biología y cena
en el Maxim’s del subdesarrollo y fornica a la medianoche
en un edificio de cristal y vomita en la madrugada con sudores
pudo haber sido una gran poeta
pudo haber sido una amazona y pudo galopar en cierta manera
libre hasta que la hubieran derribado de un balazo entre los senos
—esa mujer que vive con su esposo un paisaje de barrios cercándolos
agradable monotonía de los desayunos americanos
envejeciendo irremediable entre la dureza del lirismo nazi
y sagas que cantan nuevas juventudes —chicos picados de viruela
o atomic morphine
esa mujer que llora en el laboratorio mientras las calles
arden y yo caigo, pudo haber sido una poeta
estamos muertos, nosotros somos los muertos
se oirá en esos días
su cuerpo blanco se mecerá se mecerá
mientras un falo va abriendo su vagina se mecerá se mecerá
sus ojos serán un desierto
—dios mío, sálvate
esa mujer de 30 años nunca tendrá un hijo, esa mujer
de 35 años irá al supermarket con un vestido de flores azules
—¿pero venderán mis poemas en la sección libros
y mi carne destazada en conservas, en verduras,
en ropas-para-el-invierno?
Esa mujer de 40 años blasfemando y riendo incrédula
mira, se acabó la menstruación, se acabó
oh multitudes de los grandes funerales niños de los grandes
acontecimientos deportivos muchachos de las futuras
concentraciones en campos rock
una nube roja se fragmenta por ustedes
esa mujer detenida en una silla
sin duda recuerda por última vez a su primer compañero
—los adolescentes de diamante
y aunque su psicoanalista, su esposo, la esposa de su psicoanalista
y su madre conversen sobre la pacificación de los días
la desaparición de la peste
ella siente
que los motines volverán que la han vencido
esa vieja ocupada en su manicomio
sintiendo próxima su muerte y que en realidad
quisiera volver atrás, a una verdadera cama
ese halo de luz naranja que se apaga
sin alegría ni sufrimiento
pudo haber sido una gran poeta
la más amorosa
amada
mía




(Publicado por primera vez en Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego. 11 jóvenes poetas latinoamericanos, México: Editorial Extemporáneos, 1979)
*Poema publicado en el número 5 (septiembre 2006) de Viento en vela, dedicado al Infrarrealismo.

miércoles, abril 18, 2007

Entrevista a Marco Lara Klahr sobre el Infrarrealismo


Marco Lara Klahr sobre el Infrarrealismo*

Entrevista por Iván Cruz Osorio (ciudad de México, 1980)

Reconocido como uno de los periodistas mexicanos más relevantes por su integridad y compromiso con la tarea de búsqueda de las razones o sinrazones de la noticia, Marco Lara Klahr (ciudad de México, 1962) hacia finales de los años 80 conoce al poeta infrarrealista Mario Santiago en el periódico El Financiero. Con Mario Santiago iniciaría la editorial Al este del paraíso, la cual publicaría a varios poetas infrarrealistas y se reconocería como la editorial de ellos. En la presente entrevista Marco Lara Klahr aclara el manejo de la editorial, la última época en la vida de Mario Santiago y nos da nuevas luces sobre el fenómeno del Infrarrealismo.

Iván Cruz Osorio: ¿Cómo conoces a Mario Santiago?
Marco Lara Klahr: En 1987, yo entré al Financiero, y voy a decir muchas cosas que a los propios infrarrealistas les pueden molestar porque Mario Santiago tenía muchas facetas, es decir, no era sólo el poeta maldito sino era un hombre que tenía muchas otras cosas que podían hacerlo parecer más como un pater familias, en algunos casos. En 1987 yo entré al Financiero, y él trabajaba ahí como corrector en la mesa de redacción, yo también. Era alguien que, por su aspecto, la propia gente de la redacción rechazaba terriblemente, y yo lo veía en los baños echarse un trago en su anforita, y a mí eso se me hacía muy interesante, se me hacía genuino.
I. C. O: ¿Cuál era su aspecto?
M. L. K: Mario Santiago era un hombre que bebía muchísimo, era alguien que tenía aspecto de alcohólico. Tenía marcas en el rostro, tenía los ojos siempre faroleados (redondos) porque siempre traía un pegue o un toque encima, tenía un bastón y cojeaba, tenía el cabello ralo. Hablaba muy fuerte, tenía unos bigotes prehispánicos. Era muy moreno, tenía la nariz de alguien que ha recibido golpes. Además tenía aliento alcohólico permanentemente. Era alguien, que en la lógica burocrática de una redacción, de inmediato era visible y rechazado, y a mí se me hacía alguien muy interesante.

