sábado, septiembre 13, 2008

Poesía y política (por Luis Jorge Boone)


Poesía y política*


Por Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977)

Hace unos meses escuché al poeta Rubén Bonifaz Nuño responder con un categórico “no” a la pregunta de si existe una relación entre poesía y política. Tiempo después, escuché a Raúl Zurita afirmar —a contracorriente de la opinión general— que la mejor poesía de Pablo Neruda era precisamente la de tema “político”.
Entiendo la concepción popular de que el escritor debe ser una figura pública, es decir, una opinión autorizada entre el coro de voces ciudadanas, un crítico combativo de las instituciones y del poder. Agrego un matiz a esta idea, pues en nuestra sociedad mediatizada alcanzan el harto dudoso estatus de figuras públicas los locutores, los conductores de programas televisivos, los periodistas de espectáculos, los cantantes que saben articular dos palabras en torno al tema del momento o —no pidamos más— cualquier cosa. Con esta situación como parámetro, la desventaja del escritor es mucha: su oficio es impopular y, con pocas pero notables excepciones, la difusión de sus ideas, de su obra, siempre parecerá clandestina. ¿Puede el escritor aspirar a ser un líder de las masas? Por motivos extraliterarios, y no por su obra. O escasamente, casi nunca.
Hace poco escuché a una escritora sudamericana extrañarse de que aquí en México estuviéramos “todavía” discutiendo las vanguardias cuando, según sus palabras, en el lugar de donde ella venía el asunto había quedado zanjado desde hace tiempo. Puedo conceder el valor a su opinión: un individuo llega a la conclusión —luego de seguir cierto proceso y completarlo— de que para él no resta más por decir, y leva anclas del tema. Lo que me parece un deplorable acto de soberbia y ceguera es que alguien pueda afirmar que los otros están mal precisamente por no enarbolar mi misma bandera ideológica, por no conducirse en paralelo con mis ideas. Creo que cada generación, época, país, ciudad o región (sectorícese aquí la especie humana al gusto) tiene pleno derecho de traer a la mesa de discusión el tema, movimiento estético, hecho histórico o autor que se ponga a mano siempre y cuando se haga con interés genuino, o incluso sin él. Pretender cancelar el diálogo entre creadores desde el inofensivo e insignificante estrado de nuestra opinión —como cualquier opinión, multiplicable por cero—, equivale a retroceder por lo menos unos cuantos siglos en el pensamiento del Hombre. Dicho lo anterior me pronuncio: la concepción de que la poesía y la política no tienen gran cosa qué ver, es cierta para mí. Me explico: la política, entendida como la práctica del ejercicio del poder público, institucional, desprestigiada por sus actores a estas alturas de la civilización. Una práctica propia de una esfera de poder, de una clase social que se ha caracterizado por la rapacidad, la mentira y la estulticia como directrices de su conducta.
Pero también es cierto que hay en mi toma de distancia una falla de origen, una cuestión más bien básica de nomenclaturas, porque el tema está ahí, y es inmenso e innegable. Me refiero a la poesía de tema antibélico, que versa sobre asuntos extraídos del ámbito colectivo que llamamos social (por vago que esto suene) o ideológica. Por otro lado, poesía política me parece el término menos afortunado para nombrar a esa clase de poemas que contienen alguna crítica a la situación de una sociedad en particular, sea cual sea el componente o la dinámica de ésta que retoma: las clases dominantes o dominadas, las instituciones, los grupos criminales, la violencia.
Cuando José Saramago escucha afirmar a alguien que no le gusta la política, el premio Nobel replica: “no diga que no le interesa, mejor diga que hay que construir otra política.” Si debo entender a la política como toda aquella actividad del ciudadano que busca intervenir en el asunto público con su opinión, entonces es necesario sacudir a la palabra de esa aura de podredumbre e inutilidad que su uso y abuso han sedimentado sobre ella y a su alrededor.
Nunca dejará de interesarme como lector la poesía que retrata las injusticias con que las sociedades tejen fina o burdamente el tapiz de sí mismas. Raúl Zurita, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Wislawa Szymborzka, Derek Walcott, Czeslaw Milosz, Yehuda Amijai, César Vallejo, Juan Gelman.
Ejemplos a gran escala. Críticos todos ante la desigualdad y la violencia autorizada, ante la voracidad del hombre que se asume predador de su prójimo, ante el absurdo de la guerra y el crimen de la dictadura. Indignados y heridos. Exiliados y borrados de la historia oficial. Encarcelados y discriminados. Anhelantes y furiosos. Cuyos poemas son a veces testimonios de una época convulsa, de un siglo especialmente violento en la Historia. Valorados por sus lectores como un informe desde la ciudad sitiada, la crónica de los días imposibles, pero también como expresiones altísimas de la palabra, como revelaciones últimas del alma del hombre encarnada en el idioma.
Diré ahora lo que sale de la acotada y baladí esfera de mi interés: en el tema que nos ocupa todo aquello abocado a repetir nociones que están el aire, cuyo origen es ajeno, cuyo contexto es imposible de trasplantar sin desvirtuarlo. El grado de verdad que contengan no está en discusión, pero sí su pertinencia, su integridad. “Ideas recibidas” las llamó Flaubert. Textos diseñados para cumplir una función didáctica, aleccionadora, propagandística. Textos prefabricados al grado de que lo último que se pensó al escribirlas fue en la poesía. Si es cierto que la literatura no se deja traicionar, como afirma Alfonso Reyes, entonces todo esfuerzo que invierta el orden natural de las cosas (poner el mensaje por encima del arte), la alejará irremediablemente. (A continuación repetiré mi ración de ideas recibidas:) No es posible poner en marcha el coche de la ideología antes de espolear el caballo del lenguaje sin sufrir las consecuencias. Si la poesía se vuelve instrumento, será un medio, un trámite, una forma para llegar a un fin. Y merecerá su destino.
No podemos dotar de autoridad, dar estrado, a cualquier persona que nos asegure que su opinión vale. En un mundo donde todos tenemos derecho de hablar, es necesario no perder de vista ese otro derecho incomprendido y más necesario de quedarnos callados. ¿Tiene algún valor multiplicar en nuestra voz juicios históricos, opiniones generalmente aceptadas, posturas ya encarnadas, ideas recibidas —sin condimentarlas con una pizca de nuestra propia sazón—, además de llevar agua al molino de nuestra propia popularidad, o de una pretendida calidad de rebelde, anarca, o outsider?
En literatura —la idea es extensible al resto de las artes y me parece que alcanza claridad al hacerlo—, la primera persona del plural no existe. O, por lo menos, es dificilísimo conseguir articular un discurso desde ese campo, con esas miras, sin caer en la charlatanería y propaganda. Hablar por “todos nosotros” (cuando no se trata de un mero plural de modestia), por lo menos, reviste una sospechosa pátina de megalomanía. Un poeta o, mejor, un escritor, habla desde su singularidad —y desde el reconocimiento de esta— como requisito para ser honesto, o se cae irremediablemente en el mesianismo. ¿Exigir cuentas ideológicas al semejante? ¿O aspirar a que carezca de ellas y que actúe —tino del inconsciente, azar con buen criterio— justo como nos acomoda? ¿Reclamar a los contemporáneos porque nuestros métodos no son los suyos, y nuestros temas no ocupan lugar de privilegio en su escritura? ¿No resulta evidente el exceso? ¿No es vano ese intento por tomarse a sí mismo por superdotado moral y reprender a los otros, incrédulos de la buena nueva que acarreamos en nuestros libros? Hay que decirlo: el genio que sólo se reconoce a sí mismo no se encuentra en la encrucijada del futuro, sino en serios problemas de autocrítica.
Recientemente una persona, comentando un poema que escribí, me dijo que consideraba ese texto un poema de crítica social, un alegato contra la guerra. El poema, le confesé, intentaba hablar solamente acerca de la misma poesía. Pronto me di cuenta de que mi opinión ya no importaba demasiado para esta persona. El poema, ya se sabe, suele decir a los otros cosas que a uno, autor, pasan de noche. A pesar de esto puedo decir que nunca he escrito (por lo menos no conscientemente) nada que contenga algún elemento de crítica social: no he estado en una guerra, una huelga, una revuelta social, una manifestación siquiera como para poder hablar de ello con las señas de identidad suficientes en las manos. Si me impusiera el trabajo de hablar desde más allá de mi experiencia, los resultados carecerían de mérito, por insulsos, vanos, pretenciosos.
¿Un poeta haciendo política? Prefiero decir: un ciudadano expresando, en su oficio, su opinión acerca de asuntos públicos relacionados con la marcha de la colectividad. La pregunta era ¿qué relación encuentras entre la política y la poesía? Respuesta: el amor, la vida y la muerte —versión condensada de los temas sobre los cuales se construye la poesía— contienen entre ellos ese estrato de relaciones donde el sujeto social busca la armonía en su convivencia con aquellos cercanos y lejanos prójimos. El asunto, como todo en nuestras vanguardistas pláticas, es viejo: sólo hay que ver los epigramas de Marcial contra los tribunos, contra el senado, contra los personajes de su sociedad. La “política” de un poema equivale a su moral evidente y es, entonces, un atributo que podemos resaltar o no en nuestra lectura.
Charles Bukowsky dijo que la única forma de salvar el mundo es salvando a los hombres uno por uno. Esa cuota mínima y concreta es la que se fija el poeta, sea cual sea la realidad que canta y cuenta.
Un solo interlocutor, no la humanidad entera. Una intención humilde: la comunión. Primero consigo mismo, con la propia imagen. Luego, lentamente, clandestinamente con el otro. Uno a la vez. Sólo los hombres sencillos realizan actos extraordinarios, afirma António Lobo Antunes. En el poema que reproduzco a continuación, del rumano Geo Bogza (un fragmento de “Recuerdos de Polonia”, en traducción del poeta chileno Omar Lara), el yo poético presta su voz a una mujer destruida. En ella habita el pasado, y en ella pervive su doloroso fantasma. Ni un asomo de grandilocuencia ni el más mínimo tono panfletario. Pero al ahondarse en un ser pequeño y anónimo, el poeta logra arrebatarnos el aliento y dejar al descubierto las heridas de la Historia.