I. C: ¿Entonces a partir de esto conoces el infrarrealismo?
M. L: …Me parece que mi contacto, mi fascinación con Mario era una amistad mutua, y yo digo que era una fascinación mutua porque yo era más joven que él, obviamente, mucho más joven que él; porque mi posición era muy abierta con él desde el principio, es decir, no era ni de rechazo ni de amabilidad excesiva sino era una actitud de querer ver quién era este cuate, yo no sabía ni quién era, ni que era infrarrealista. Yo me acuerdo que en El fogonazo, que era un bar que estaba en Lago Bolsena íbamos a beber, y él a veces estaba ahí con amigos bebiendo. Una vez estaba yo en el bar y lo saludé, le dije ¿cómo estás poeta? ¿por qué no nos enseñas algo de lo que has hecho?, entonces él me dijo ¿me invitas un trago? Se sentó y estuvimos platicando. No lo volví a ver en meses. Un 22 de diciembre me llamó, yo creo que del 88, y me dijo ¿No quieres venir a mi casa a beber? Le dije: Sí, claro. Estuvimos ahí tres días, bebiendo, fumando mota; tomamos todas las caguamas, todo el vino tinto, todo el aguardiente, tenía un aguardiente colombiano anisado muy bueno que compraba en estas vinaterías… muy bueno. Vino tino y ron, todo, fumando cigarros sin filtro, oyendo a José Alfredo Jiménez, leyendo poesía, él leyendo poesía. Como tú sabrás o no sé si sepas, él escribía, habitualmente, no digo que siempre, pero escribía en círculos en torno de las hojas de los libros o de las revistas o de cualquier publicación, en los bordes blancos; son muy bellos.

I. C: ¿Cómo surge la editorial Al este del paraíso?
M. L: Durante muchos años, Mario y yo repetimos esas borracheras, muchas veces eran borracheras que acababan mal, acababan en pleito, en insultos, en ofensas, en gritos o en carcajadas, porque nos queríamos mucho. Era alguien muy ofensivo, yo también era muy ofensivo. Oíamos mucha música. Después me visitó mucho. Era una gente increíblemente cálida con mis hijos, pero en unos niveles que yo no he vuelto a ver en mi vida, era verdaderamente cariñoso con mis hijos. Me visitó mucho, caía inesperadamente o me llamaba o me dejaba un avisito ahí en la puerta de que llegó. Fuimos haciendo una amistad, yo digo que entrañable. Nos íbamos a emborrachar, a beber a los bares. Otras veces lo hacíamos en su casa del Lago Bolsena, porque vivía a una cuadra, prácticamente pasando la calle del Financiero, después se mudó a Tlatelolco, y seguimos viéndonos.
Una de las cosas que consolidó nuestra relación fue que, a diferencia de las relaciones que él tenía, que eran relaciones en el mundo de los poetas y de la burocracia, porque conocía a mucha gente de la burocracia cultural y del establishment, una cosa que le pareció muy importante y que le generó un nivel de confianza fuerte es que yo mil veces le insistía: güey es que tienes que ordenar esto, sistematizarlo y sobre todo asegurarte de que se conserve, si tú te quieres morir, muérete, pero esto tiene que quedar. Él ya había tenido unas experiencias feas, no recuerdo bien ahora, pero ya había tenido experiencias de gente que no había cumplido acuerdos de publicarle algún libro, se había expropiado algún tipo de original; y ya una mujer que él tuvo, que fue Carolina Estrada, había tirado un costal, según me platicó Mario, con poemas, lo había quemado. Yo sentía eso en él, y yo siempre he sido muy cuidadosos con eso, sobre todo no parecer ni ser gandalla con el trabajo de los demás; como yo sentía que él tenía ese temor, yo le decía: güey, coge todo esto y llévatelo a mi casa, y tú siéntate en la computadora, y tu mételo en este disco, y tú te llevas el disco, o sea, te sientas, trabajas el tiempo que quieras y te llevas tu pinche disco güey, yo no tengo nada que ver, si quieres yo te puedo ayudar después a corregir, a revisar, o lo que quieras. Lo hizo, durante meses estuvo yendo a mi casa, y yo lo dejaba ahí: se sentaba, se ponía a meter a la computadora, hasta que metió todo, era muchísimo. A él le parecía que eso era muy buen gesto. Lo empezó a hacer, y parte de ese trabajo es el que está, de hecho, yo creo que el único trabajo que hay de él inédito es el trabajo que hicimos en esa época, que me acuerdo que yo probablemente le ayudé un poco a meter eso. Pero en todo caso el único trabajo que queda, a parte de unos originales, sistematizado es ese trabajo.
*Mario Santiago (años 70)



I. C: ¿A partir de que él captura sus poemas, surge la idea de hacer una publicación de autor?
M. L: No, no se pensó así. Después, se vino la crisis, el error de diciembre; en general todo ese año del 94, 93, esa época del último tramo del salinismo, el país estaba muy deprimido, uno se sentía de la chingada, el ambiente era terrible. Entonces de pronto un día me rebelé internamente y dije: los políticos sólo nos han hecho agravios, de los políticos nunca recibimos nada, y como vemos seguimos sin recibir y seguiremos sin recibir; ¿por qué tenemos que vivir los seres humanos como esperando algo que jamás va a suceder? Tenemos que prescindir definitivamente de estos cabrones, y lograr que sólo nos dañen lo menos posible, porque sólo recibimos agravios de ellos, es decir, eso es una fatalidad; finalmente, si sólo recibimos agravios de ellos, quiere decir que estamos en cero. Esto me pasó a mí, y entonces le llamé y le dije: necesito hablar contigo, y fui a su casa a las dos de la mañana. Le dije: vamos a publicar tus libros y vamos a publicar otros libros. Pero no los vamos a publicar como quiere la industria o como dicta la industria, vamos a hacer tirajes de doscientos ejemplares, y los vamos a meter por todos lados. Eso hicimos. Esa noche la acabamos, como muchas veces, a insultos, porque él decía: vamos hacer un primer tiraje de cinco mil y se van a vender como congeladas, la gente las va a venir a comprar por la ventana, van a tocar, los van a comprar y se van a agotar los cinco mil. Dije: no, maestro, lo que estás diciendo es un acto soberbio, un acto burocrático. Tenemos que empezar por un lado: vamos a hacer una editorial pirata, que se asuma pirata, vamos a tratar de hacer una editorial que contenga un componente de robado apropiado, y lo vamos a decir, decir: es una forma de resistencia; yo no voy a actuar como actúan los burócratas. Yo voy a hacer doscientos y, si vendemos doscientos, seguimos publicando hasta publicar cincuenta libros, cien pinches libros, de doscientos en doscientos en doscientos. Ya, que la gente lo copie, lo piratee, nosotros qué. Vamos a colocar doscientos. Y vamos a meter los ejemplares del veneno, vamos a hacer una lista de los que los tienen que recibir gratis, cada edición, que les duela el estómago. Esa es la correspondencia del odio, vamos a cultivar el odio. Me dijo: no, que la chingada, que es mi obra. Le dije: es un acto de soberbia, eres un estúpido, eres un poeta light, eres un teporocho light. Nos enfurecimos, él me mentó la madre, yo se la menté, y nos salimos. Al otro día me llamó y me dijo: vamos a hacerlo, yo ya sé todo lo que vamos a hacer: cuánto nos va a costar la inversión, qué circuitos de distribución vamos a establecer, y va a ser un éxito, porque van a ser doscientos ejemplares bien colocados, estratégicamente colocados como si fueran cien mil. Y eso pasó, no estoy exagerando.
Yo había soñado un libro, yo había soñado un formato, esas de moñito, yo las traía en la cabeza, y decía: ¿qué solución? Con esa cosa del moñito y ese formato ¿cómo lo voy a hacer? Yo trabajaba en Donceles, salí y, en una librería de viejo, había un poema, había una plaquet idéntica a la que soñé, de un poeta que había sido diplomático en la época de Cárdenas, Gregorio Pun?, algo así. Ahí estaba: una plaquet amarilla que se leía así, con su moñito rojo; ahí estaba la solución técnica. Entonces ya compramos el aparato para hacer el ojal y todo. Empezamos a hacer muchas fórmulas, yo puse una inversión, buscamos lugares: secretarías de estado, cualquier tipo de lugar donde pudiéramos imprimir deliberadamente como una expropiación de los poetas. Así empezamos a hacerlo. Mis hijos ayudaban a encuadernar. Hicimos más de sesenta recitales, presentaciones, en un año y medio.
I. C: ¿El primer libro que publicaron fue de Mario Santiago?
M. L: Sí, fue Beso eterno.
I. C: ¿En qué año fue?
M. L: Fue en 94.
I. C: En 94 inician ¿y a partir de ese momento editan las plaquetcillas con este formato?
M. L: Sí, la idea es que yo no me metí nunca en decisiones editoriales, salvo cuando juzgué que Mario Santiago estaba teniendo una actitud muy sectaria, porque nunca hablamos de que sería una editorial infrarrealista, eso es importante de decir. Hablamos de que sería una editorial que iba a publicar a quienes nadie quería publicar, eso fue exactamente lo que dijimos. Yo me puse como director general, porque me pareció que era la manera de facilitar cosas. Mario y yo lo decidimos, originalmente íbamos a quedar como codirectores, pero decidimos que él quedara como editor literario. Lo vas a ver: editor: Marco Lara Klahr, editor literario: Mario Santiago Papasquiaro, editor de fotografía: Sandro, que es un buen amigo, que es el que hacía todo el trabajo de serigrafía, y ayudaba a promover, administración: María Hernández Colín, relaciones públicas: Isabel Pérez Cerqueda, que era una mujer que tenía todas las virtudes para meterlo donde queríamos, Marco Lara González, que es mi hijo, ayudaba en la edición, y Laura ayudaba en la distribución, en la venta en las presentaciones, organizar las presentaciones, después también se incorporó a la edición. La idea era hacer una cosa que pareciera, que por lo menos desorientara a la gente y no supieran qué clase de personas eran esas. Pero no surgió como una editorial infrarrealista, sino la idea textual era publicar a quienes nadie quería publicar.
I. C: Yo recuerdo que hay una plaquet del poeta Efraín Bartolomé, quien está fuera de todo esto, ¿publicaron a alguien más que estuviera fuera del infrarrealismo?
M. L: Yo creo que sí, no sé. Guillermo, Julián, Ismael no eran infrarrealistas, que yo sepa. Ismael trabajaba como mensajero en una oficina. Creo que había algunos que no eran infrarrealistas, y que buscamos mucho, como Julián o como el propio Ismael, que eran cuates totalmente outsiders, que eran súper proletarios, sobre todo Ismael. Julián era un hombre con una historia muy dura, con una vida muy dura, pero no recuerdo que fuera infrarrealista, aunque había estado vinculado y aunque tenía el perfil de algunos de ellos.
I. C: ¿Esta editorial se sostenía solamente con las ventas?
M. L: Sí, tenía algunos principios éticos deliberados. No era algo que hubiera surgido como un impulso, como deseo de trascendencia convencional. Primero, la idea era demostrarnos a nosotros mismos que era posible respirar, oxigenarnos, que era posible romper esa atmósfera en la que todo se reducía a la crisis económica, que era algo muy castrante: “no puedes hacer nada porque hay crisis económica”, pero tampoco puedes hacer la guerra, entonces ¿todo lo que te quedaba era la nada y quejarte? No. Eso era el primer espíritu. El segundo espíritu era, sin duda, publicar la obra de Mario, sin duda. Por lo menos te estoy hablando de lo que a mí me interesaba. El tercer espíritu era que Mario tenía un móvil para esta editorial, Mario encontró en esta editorial un sentido de vida o uno de los sentidos de vida; porque, además de disciplinarlo en el trabajo, ganaba un poco de eso, un poco, no digo que de eso viviera, ganaba un poco de eso, veía gente.
Hicimos más de cincuenta recitales, estuvimos en la casa de México, de París, allá fue un poeta, que fue Manjarrez, a hacer una presentación; estuvimos en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en Aguascalientes, en Michoacán, estuvimos en un montón de lugares; aquí estuvimos en Bellas Artes, en la Casa Lamm, en la librería Bonilla, en el museo Trotsky, en el Hijo del cuervo, en el X Teresa. Hicimos decenas de recitales y de actos, con música en cafés, como El tapanco de los enanos. Cuando no teníamos dinero, yo contrataba un organillero del centro o un tipo que tocaba con clarinete a los Beatles, los alquilábamos por dos horas, y los llevábamos al recital, mientras estaba el recital afuera estaba el organillero tocando. Hacíamos todo tipo de cosas así.
Y sí, era una editorial autosustentable. Mario vendía muy bien los ejemplares. En librerías los metimos en Gandhi, en Casa Lamm, los vendimos en presentaciones, hubo unos que prácticamente se agotaron en la presentación. La idea de los doscientos ejemplares era tratar de romper este asunto petulante de que los libros se venden o de que la gente tiene la obligación de comprar libros. La idea era, más bien, publicar ejemplares viables para nosotros económicamente, y que llegaran a la gente que nosotros quisiéramos que llegaran, y que después se distribuyeran de otra manera, por otro tipo de vías. Y sucedió, yo conozco a mucha gente que tiene fotocopias.
*Mario Santiago (circa, 1997)