En Varsovia, una muchacha hablaba así:
si quieres acariciarme, yo no me opondría
si quieres besarme, te lo permitiría
te permitiría que me desnudes los senos.
Pero debes saber que a papá lo fusilaron los alemanes
y a un hermano mío lo quemaron en los hornos.

Si quieres acariciarme, yo no me opondría
pero debes saber que todos estos muertos aúllan en mí
y yo toda, toda soy de ceniza.
Bésame, pero que no te sepa amarga.

Hablando en plata limpia: si un poema intenta “vendernos” más que un poema, parecería que hay alguien que quiere hacernos un regalo, pero diciéndonos exactamente cuánto pagó por él (para que seamos conscientes, al unísono con él, de la dimensión de aquello que nos ha sido obsequiado). O quizá esa traba del libre albedrío nos impida llegar limpiamente a su misma conclusión, y por eso el poeta comprometido prefiere hacerla patente en su texto.
En honor a la verdad, hasta antes elucubrar la forma de escribir estas líneas nunca consideré los “Poemas de Jerusalén” de Amijai como poesía política, y sigo sin hacerlo, pero reconozco en ellos un componente (que a algunos les daría por llamar) “político”. Pero de cualquier modo, sigue pareciéndome que eso es lo de menos. No es lo más relevante, ni siquiera creo que sea una virtud del texto. Para mí poemas poseen una profunda humanidad, están habitados por un sufrimiento desgarrador, animados por una ironía poderosa, dueños de una expresividad intensa. Viáticos para esa necesidad espiritual que es la poesía.
La ciudad donde nací fue destruida por los cañones.
El barco al que subí fue hundido después, en la guerra.
El granero de Hamadia donde amé fue quemado.
El quiosco de En Gedi fue bombardeado por los enemigos,
el puente de Ismailiya que crucé
en una y otra dirección en mis tardes de amor
fue hecho añicos.

Mi vida se ha ido borrando tras de mí según un mapa exacto.
¿Cuánto tiempo resistirán los recuerdos?
La niña de mi niñez fue asesinada y mi padre está muerto.

Por eso, no me elijáis como amante o hijo,
como paseante de puente, inquilino o ciudadano.


El “yo” verdadero del poeta: su desnuda individualidad, que busca con ironía y desencanto prevenir a sus semejantes de su mala suerte. No son las superpotencias, ni las masas descreídas, el puerto al que aspiran sus palabras. Y aun con esa humildad, o precisamente gracias a ella, es posible encontrar en estos pocos pero poderosos versos la cifra de toda una geografía asolada, los momentos de barbarie y destrucción que un pueblo de la Tierra ha sufrido en la historia reciente.
Poemas humanos, necesarios, verdaderos, eso eran para mí, y eso siguen siendo. Sin epítetos ni nomenclaturas insubstanciales: poemas, nada más. Y no los llamaré nunca de otro modo.
*Texto incluido en el número 12 (junio 2008) de Viento en vela.

viernes, septiembre 12, 2008

Breves consideraciones sobre poesía y Latinoamérica (por Rafael Toríz)


La voz y el archipiélago:

Breves consideraciones sobre poesía y Latinoamérica*


Por Rafael Toríz (Xalapa, Veracruz, 1983)

El análisis científico de las condiciones sociales de la producción
y la recepción de la obra de arte, lejos de reducirla o destruirla,
intensifica la experiencia literaria.