I. C: ¿Tú crees que Al este del paraíso se convirtió en un catalizador en el resurgimiento del movimiento infrarrealista?

M. L: No sé. Yo tengo la hipótesis de que el movimiento infrarrealista no fue tal, pero te estoy diciendo que yo no soy un especialista ni mucho menos, y soy mal lector de poesía. Yo tengo la impresión de que el infrarrealismo eran dos o tres: Mario Santiago, Bolaño y otros dos: un peruano, Bruno Montané. Otros eran más como una especie de adherentes más por una actitud que por un estilo, o más por una posición ideológica o una posición frente a la burocracia de la poesía. Y no sé si lo revivió, porque siempre estuvo. Yo creo que lo renucleó. Creo que Pedro Damián, Roberto Bolaño, Mario Santiago, Manjarrez, Ramón Méndez y otros siempre estuvieron haciendo poesía, pero esto los volvió a nuclear. Hay que entender que Mario Santiago, quien tenía funciones de gurú y actitudes de gurú, de manera sistemática calificaba o descalificaba, incluía o excluía a quienes eran o no infrarrealistas. En una actitud un poco sectaria, caprichosa, producto de sus filias o productos de sus peleas o reencuentros de borrachera.

I. C: En aquel momento publicas a Roberto Bolaño en una de estas plaquets, ¿cómo era esta relación entre Bolaño y Mario Santiago? Respecto de esta posición de gurú que Mario tenía.