Pierre Bourdieu

La historia de América Latina –su génesis, articulación y desarrollo, sus particularidades, fracturas y correspondencias– ha sido siempre la construcción de una imagen, la arqueología de una sensibilidad y la posibilidad de una mirada: somos el categórico testimonio de una contradicción.
En ese sentido, asumiendo la condición de las identidades y las ciudadanías como rasgos nómades y habitando un territorio en permanente obra negra, la poesía ha sido, como otras tantas narrativas reconfiguradas a partir de la modernidad, una tentativa por erigir una morada y concebir una historia que nos justifique, nomine y legitime ante los otros y aun ante nosotros mismos. La poesía –sostuvo Aristóteles– es más filosófica y esforzada empresa que la historia; pues la poesía trata sobre todo de lo universal, y la historia de lo particular.[1] Nuestra historia política y social es, desde luego, la historia de nuestra poesía.
Desde dicha perspectiva Latinoamérica, como sus poetas, se revela como un calidoscopio social y estético en el que conviven, se oponen y superponen distintas weltanschauungen: habitamos espacios multiculturales, diferidos y entreverados en los cuales las configuraciones de las identidades son un proceso de tensión y ruptura más que de cohesión y continuidad. Más que hablar de identidades, estéticas, políticas y sociales, será necesario, en mi opinión, hablar de identificaciones, es decir, de afinidades semánticas-estilísticas, de convivencias y conveniencias estético-políticas. Resulta perentorio historizar la poesía, ubicarla en su acontecer social para intentar aprehender su rostro, su rumbo y movimiento. Será necesario atender su producción, reproducción y consumo para aprender a mirarla y, con suerte, acaso definirla.

De la poesía latinoamericana como visión de mundo

Es ya viejo el debate al respecto de la posibilidad de “filosofía latinoamericana” o de la “filosofía en Latinoamérica”; una discusión ociosa –pero no del todo– que sin embargo ha merecido una atención sostenida y una sólida argumentación. No ha sucedido así con la circunstancia de la poesía, cuya existencia es un hecho palmario e indiscutible (fue Caetano Veloso quien sostuvo que “si tienes una idea increíble, es mejor hacer una canción. Está probado que sólo es posible filosofar en alemán”). Irónica contradicción: la poesía hecha en América Latina al comportar una visión de mundo y ser –entre cosas– una reflexión sensible se revela, incluso pese a sí misma, como una ratificación de la capacidad filosófica de los habitantes de nuestro hemisferio. La poesía es la continuación de la especulación filosófica por otros medios: la pregunta por el ser de la poesía en Latinoamérica es la pregunta por el Ser de Latinoamérica.
Entre otros Néstor García Canclini ha conseguido fotografiar la relación entre las identidades latinoamericanas, sus productos culturales y el espacio simbólico en el que ocurren; esa región inarmónica e inasible en la que no sin resistencia se forja el cuerpo de la colectividad. (Construir Latinoamericana es pensar en Televisa y el Globo, Soda Estéreo y Los tres, el Chapulín colorado y Floricienta, Pablo Palacio y Emilio Adolfo Westphalen, Ricardo Arjona y Pablo Antonio Cuadra). Su texto “Políticas culturales: de las identidades nacionales al espacio latinoamericano”[2] es una tentativa por asimilar la integración latinoamericana a través de las industrias culturales y concertar las discrepancias originadas por la influencia y convivencia de las diversas instancias locales en un escenario compartido. Encuentros como El Vértigo de los Aires. Encuentro Latinoamericano de Poesía son la prueba irrebatible de que el ciudadano del mundo es, en realidad, el poeta del pueblo.
Por otra parte resultaría un ingenuo disparate pensar que podría ofrecerse, siquiera como caricatura, una visión cohesionada del trabajo literario hecho en la zona contenida entre el Río Bravo y la Tierra del Fuego (¿cómo entendemos entonces a la literatura chicana?; ¿en qué espacio “nacional” ubicamos a la poesía hecha por Saint-John Perse, Derek Walcott o Aimé Césaire?; ¿cuál es la esencia latinoamericana de la poesía?; ¿son acaso sus lenguas, su territorio o sus historias sus sustratos indentitarios? De nueva cuenta sólo podemos aventurar una aproximación a través de las identificaciones culturales (se me ocurre pensar, por ejemplo, en el paradigmático y complejísimo caso de Severo Sarduy y las implicaciones estéticas y políticas del neobarroco en la actualidad). La poesía latinoamericana, como la manufacturada en cualquier otro lugar del planeta, es perpetuamente otra cosa. Por tal motivo considero que para debatir y analizar la poesía hecha en Latinoamérica será prudente considerarla y asimilarla desde sus rasgos formales, económicos, políticos y culturales. En circunstancias convulsas como las que aquejan a nuestras naciones pensar en poéticas debería derivar, social y estéticamente, en la construcción de políticas.
Partiendo de dicha concepción el ejercicio de la literatura debería ser un tema fundamental en la construcción y desarrollo de los estados-nación, un debate de interés para la sociedad en general y un fundamento para la construcción de políticas públicas por la simple razón de que, incluso en sus expresiones menos logradas, mezquinas, vanguardistas, excelentes o reaccionarias, el tema de fondo –su esencia constituyente – es la libertad. No tendremos desarrollo sostenido ni tentativas de democracia verdadera sin un ejercicio crítico de la literatura, es decir, sin una actitud que analice el contexto en que se producen, reproducen y se consumen los bienes culturales y cómo es que estos alcanzan determinados valores al interior de las distintas sociedades.
Con tal orientación sería posible, al menos como experimento, insertar a la sociedad civil en un debate que le pertenece y le compete en la misma medida que el origen de las instituciones políticas, las orientaciones económicas de los gobiernos o la construcción simbólica de las ciudadanías. El debate en torno a la poesía latinoamericana es exigible y obligatorio porque, pese a las condiciones de su acaecer e incluso pese a los mismos poetas, es una posibilidad para apropiarse, ensanchar y ejercer la libertad, es decir, implementar un ejercicio de crítica no circunscrito únicamente al gremio cuestionable y sobre valorado de los poetas y los literatos; para lo cual habrá que comprender la “poesía latinoamericana” (lo que sea que entendamos bajo dicho concepto) como un recorrido a través del los litorales del continente; un reconocimiento de los bordes, uniones y fisuras que unen y dividen nuestras semejanzas y diferencias; una reflexión que comprenda que nuestro sino y nuestra imagen es el archipiélago: somos aquello que permanece unido precisamente por lo que lo separa.




Algunos aspectos sobre la circunstancia mexicana
En la república de las letras pasan las cosas como en
la república mexicana, donde cada uno no piensa más
que en su provecho y busca la consideración y el poder
personal, sin cuidarse para nada del conjunto de la nación,
que marcha a su ruina
Arthur Schopenhauer

En nuestros tiempos la sociología de la vida literaria nos ha demostrado que la creación de los productos culturales responde más a la necesidad que al artificio, a la coyuntura y no a la planeación. Las becas, los premios y demás estímulos a la creación han cambiado definitivamente las relaciones productivas entre el autor, la obra y su público. Nos encontramos inmersos en un escenario simbólico en el que no sólo se juega un valioso y vistoso capital cultural (prestigio, experiencia, etcétera) sino, concretamente, un nada despreciable capital económico y político; de allí que todo concurso literario –llámense becas, apoyos o premios literarios– responda a una demanda profusa y palpable.
Han sido los juegos florales y la universidad pública, por lo general, las principales tentativas (buenas o mediocres, democráticas o amañadas) para posicionar a un nivel intelectual y político a una emergente clase media por oposición a una burguesía ilustrada. Si en la segunda mitad del siglo XX no tenemos en México grupos literarios fortalecidos en la misma magnitud como, por decir algo, la “generación del medio siglo” es, entre otras causas, por una cuestión económica; –dirimir sobre “el talento” o “el genio” conlleva agudas implicaciones epistemológicas y neuroetológicas que por el momento no me interesa discutir.
Desde luego el factor económico no es la única condición ni mucho menos la fundamental. En igual medida, o incluso mayor, la construcción del prestigio que otorgan ciertos premios y demás distinciones reviste la misma importancia para la edificación de una carrera artística. Así, en cuanto a letras se refiere, no será lo mismo ser becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes a nivel nacional que de algún instituto cultural de provincia; como tampoco lo será haber pasado por las instalaciones de la Fundación para las Letras Mexicanas o del (ahora extinto) Centro Mexicano de Escritores. La diferencia entre ser un egresado de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) y otro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM más que una cuestión de capacidad literaria y orientación vocacional es un atributo social y político.
Al mismo tiempo la escritura de libros por pedido (léase ejes temáticos, número de páginas o criterios editoriales) revela que todo “genio” literario se encuentra a merced del azar y la necesidad. Hemos aprendido a construir, por subsistencia o notoriedad, poemarios, novelas, cuentos, ensayos y piezas teatrales en función de becas o concursos. Entre buena parte de los escritores mexicanos más que preguntar de qué se tratara un nuevo libro es frecuente escuchar preguntas orientadas en función de las distintas convocatorias literarias. Un análisis crítico de la poesía mexicana reciente – me refiero al trabajo poético realizado de unos treinta o treinta y cinco años a la fecha– conllevaría por fuerza un análisis crítico del estado mexicano. En la actualidad ningún país de América Latina oferta tantos apoyos a la creación artística como el gobierno de la República Mexicana.
Debo aclarar, para evitar confusiones, que no pienso que dichas políticas culturales sean una característica en lo absoluto negativa. Por el contrario, considero que la intención de democratizar el mecenazgo es una vanguardia y un acierto en cuanto gestión cultural se refiere en el ámbito latinoamericano. Al respecto me gustaría mencionar al vuelo el caso protagonizado por Emmanuel Carballo hace algún tiempo, personaje siempre tan dado al comentario ocioso y al refriteo literario que acaso pueda ilustrar mi punto al respecto.
En alguna ocasión[3] el crítico jalisciense apuntó con suficiencia que el sistema de becas de México no había redundado en la creación de un gran escritor. Al margen de que la provocadora afirmación, pese a su grandilocuencia temeraria, es perfectamente rebatible (en todo caso lo exigible sería la creación de una “gran obra” y no de un “gran personaje”), lo que Carballo ignora es que la industria de las becas artísticas en el área de literatura ha contribuido a la creación de una sociedad lectora altamente crítica que, para fortuna del sentido común y la desmitificación, puede desarticular afirmaciones como las suyas y recordarle que incluso la concepción “magistral” de una obra literaria es un hecho debatible y, por qué no decirlo, hasta impertinente y retrógrada. Lo interesante en la construcción de una literatura no es el carácter “genial” de sus autores sino la capacidad de la obra de seducir a los lectores, innovar o afirmar la técnica, romper o perpetuar esquemas, obligar a sentir y a pensar de distintas maneras, sugerir nuevas ideas o interpretaciones, fundar discursos o traer a debate algunos otros olvidados. A estas alturas resulta obligatorio desprenderse de la tardía herencia romántica (en sus aspectos más perniciosos) que circunda a los creadores y a su público creando mitosociologías que poco ayudan y mucho confunden.
Por otra parte es indiscutible que la burocratización de la vida literaria (“para ser poeta nacional deberás cumplir la cuota étnica de publicación de Tierra Adentro, coquetear con la Secretaría de Relaciones Exteriores y ganar el premio Aguascalientes”) ocasiona mafias y pandillaje literario que se traducen en inopinadas triquiñuelas, golpes bajos y penetrantes resentimientos, es decir, en franca y llana corrupción.[4] La injerencia del estado en la vida cultural ocasiona vicios y virtudes que estamos obligados debatir y solucionar, perfeccionar y suprimir.
En mi opinión sólo podremos erradicar la democracia de la pobreza y la pobreza de la democracia que asola a México y a los demás países de América Latina en la medida en que empecemos por lavar, con los ojos de los vecinos por garante, la ropa sucia fuera de casa.





[1] Conviene recordar aquella frase anónima que ayuda a marcar la diferencia entre literatura e historia al sostener que en la primera todo es verdad salvo algunas fechas y algunos nombres, mientras que en la segunda todo es mentira salvo algunas fechas y algunos nombres.
[2] Contenido en el libro Las industrias culturales en la integración latinoamericana.
[3] Mateos-Vega, Mónica; “Las becas no han producido un solo gran escritor” en La jornada, lunes 18 de septiembre de 2006.

[4] Fue José Carlos Mariátegui quien sostuvo que de la vanidad de los literatos cabe esperarlo todo.
*Texto publicado en el número 12 (junio 2008) de Viento en vela.

jueves, septiembre 11, 2008

Revista Viento en vela #12

Este es el número 12 (junio 2008) de Viento en vela, el cual en 7 ensayos hace un análisis sobre la relación entre la Literatura y la política en nuestro país, además incluye una selección de 6 poemas representativos de la temática política y social escrita en México durante el siglo XX, escritos por Carlos Pellicer (1897-1977), Manuel Maples Arce (1898-1981), Renato Leduc (1897-1986), Salvador Novo (1904-1974), Efraín Huerta (1914-1982), Miguel Guardia (1924-1983). Este trabajo corrió bajo la supervisión de Iván Cruz Osorio y Gabriela Astorga, con el diseño gráfico de Santiago Robles y las ilustraciones de Rafael López Castro (portada), Andrés Ramírez, Juan Carlos Palomino, Renato Aranda, Francisco Gálvez, Julián Cicero, Juan Leduc, José Manuel Morelos, Santiago Solís, Alejandro Magallanes, y Obed Meza.
Viento en vela
en su afán de ser una publicación de reflexión, crítica y preocupado por la realidad social y política trae este tema de interés regional con el objetivo de reunir las opiniones de varios escritores mexicanos recientes. El contexto político en nuestro país, donde se discute una reforma energética impopular, hace oportuno el presente número, que espera provocar la reacción de opiniones de nuestros lectores, además de una toma de conciencia sobre la literatura por parte de nuestros políticos y una toma de conciencia sobre la política por parte de los escritores.
Los invitamos a adquirir este ejercicio de pausa y reflexión sobre la relación que lleva y ha llevado la literatura con la política.