M. L: Roberto Bolaño y Mario Santiago hablaban mucho por teléfono, horas, frecuentemente, y se escribían. De hecho yo me carteé dos veces con Bolaño, pero no encuentro esas cartas. En ese tiempo, Bolaño era un hombre que, según recuerdo, se dedicaba a la pizca, y de hecho un día me platicó que se dedicaba a la pizca en la zona rural de Barcelona. Ellos hablaban, se escribían, se mandaban cosas, y sobre todo, yo recuerdo, que manejaban un lenguaje común, que eso es algo muy complicado; generalmente, en ese tipo de relaciones alguien se distancia o, si alguien empieza a encontrar otros caminos o empieza a encontrar el éxito probablemente se distancia. Pero ellos tenían una sorprendente fluidez en la comunicación, se entendían maravillosamente. Probablemente influía la distancia, probablemente si se hubieran emborrachado todos los días como le pasaba con Mario Raúl Guzmán o con Orlando Guillén, hubieran acabado de la greña, porque se peleaba a cada rato con Ramón Méndez y se reconciliaban, con Mario Raúl Guzmán y nunca se reconciliaron. Así vivía, era un mundo de borracheras permanentes, de encuentros y desencuentros todo el tiempo.

I. C: ¿Cuánto tiempo se mantuvo la editorial?

M. L: Unos dos años. Fueron tres años de ensueño, pero dos de producción. Una de las cosas que discutíamos era que yo me negaba a que se convirtiera en una editorial infrarrealista. Yo mismo dije algunas veces que no era una editorial infrarrealista, estoy pensando que quizás eso se debía en parte a mi ignorancia, pero también a mi disgusto de que se convirtiera en una especie de instrumento de una pequeña mafia o de algo que emulara a las mafias, que es algo que siempre he detestado, porque todas las mafias acaban en burocracia. Así que yo mismo dije que no era una editorial infrarrealista, aunque ellos muchas veces hablaban de Al este del paraíso como una editorial infrarrealista.
Trabajamos duro, yo hacía toda la formación, Mario hacía toda la captura de los textos en mi oficina o en mi casa, se sentaba disciplinadamente y tecleaba todos los textos, yo lo revisaba, los comparaba, con mis hijos, yo los formaba, Mario revisaba originales. Me acuerdo que cuando yo llegué con la impresión de Beso eterno, era una tira que tenías que doblar, luego hacerle los hoyos, luego ponerle los ojillos y luego hacer los moñitos, entonces cuando yo llegué con la tira de los forros, Mario lo vio extasiado y dijo: eres Dios. Y lo besó.
Yo me negué siempre a que fuera infrarrealista. Me pareció que era importante que todos trabajáramos, yo mismo obligaba a Mario, le decía: no trabajas, no hay libro. Yo no voy a hacer tu trabajo: tú eres editor literario, es tu pedo. Esta no es una editorial infrarrealista, ni somos una mafia, entonces ve buscando por lo menos un poeta de otra y un infrarrealista, eso yo lo puedo aceptar, no puedo aceptar puro infrarrealista. Así fue como llegaron otros. Y algo más había, había mucha piratería, apropiación de material, de impresiones, y todo se vendía. Cuando algunos libros llegaron a agotarse, yo me negué a hacer reediciones. Mario me decía: vamos a reeditar, por ejemplo, el de Efraín Bartolomé, que se agotó el día de la presentación en el Mamá rumba, de la Roma. Yo le dije que no, le dije: Al este del paraíso es un proyecto efímero, que nació sin futuro, porque nosotros queremos que no tenga futuro, no queremos trascender, queremos desaparecer, queremos hacer doscientos ejemplares para que se queden en algunos lugares de gente que los ame. Y ha sucedido, yo he tenido las experiencias más locas que te puedas imaginar, como encontrar a gente que en otro país tiene esta cosa, en Holanda por ejemplo.

I. C: Y en Internet puedes encontrar que se están vendiendo, y muy caro…

M. L: Sí, pasó lo que tenía que pasar. Yo le decía, somos fuegos fatuos. A mí no me interesa hacerme famoso, no me interesa hacerme millonario, no me interesa lucrar. Me interesa ofender, y con esto estamos ofendiendo; y me interesa resistir, y con esto estamos resistiendo. ¿Quieres otro libro? Busca otro autor. No vamos a hacer reimpresiones.

I. C: Ahora con el boom que fue Bolaño, que realmente desempolvó al infrarrealismo, ¿nunca surgió la idea de reeditar algo de todo esto?

M. L: No, no.

I. C: ¿Son los mismos motivos?

M. L: Sí. Lo que a mí me había parecido pertinente era hacer un volumen con todo Al este del paraíso. Eso lo pensé últimamente. Pero, la verdad es que yo mismo fui el enterrador de Al este del paraíso. Yo me dediqué dos años como obseso, y cuando estaba yo agotado, exhausto; mi economía agotada, no por esto sino por mi obsesión, porque esto fue autofinanciable totalmente entre las ventas y lo robado.
Fuimos a un congreso en Monterrey sobre editoriales alternativas e hice un ensayo sobre qué era Al este del paraíso, ese texto se perdió y yo creo que era algo interesante, porque era una posición política sobre la editorial. Ahí, yo decía que era una editorial informal, ilegal, sustentada con actividades ilegales, y que la persona que tenía los libros tenía en parte productos robados, que era una editorial que no sólo no había pagado impuestos sino que se proponía no pagarlos. En eso residía la posición de Al este del paraíso, en su subterraneidad.