CONTENIDO
  1. Editorial (La redacción)
  2. La voz y el archipiélago: Breves consideraciones sobre poesía y latinoamérica (por Rafael Toriz)
  3. Poesía y política (por Luis Jorge Boone)
  4. Poesía y profecía (Rafael Mondragón)
  5. 6 poemas, 6 poetas (Carlos Pellicer, Salvador Novo, Renato Leduc, Manuel Maples Arce, Efraín Huerta, Miguel Guardia)
  6. Poesía, política y tradición oral (por Judith Santopietro)
  7. Notas dispersas de política cultural y literatura (por Carlos Ramírez Vuelvas)
  8. La lucha por el placer o cómo perder el reino de los cielos (por Óscar de Pablo)
  9. Literatura y política (por Iván Cruz Osorio)

martes, septiembre 09, 2008

Festival por el 3er. Aniversario de Viento en vela


Queridos Amigos, con gran alegría los que hacemos la revista Viento en vela, los invitamos a celebrar nuestro 3er. Aniversario (13 números). Con nuestro segundo Festival Extravaganza Muerte y Destrucción.

Con bebida a raudales, parrillada, poesía y rock (de Beatles a Radiohead, y mucho blues), fraternidad, amor, mucha paz paz paz, y un buen karma instantáneo, todo de nosotros para ustedes sin pedir nada a cambio.


Esto será el viernes 12 de septiembre, en nuestro centro de operaciones:

Privada Vista de Anáhuac.
Carretera Federal a Cuernavaca.
Km 24.
(Frente al ex-hipocampo, ahora Peterson)


Esperamos cordialmente contar con su presencia.

martes, septiembre 02, 2008

Viento en vela en San Rafael, Mendoza, Argentina

*En la mesa, de izq. a der.: Luis Freire, Gabriela Astorga, Iván Cruz Osorio, Carlos Aguirre.

Con la invitación fraterna de la Biblioteca Mariano Moreno del departamento de San Rafael, en Mendoza, Argentina, presentamos la colección de revistas Viento en vela. Con la ayuda de Carlos Aguirre y Luis Freire, quienes encabezan los pasos de este popular espacio de cultura.


El interés sobrepasó nuestras espectativas de forma tal que las 25 revistas que reservamos para el resto de las presentaciones y actividades literarias que tendríamos después fueron vendidas por la fuerte demanda. La velada continuó con una charla sobre política y políticas culturales de México y Argentina, lo que extendió varias horas el evento.

*Tras la presentación los asistentes acercándose a comprar la revista.

lunes, septiembre 01, 2008

Viento en vela en Valparaíso y Santiago de Chile

Con una larga y emocionante travesía, que incluyó a travesar la cordillera de los Andes, llegaron a Santiago de Chile, la editora Gabriela Astorga e Iván Cruz Osorio. La bienvenida la dio el poeta Guido Arroyo, quien puso a disposición su pluma para comentar el número 12 de la revista.


En la instantánea podemos ver la presentación de Viento en vela en el Centro Cultural Casa Rosada, de Santiago de Chile. De izq. a der. Carlos Henrickson, Enrique Winter, Gabriela Astorga, Iván Cruz Osorio, y Guido Arroyo.


De igual forma la revista se presentó a la escena literaria de Valparaíso, en El Abasto, donde las revistas a disposición fueron agotadas.

Durante las presentaciones se logró un un dialogo en el que se discutieron las distintas formas de producir publicaciones independientes.
En la foto, Iván, gaby, y Enrique Winter, que posibilitó la gira de la revista en tierras chilenas.

lunes, julio 21, 2008

Viento en vela, en Mendoza

Organizada por la Fundación Nuestra América (e.f.) y la Biblioteca General San Martín, se llevó a cabo la presentación de la revista mexicana de literatura Viento en vela, con la nutrida asistencia de escritores y representantes de editoriales y revistas locales. La editora Gabriela Astorga habló del origen de la revista y de su paulatino crecimiento.
En el caso de la ministra de cultura de mendoza, Liliana Bermudez comentó la calidad del material presentado, además del diseño audaz de los distintos números. Facundo Mercadante por su parte apuntó que Viento en vela viene sembrar nuevas ideas en el campo de las revistas de literatura mendocinas.














Posteriormente se abrió un diáologo sobre las distintas formas de hacer literatura independiente, tanto en la Argentina como en México, en esta mesa participaron Iván Cruz Osorio y Gabriela Astorga (Revista Viento en vela), Claudio Rosales (Revista Bichobolita), Gonzalo Córdoba (Editorial Pan).

miércoles, julio 16, 2008

Viento en vela en Sudamérica, presentación en Mendoza, Argentina

Ilustración de Rafael López Castro

*Viento en vela #12, Literatura y Política


Fundación Nuestra América (e. f.)
y la Biblioteca pública General San Martín




le invitan a la presentación de la revista mexicana de literatura Viento en vela



Participan:
Liliana Bermudez
Gabriela Astorga (México)
Facundo Mercadante

Dentro de este evento, se realizará la mesa de discusión e intercambio:


¿Cómo se edita, distribuye y difunde la literatura de forma independiente?

Participan:
Gonzalo Córdoba (Editorial PAN)
Claudio Rosales (Revista Bichobolita)
Iván Cruz Osorio (Revista Viento en vela)

Lo anterior se llevará a cabo el viernes 18 de julio a las 20 horas en la Biblioteca pública General San Martín, ubicada en Remedios de Escalada de San Martín #1843, ciudad de Mendoza.

Albricias por Christian Barragán


*Christian Barragán

Con gran satisfacción y orgullo felicitamos al poeta Cristian Barragán (ciudad de México, 1985), secretario de redacción de esta revista, quien obtuvo el Premio nacional de poesía joven "Gutierre de Cetina" 2008, por su libro De un oscuro oleaje. Enhorabuena por el amigo e incansable camarada de esta casa.

lunes, julio 07, 2008

Tiempo de Guernica (reseña por Aurelio Meza)


Tiempo de Guernica



Sin afan de ser lapidarios, podemos decir que este poemario bien puede ser leído como un canto a la desesperanza: como su nombre lo indica, retrata sin rodeos la guerra y la opresión, así como los estragos que provocan en nuestra vida diaria. Sin embargo, esta denuncia no se compromete con ninguna postura política; analiza cuidadosamente, en cambio, las consecuencias que tiene para la humanidad la presencia y el fomento de los conflictos bélicos. Ha notado Héctor Carreto, quien hace el prólogo a este libro, que Tiempo de Guernica se nos presenta a la manera de un mural, en el cual podemos contemplar un escenario de guerra 0, en el que la realidad se nos pinta como un desvastado campo de batalla. Cada una de las series que conforman esta "pintura poética", por asi decirlo, recrean en su conjunto este escenario, por lo que los poemas, aunque poseen naturalmente una independencia formal y temáitica, funcionan con su más alto potencial sólo cuando son vistos como un conjunto. Esta es una caracteristica que comparte con el cuadro del cual toma su nombre este poemario, el famoso Guernica (1937), de Pablo Picasso.
Pero las similitudes entre ambas obras no terminan ahí. Las cinco series que conforman Tiempo de Guernica giran alrededor de la cuarta de ellas, "Detalles". Dada la dificultad de otorgar un significado concreto y absoluto a Guernica (el mismo Picasso daba versiones totalmente distintas de la correcta interpretacion de algún elemento, como el toro o el caballo), Cruz no trata de realizar un ejercicio ecfrástico, es decir, la representación o verbalización de una pintura (como lo hiciera Rilke en sus Nuevos poemas), sino que utiliza fragmentos o detalles del cuadro (de ahí el nombre) como punto de partida para sus propias reflexiones. Existen varios niveles de interrelacion entre el detalle que escoge el autor y el poema resultante. En algunos casos los personajes hablan, no necesariamente al lector, sino en una suerte de monólogo dramatico en miniatura, muy al estilo de los poemas de Robert Browning y, mas notoriamente, los de T. S. Eliot; tal es el caso de "Guerrero muerto" 0 de "Mujer portadora de la lampara." En otros, no queda claro si son los personajes del cuadro 0 el autor quien esta hablando, como en "Mujer arrastrandose". Y tambien se da el caso en que la imagen seleccionada sea sólo un pretexto, una plataforma de lanzamiento hacia un concepto o idea engendrada por el autor que nace directamente de la contemplación del cuadro; es lo que sucede "Dichoso, Dios", inspirado en la bombilla en el centro del cuadro, justo arriba del caballo.
Las otras tres series estan temáticamente relacionadas con "Detalles" y con el tema de la deshumanización que provoca la guerra y sus promotores (como lo dijo el mismo Picasso, en Guernica "expreso claramente mi repulsión hacia la casta militar, que ha sumido a España en un océano de dolor y muerte"). En el caso de "Tiempo de Guernica", la primera serie, a esta constante preocupación se le añade la cuestion del conformismo de las masas y la relevancia de nuestros antepasados en la, vida diaria. Destacan los poemas "9/11" e ",Iraq," que logran plasmar en un contexto específico, el conflicto entre Estados Unidos y Medio Oriente, la universalidad de los temas que el pintor español maneja en su obra maestra. En "Los dominios perdidos", acudimos a una vision apocalíptica de México, la cual niega que nuestros idolos pueden darnos algún consuelo ("tenemos divinidades rotas"); los poemas en secciones ''Exodo'' y "Icnocuicatl (cantos tristes)" lo ejemplifican claramente. "Zoológico", en cambio, consiste en curiosas alegorias de corte fabular en las que se ejemplifican diversas facetas de las relaciones de poder entre los hombres. Finalmente, en "Llover en polvo" se habla de la muerte que lo rodea todo, incluso el nacimiento y la infancia, y su inevitable advenimiento. El poema que cierra la serie y el libro es el mejor colofón a esta visión oscura (mas no pesimista) del mundo:
En la víspera
nos miramos los unos a los otros
y, en el fondo, reconocemos la derrota;
contemplamos a los vástagos,
a los recién nacidos que ya caminan,
a los más grandes en las escuelas.
Luego miramos a otro lado,
juntando ambas manos,
implorantes,
a pesar de conocer el resultado.

En su prefacio a Los condenados de la tierra de Frantz Fanon, Jean-Paul Sartre decía que, cuando un europeo dice con voz alarmante "estamos perdidos," generalmente añade "a menos que ... ". Es decir, la amenaza del fin del orden establecido viene seguida de un consejo que, de ser seguido, evitara dicho fin. La poesía de Ivan Cruz Osorio no busca dar consejo alguno, mas como se ha dicho no son poemas pesimistas, sino crudos, atentos a la realidad que los rodea, llenos de matices oscuros porque oscuros son los materiales con los que están hechos. Es a su vez una poesía que parte de preceptos iconográficos sin subordinarse nunca a ellos, una poesía que invita a la reflexión sin ser por ello filosófica. El arte poética de Ivan Cruz Osorio se delimita a sí misma y encuentra un futuro camino a seguir en Tiempo de Guernica, el primer libro que publica este poeta que, pese a su aire de desesperanza (o quizas por eso mismo), resulta sumamente prometedor.

Por Aurelio Meza (ciudad de México, 1985)

miércoles, mayo 21, 2008

Exposición de carteles

Trama Visual, La Bienal Internacional del Cartel en México, HP y 75° Color Presentan:

DE DOS SOPAS
Carteles de Santiago Robles y Jorge Garnica

Museo Casa del Poeta.
Álvaro Obregón 73 col. Roma
México, D.F.

Lunes a domingo de 10 a 19 hrs.
Entrada libre.

Textos de presentación:
Eduardo Téllez, Patricia Hordoñez, Benjamín Morales e Iván Cruz Osorio.
Catálogos baratos - garnic@gmail.com

Hasta julio 2008

viernes, abril 04, 2008

Revista Viento en vela # 11

Este es el número 11 (marzo 2008) de la revista de literatura y gráfica Viento en vela, el cual da un vistazo a la poesía y narrativa estadounidense más reciente. Este trabajo corrió bajo la supervisión de Benjamín Morales, con la participación de los traductores Aurelio Meza, Svetlana Garza, Rebeka Lembo e Itzel Rivas, en poesía; y Toshiya Kamei y Hilda Venzor (quien, desde la Universidad de Arkansas, fue fundamental para la creación de este número) en narrativa. Los autores aquí traducidos nacen entre 1968 y 1980, debido a esto consideramos que damos los primeros pasos, en nuestro país, en el conocimiento de los autores más recientes de los Estados Unidos, aunque estamos concientes de que el presente trabajo es puramente intuitivo, y que con el tiempo los autores aquí mostrados podrán dar sus más altos logros o desaparecer. Los autores son: Roberto Leni, Irene Keliher, Molly Giles, Nic Pizzolatto y Claudia Smith, en narrativa. En poesía: Anne Pierson Wiese, Sally Van Doren, Tony Tost, William Allegrezza, John Most, Jesse Ball, Ben Doyle, Suji Kwock Kim, David Roderick, y Craig Freeman. El número termina con dos reseñas que crítican las dos recientes muestras de poesía y narrativa estadounidense publicadas en nuestro país: Lo que cuenta el vecino. Cuentos contemporáneos de los Estados Unidos (UNAM/NEA, 2007) y Lineas conectadas. Nueva poesía de los Estados Unidos (UNAM/NEA, 2006), realizadas por Gabriela Astorga y Christian Barragán, respectivamente.