I. C: Entonces, por lo pronto, no tienes ningún proyecto de querer rescatar nada.

M. L: Yo estaba pensando, lo hablé con Rafael Catana hace unos días, que probablemente un volumen con Al este del paraíso valdría la pena. Pero no sé, yo prefiero que sucedan esas dinámicas.
Hay cosas que me preocupan más. Una vez en Lateral, estaba yo hojeándola y con mucha sorpresa encontré un texto de Bruno Montané sobre Mario Santiago. Parece que ahí decía que él estaba preparando una antología para el Fondo de Cultura en España sobre la poesía de Mario Santiago. Pero en todo caso, me preocupó el tono de su texto, que era una especie de pequeño perfil literario sobre Mario Santiago, y me preocupó otra vez la tendencia de los poetas del establishment, porque muchos de ellos se han vuelto poetas del establishmenc, aunque no les guste. Me pareció que estaba presentado una imagen, como decía Mario Santiago: “Muerto el perro, que le hagan manicure a la rabia”, o sea, presentaba una imagen totalmente adulterada, edulcorada de Mario Santiago, y eso me molestó profundamente. Yo le escribí una carta, diciéndole que me parecía tan letal apropiarse o asumir el papel de viuda de Mario Santiago o monopolizar el cadáver, pero también me parecía lamentable volverlo un ser inodoro, insaboro e inofensivo. Mario no era un tipo inofensivo. Mario era un tipo terriblemente ofensivo, terriblemente confrontatorio. Todo él, como Gérard de Nerval, todo él era confrontatorio. Tú veías a Mario Santiago, y molestaba. Irritaba sin abrir la boca. Yo recuerdo gente aterrorizada, tengo muchos nombres en la cabeza pero no los voy a decir, cruzándose la calle del otro lado, saliéndose de un bar, saliéndose de una librería, de un recital, porque llegaba Mario Santiago. Todo él era, en un país racista y xenófobo como este, odiable, absolutamente odiable. Mis propios amigos, mi familia decía: cómo puedes relacionarte con un tipo tan hostil, tan agresivo, con tan mal aspecto. Y lo paradójico es que Mario Santiago era alguien bellísimo, y no estoy haciendo poesía porque no soy poeta. Era alguien muy entrañable, muy leal, y sobre todo era un tipo que tenía una dignidad brutal, no en un sentido vulgar. No era un indigente, por ejemplo, a diferencia de la mayoría de los infrarrealistas, que como indigentes andan en recitales comiendo y bebiendo, pidiendo dinero, tomando ejemplares sin pagarlos para venderlos luego, viendo a ver qué sacan. No, Mario Santiago no era un indigente de la política cultural. Mario Santiago era un ser absolutamente leal, honesto en ese sentido, coherente, que se murió como era previsible.
Cinco días antes, o unos días antes de que muriera, yo lo vi. Él fue a buscarme al periódico, él iba al periódico y entraba, porque yo pedía que lo dejaran subir, había generado una dispersión en la redacción, pero yo le tenía muchísimo respeto y afecto. Fuimos a comer al Café Trevi. Yo le dije: Mario ¿tú ya quieres irte a la chingada, verdad? Me platicó que se había dado un golpe, traía un golpe terrible; había tenido una cantidad de líos terribles, delicados; estaba solo, ya se había separado de Rebeca. Se dio un golpe, se cayó hacia atrás, y traía una bola terrible, había estado varios días inconsciente. Yo le dije: Mario, a ti no te puedo decir nada que no sea como para saber qué quieres de mí. Yo sabía que era perder el tiempo decirle vamos a Alcohólicos Anónimos. Era ofensivo, era obsceno, en el sentido de que sobraba. Le dije: Mario, sólo te quiero preguntar una cosa ¿tú quieres ya terminar o puedo hacer algo por ti? Dime cómo te ayudo. En serio, me dijo, préstame una lana. Nunca lo había hecho. Fuimos al cajero, metí la tarjeta y le dije: pon la cantidad que quieras. Nos dimos un abrazo. En 97, diez años después de que nos conocimos, yo estaba en Chiapas cubriendo algo, si no me equivoco la matanza de Acteal. Ahí me avisaron, creo que él murió en enero de 98.
Este texto de Bruno, que no lo conocí y no tuve contacto con él y mis únicas referencias eran por Mario Santiago, era totalmente distorsionador de la figura ofensiva de Mario. Decía cosas como “maravilloso esposo y padre de familia”. Digo, Mario era un tipo fascinante, pero yo no utilizaría lugares comunes para describirlo.


I. C: Y por otra parte está eso de querer englobarlo en el, ya para mí inofensivo, lugar común del poeta maldito, que ya no dice nada.


M. L: Sí. Él rebasaba con mucho esa visión de poeta maldito, no sólo porque era un hombre con una historia brutal. Hay poemas que hablan de parte de esa historia: sobre la estancia de su hermano en el psiquiátrico, cosas que Mario nunca dejó de platicar con azoro; él tenía una memoria de loco, porque era un loco, entonces la mamá lo llevaba al hipódromo a ganar apuestas, hay cosas así. Pero, además, era un hombre hiperculto, entendido no como una acumulación arbitraria de conocimiento, sino porque había estado en las bibliotecas de algunos personajes en París, en México, recluido leyendo las revistas literarias clásicas de todos lo tiempos. Era de pocos libros, pero cultísimo, sus poemas denotan una cultura vastísima.
Estoy de acuerdo contigo, esta visión de poeta maldito se trata de explotar mucho; concretamente los infrarrealistas, o los que ahora se dicen, los que ahora están incluyendo o excluyendo, quieren explotar esta faceta, como si lo maldito fuera sinónimo de irreductible. Yo creo que no necesariamente. Estoy de acuerdo contigo: no es un poeta maldito. De hecho, hay cosas en la vida personal de Mario, poco conocidas y que, a mi juicio deben conocerse, que hacen que no sea un poeta maldito. Por ejemplo, el hecho de que recibiera una subvención, estoy diciendo algo cabrón, pero es real. Y aquí un dato duro crucial es que la madre y la tía le depositaban cada cierto tiempo una cantidad, que tenía no sólo tarjeta de débito, sino tenía chequera. Entonces en nuestras discusiones, cuando decía que yo no comprendía porque era la gallinita de los huevos de oro, que yo era un burócrata, le decía: y tú eres un teporocho light. Y entonces decía: ¿por qué? Tengo pruebas de que eres un teporocho light. Así se quedaban siempre las discusiones. Esas eran las facetas contradictorias, pero que enriquecen el perfil de Mario.


I. C: Frente a esta visión algo romántica del poeta, y esta otra versión más light, que tú dices, ¿qué se puede hacer? Desde luego, una de las respuestas es ir a la obra, pero no hay obra que ver. No hay ediciones actuales que se puedan mover para conocer la obra de Mario.


M. L: Creo que eso va a suceder con el tiempo, por varios esfuerzos: está esta revista, está lo del Fondo de Cultura Económica, que parece que está en marcha, a lo mejor yo hago algo ahí, hay muchas otras cosas. Creo que no debe preocuparnos tanto eso, como ir haciendo el trabajo de recuperación, no rescate, recuperación documental; finalmente nosotros podemos contribuir a documentar el perfil de Mario. Siempre dije que Mario era un poeta que iba a trascender mucho, y le dije en un momento en que nadie quería saber, ni pronuncias el nombre de Mario; en un momento en que Roberto Bolaño era un pizcador, no existía para la burocracia, ni para la industria mediática, ahora es un ícono, pero antes no existía. Es ese momento tenía la absoluta convicción de que Mario Santiago era uno de los mejores poetas, de los grandes poetas de ese momento; y a mí me parece que si su trabajo se va circulando por las vías por las que ha ido circulando, y genera una capilaridad como lo ha estado haciendo… Yo sé que en la Facultad alguien puso carteles en el primer aniversario. Así tiene que ser: la obra está ahí. Obviamente, hay quienes detentan la obra, como siempre pasa, pero eso sale sobrando. Siempre hay días en los que las cosas salen.

I. C: Hablando un poco al respecto, hay una crítica continua hacia quienes volteamos al infrarrealismo, ¿tú crees que el infrarrealismo, en especial la obra del gurú que es Mario Santiago, es una obra para jóvenes? ¿Únicamente para inquietudes juveniles?

M. L: Depende a qué le llamas jóvenes, generalmente quienes utilizan ese recurso de crítica son quienes piensan que ser joven es la última ocasión que tienes para tener una actitud crítica, responsable y ejercer la libertad. Bajo esa óptica, probablemente. Es una óptica miserable y burocrática. Te voy a poner un poema de Mario, leído por él, y tú me dices si es de jóvenes: es una cosa totalmente estremecedora.

I. C: Yo creo que una cosa que hay que dejar en claro es que de Mario Santiago se habla mucho, pero no se ha leído nada.

M. L: Claro, porque no hay interés. Pero creo que la burocracia habla como siempre, es parlanchina. Lo importante es que generaciones de jóvenes, estudiantes, profesores, la gente vaya descubriendo, indagando. A mi me parece que, finalmente, las insistencias de la humanidad por lo iniciático, por lo críptico, que ahora está explotando la industria, genera dinámicas donde los infrarrealistas y Mario Santiago tienen pertinencia. Siempre se van a quedar, afortunadamente, en ese nivel, probablemente tengan un momento industrial, pero luego volverán a ese nivel. Y eso está bien, porque eso, para mí, es parte del capital de la humanidad. Que así circule la obra de Mario Santiago, que circule en Internet, que circule en revistas, y ahí va quedando un precedente.