CONTENIDO
  1. Editorial (por Benjamín Morales)
  2. Narrativa: (Todas las traducciones de Hilda Venzor, excepto *)
  3. El norte de un árbol y Una palabra acerca del calor, el movimiento y el silencio (de Roberto Leni)
  4. La otra frontera (de Irene Keliher)
  5. La pérdida (de Molly Giles)
  6. Las carreras (de Nic Pizzolatto)
  7. Mi robot ( de Claudia Smith) * Trad. Toshiya Kamei e Hilda Venzor
  8. Poesía: (Todas las traducciones de Aurelio Meza, excepto *)
  9. En el principio y Perfil del martinete común (de Anne Pierson Wiese) * Trad. Rebeka Lembo
  10. Acerca de las ataduras y Abril (de Sally Van Doren) * Trad. Svetlana Garza
  11. Doce autorretratos; Buscando el Hades otra vez y El lago del corazón (de Tony Tost)
  12. Taller (fragmentos) (de John Most)
  13. La pieza de unconjunto ( Jesse Ball)
  14. Radio, Radio y Visión particular y sueño de Newton (de Ben Doyle)
  15. Nocturno en do (de Suji Kwock Kim) * Trad. Itzel Rivas
  16. Colonia y La tierra verde de Rothko (de David Roderick) * Trad. Svetlana Garza
  17. Ni siquiera la impresión se ajusta (de Craig Freeman) * Trad. Itzel Rivas
  18. Reseñas:
  19. Las grandes huellas de los gigantes (por Gabriela Astorga)
  20. Líneas conectadas, poesía norteamericana actual (por Christian Barragán)

domingo, febrero 17, 2008

Preguntas a Mario Bojórquez sobre El Premio de Poesía Aguascalientes


Mario Bojórquez sobre El Premio de Poesía Aguascalientes*

Por Iván Cruz Osorio y Gabriela Astorga
¿Consideras que en el formato actual del Premio Aguascalientes se premia al mejor libro o a una trayectoria?

Para hablar del formato actual, primero tendríamos que hablar de los premios. Cuando existía como juegos florales de la feria de San Marcos en Aguascalientes, se premiaba un poema o una serie de poemas, pero no necesariamente un libro; esto se correspondía con la tradición del momento, estamos hablando desde 1931 hasta 1967. Era la forma de premiar, no solamente este premio, había muchos otros. En 1967, cuando está ganando el poeta José Carlos Becerra, con un material como Relación de los hechos, ya muchas cosas habían cambiado. Entonces se consideró necesario construir un premio, que además tuviera la característica de premio nacional. Es cuando premian al poeta Juan Bañuelos. Yo creo que lo que se premiaba era un libro. Aquí hay un cambio fundamental respecto de cómo se entendía esa convocatoria, y de la importancia de estas nuevas maneras de comprender la escritura poética: ya no se valoraba un poema, sino que se valoraba una serie de poemas, es decir una obra completa, una obra en plenitud. A mí me llama muchísimo la atención que al poeta José de Jesús Sanpedro le otorgan el premio cuando apenas tiene 24 años, después de que el premio lo habían recibido poetas de mucha mayor edad, pienso ahora en Bañuelos, en Pacheco, y de pronto gana un muchacho. Creo que ese es un mensaje hermosísimo para los que nosotros vamos a hacer ahora; porque, ¿qué es lo que se está premiando allí? Un trabajo completo de calidad, independientemente de la edad, independientemente del nombre. Luego vimos 40 premios hasta el día de hoy donde se han premiado libros. Creo que esto se corresponde también con las épocas, es decir, los temas que se van premiando a lo largo de 40 años, las formas de escritura que se van premiando corresponden con el gusto de estas épocas. Pienso en un libro como El cardo en la voz, de Jorge Esquinca, que va a marcar una manera de escritura por todo el país; todos sus alumnos siempre menores que él, pero su libro es un libro fundacional, es un libro que durante toda la década de los 90 permeará en todo el país una forma de ver las cosas, una forma de escribir. Creo también que esta forma de escritura ya está en declive, y que difícilmente habrá nuevos prosistas que puedan generar tanta maravilla como generó este libro en el año 90. Yo creo que se premia un libro en Aguascalientes, no se premia una personalidad, puesto que es un libro que se otorga por seudónimo, y no puedes jamás saber quién está detrás de ese seudónimo. Creo que se premian estéticas también, formas de escritura que se corresponden con las visiones de los jurados; puede ser que los jurados tengan cierta predilección por temas, por formas de escritura, por tradiciones, y si encuentran un libro que tiene esas características desde luego será premiado. También pueden arriesgarse estos propios jurados a decir: mira aquí hay maneras que no conocíamos, intentaremos premiarla, aquí hay un tema que nos parece interesante. Pienso, por ejemplo en el caso de Dana Gelinas, la ganadora del premio el año anterior, donde ella está colocando un tema que no había sido trabajado por la poesía mexicana; entonces el gusto de la época dice: bien intentemos, arriesguemos este camino. Y qué felicidad que se pueda hacer eso, eso le da oportunidad a muchos poetas de hacer sus proposiciones lo más originales posible. Hace un momento decíamos que no necesariamente el libro ganador del premio es el mejor libro de México. Especialmente en un premio como el Aguascalientes están participando 200 libros, de los cuales 20 son excepcionales, que van a ser publicados y que seguramente ganarán otros premios, o bien intentarán el Aguascalientes en otro momento. Desde luego no creo que sea el mejor libro, pero sí creo que de algún modo representa cada libro ganador de Aguascalientes un momento en la historia de la poesía mexicana. Creo que me puedo detener con toda seguridad en libros fundamentales como La zorra enferma, de Eduardo Lizalde; No me preguntes cómo pasa el tiempo, de José Emilio Pacheco; Música Solar, del poeta Bartolomé, que están cargados de lo que en la calle está ocurriendo. Por eso a mí me parece que, en el caso de El deseo postergado está también representando eso: una recuperación de la tradición de la poesía mexicana, ya no hispánica solamente, sino con valores muy concretos, y valores vivos de la poesía mexicana. Estamos hablando de los poetas Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño, y Eduardo Lizalde, que son poetas de México, y que están incidiendo sobre lo que nosotros queremos hacer en poesía. Cuando se premia este libro se está convocando a toda esta gente que está vinculada con esta manera de hacer. Es muy probable que el año siguiente se premie un libro que no se parezca a este, pero que también represente una forma de entender la poesía mexicana. En ese sentido, sí creo que los libros premiados están representando movimientos generacionales, espirituales, intelectuales de la forma en que la poesía se va entendiendo en el país; y si eso se logra, para mí es maravilla.

¿Consideras, entonces que se puede hacer una radiografía de la poesía mexicana durante estos 40 años a través del Premio Aguascalientes?