I.C: Quizá un riesgo de lo que puede pasar es que, cuando la obra de Mario Santiago se difunda, sea totalmente arropado por lo establecido, y deje de ser estridente.

M. L: Eso es inevitable. De todas maneras la sociedad, la cultura de masas, siempre tiende a dosificar la realidad o a tamizarla. Pero creo que siempre habrá quien vuelva sobre los pasos. Así son los procesos.

I. C: ¿Crees que Mario Santiago dictó algo con su obra?

M. L: Yo creo que Mario Santiago, como todos los personajes con ese perfil: marginales, pero también automarginados, tenía todas las contradicciones del mundo. Una de las discusiones permanentes que yo tenía con él era su manía, su avidez por el reconocimiento. Era muy paradójico porque yo era un reportero, entonces se supone que él tendría que darme las lecciones filosóficas sobre la intrascendencia o de otras formas de trascendencia, y resulta que las discusiones eran al revés. Yo no entendía ese ego desbordado, ese afán por ser reconocido. El hecho de que él llenara las grabadoras telefónicas de Octavio Paz o de Juan Villoro ya denota; el hecho de él tuviera facetas que puedes considerar dobles vidas, no en un sentido peyorativo, es decir, vivir con una actitud y un compromiso de vida impugnatorio al poder, pero a la vez mantener la velita al poder de las capillas. Veía a una serie de personajes que no podías creer en alguien aparentemente tan tan tan reacio al poder y a lo institucional. Mario Santiago era un hombre, como todos, hipercontradictorio en ese sentido. Era un hombre pagado de sí, se sentía genial, de eso no tengo la menor duda, se sentía un gran poeta, se sentía un iluminado, se sentía único, se sentía desdeñado, y no le gustaba sentirse desdeñado, pero capitalizaba ser desdeñado. Es esta cosa de la complejidad humana.

I. C: Sabía jugar el juego…

M. L: Claro. Vendía una imagen.

I. C: ¿Crees que este juego con la trascendencia finalmente le haya salido, mediante su obra, claro, fuera del mito?

M. L: Yo creo que Mario Santiago es alguien, yo soy ateo, pero usando una analogía o una metáfora, yo diría que Mario Santiago era un señalado de Dios, que se sabía señalado de la mano de Dios, que no fue impune a ser señalado de Dios. Son seres a los que les cuesta: lo que son, lo pagan con la vida, y eso los legitima, independientemente de sus errores. A diferencia de los estúpidos burócratas, o de los hampones culturales, de los Fidel Velásquez de la cultura, que trascienden, pero no son legítimos, no hay nada que los legitime, ni siquiera una obra, ni siquiera a veces una obra de calidad los legitima. Personajes como Mario Santiago encuentran legitimidad en el momento en que al ser señalados por la mano divina les cuesta la vida, porque viven todo el tiempo en una especie de juego, en el que están seducidos por la excentricidad. Pero viven los dramas comunes, detestan vivir los dramas que todas las personas vivimos, tienen una actitud de desprecio hacia los dramas comunes, pero terminan siendo absolutamente humanos y los acaba matando su profunda humanidad. Parece que es el caso de Mario.

I. C: ¿Algo más que agregar acerca del desempolvamiento del infrarrealismo?

M. L: No hay que tener desconfianza. A mí me parece que esos booms o esos desempolvamientos denotan una serie de fenómenos combinados que tienen que ver con la industria, que tiene que ver con una gana de jóvenes, o de gente que está buscando y quiere encontrar los libros del Mar Muerto. Siempre estamos buscando, y lo hacemos, porque los seres humanos tenemos algunos rasgos que nos redimen afortunadamente, uno de ellos es la búsqueda o la reivindicación o la recuperación de lo genuino, de lo legítimo. Cuando dicen que es para jóvenes, yo me doy cuenta con mi último libro Diarismo, cuya mayor crítica que ha recibido de los académicos es que es muy didáctico. La respuesta es muy sencilla: si yo quiero contar mi versión del periodismo, que no sean mis cuitas, que sea mi versión intelectual del periodismo, intelectual como humanística y reflexiva. Me interesa apelar a los jóvenes. No me interesa apelar a los académicos, ni a la burocracia, porque ya no leen, es perder el tiempo; los burócratas, los académicos no leen. Yo no sé cómo hacen para sobrevivir en sus huesos, supongo que lo logran lamiendo pelotas. No leen, y cuando lo digo estoy diciendo no que no hagan el acto de decodificar, estoy diciendo ya no encuentran nada. Lo que no encontraron en un momento de su vida, nunca lo van a encontrar. Perdieron totalmente la curiosidad y el entusiasmo de búsqueda. Están muertos y están castrados por las instituciones. Si en esa óptica lo de Mario Santiago puede considerarse algo para jóvenes, pues que chingonería.


*Texto incluido en el número 5 (septiembre 2006) de la revista Viento en vela.