Creo que puede ser una guía, por supuesto, hay libros que fueron fundamentales y que no fueron premiados en el Aguascalientes; hay autores que seguramente nunca han enviado al premio, pero que siguen siendo fundamentales. Pienso ahora en un libro al que luego no se le pone atención, pero que para mí es un libro muy hermoso, se llama Al margen indomable, de Luis Cortés Bargalló. Yo no sé si él intentó alguna vez el premio Aguascalientes, pero es un libro muy valioso, que muchos de nosotros debemos leer, y que creo que no ha recibido un premio, no sé si ha recibido reseñas o comentarios en periódicos y revistas, pero es un libro que a mí me llena de gozo. De pronto, el poeta Luis Cortés Bargalló tiene amigos mucho más famosos que él, que ganan premios, reconocimientos, y cuya obra no está a la altura de este diamante que él produjo.

Dentro de estos ganadores, ya has mencionado algunos, ¿qué otros destacarías?

Muchos, muchos. Pienso ahora en Héctor Carreto y esta recuperación del epigrama, es deleitoso, divertido, inteligentísimo, tiene la palabra filosa para hacer el corte donde debe hacerlo, uno goza leyendo su poesía. Pienso en Jorge Fernández Granados que es un personaje importantísimo para mi generación, un hombre que ha tenido una integridad mayúscula en el caso de la crítica de la poesía, al mismo tiempo que una obra eminentemente remarcable; es un personaje de mi generación a quien respeto y que afortunadamente hora el premio me permite poderme contar entre sus colegas, y hacer juntos un trabajo que va a tener frutos muy interesantes en los próximos años. Francisco Hernández, poeta que también representa una forma de entender la poesía mexicana, es decir, detrás de Francisco Hernández y de sus libros hay una tribu de lectores, una forma de comprender la poesía, de comprender el erotismo en la poesía, los abismos del alma, las formas de la autodestrucción, lo fantasmas, los demonios íntimos que todos tenemos. Francisco representa como nadie este tipo de comprensión de la poesía. Coral Bracho, que también instaura una manera de escritura no vista en México en muchos años, y que también genera otra estela de escritura, cuyos alumnos no me parece que la hayan superado aún; instaura una manera muy novedosa, distinguida, muy original de enfrentar el texto poético, que todavía sigue dando frutos importantísimos.

Ahora El deseo postergado forma parte de los libros premiados, y como tal, se seguirá leyendo, quizá más que tus libros anteriores. ¿Tú crees que este libro hace suma de tus búsquedas, que representa el resto de tu obra poética?

Yo creo que lo más difícil para un poeta es que este trabajo se hace en la soledad del cuarto, nadie te ayuda, y nunca sabes si eso que tú estás produciendo va a encontrar una repercusión o una representatividad en la realidad. Yo creo que ese es el gran asombro que el poeta puede tener: cuando uno ha nacido en Sinaloa, que no es ni siquiera por mucho el primer estado fuera de la Ciudad de México, que en materia de cultura culta se pueda reconocer; cuando has nacido en un pueblo de ese estado, no naciste en la capital de estado, y tu camino ha sido voluntad y pasión durante muchos años, no sabes de qué forma tus palabras van a tener una repercusión en el corazón de los otros. Si eso ocurre, es la mayor sorpresa que te ganas: yo produje algo que a los demás les dice alguna cosa, que les ayuda a comprender quiénes son. Hace un momento decía que cada uno de los libros respondía a visiones particulares que uno tiene, a preocupaciones, a nociones. Cuando escribí El deseo postergado ya tenía libros que habían resuelto preocupaciones técnicas, formales; cuando llego a El deseo postergado no tengo ya tanto esas preocupaciones, el gran problema a resolver es un asunto que tiene que ver con mi corazón propio, con quien soy yo. Con estas herramientas recuperadas o hechas mías en los libros previos yo dispuse mi corazón para resolver este problema que es el problema de la miseria humana, la noción de que nunca vas a alcanzar lo que quieres, de que siempre lo que deseas va a acabar un poco más allá de tus manos, o un poco más acá y que no lo percibiste, a veces tu deseo queda detrás de ti y ya no tiene importancia. Era un asunto complejo lo que yo tenía que tratar: cómo el hombre vive con monedas falsas, paga su destino con monedas falsas, vive en el cobre de la realidad creyendo que está viviendo el oro de su realidad, y no lo percibe, es decir, continúa en su vida diariamente sin comprender que no ha vivido como quería realmente. No era sencillo, entonces me ayudé de esas herramientas que ya tenía más o menos aceitadas, y decidí que esta poesía tenía que ser un homenaje a los grandes poetas de México. Ya los mencioné Alí Chumacero, Rubén Bonifaz Nuño y Eduardo Lizalde, espero que se vean allí recuperados en algún momento. Es también un mensaje a mis compañeros de barco, que tienen mi edad o edades menores a la mía: señores volteemos a ver a estos poetas, ellos todavía tienen muchas lecciones que darnos. Alí Chumacero que tiene 50 años sin publicar un libro, estamos ya en otro siglo, y él es un poeta vigente, importante, leído y querido por sus contemporáneos, por los que estamos con él viviendo; rompe su silencio cada 10 o 20 años con un poema, con unas cuartillas, pero él sabe que su obra fue hecha con conciencia, es una obra inmarcesible, que ya no la va a borrar el tiempo. Pensemos en este jovenzuelo que es Rubén Bonifaz Nuño ocupado en traducir a Homero, a 3000 años de distancia, al español mexicano, directo; si no tienes corazón y juventud no podrías hacer un proyecto así. Yo veo a Don Rubén, un poeta que conoce todo el estamento de la cultura clásica, pero que también conoce la cultura popular mexicana, y hace un entramado maravilloso entre Minermo o Arquíloco y José Alfredo Jiménez; él nos dice cómo ser eminentemente cosmopolitas, internacionales, universales, y locales al mismo tiempo, sin perder un gramo de prestancia, prestigio o decoro. Lizalde, que es otro personaje importantísimo que no aparece en Poesía en movimiento, que en 1970 publica El tigre en la casa y renueva todo el discurso amoroso: la amada, es decir, la perra, es la misma cosa, nunca antes en la poesía mexicana alguien había hablado de su amada en esos términos, con esa fiereza, con esa contundencia. Lizalde es un conocedor de toda la retórica, que la pone al servicio de la modernidad, al mismo tiempo que se burla de ellos, los utiliza como debe ser. Ahí hay lecciones importantísimas que hay que aprender, quien no quiera verlo, qué lástima. Yo sí quiero verlo, y quiero invitar a mis compañeros de vida en este período de la poesía mexicana, a través de El deseo postergado. Otro personaje, Francisco Cervantes, para quien también es un homenaje, es otro poeta singularísimo, es eminentemente original, poeta muy extraño, que implica cierta formación crítica y de poesía. Es también una invitación a los poetas mexicanos a que lean a estos poetas, que no pasaron por aquí sin dejar sombra, dejan una estela. Yo trato de ser honesto con estas influencias, y trato de ser honesto con mi momento de escritura.

¿Crees que de alguna forma el Premio Aguascalientes sirva para legitimar una obra?

Desde luego que un premio de estas características asegura ciertos caminos de distribución, de recepción de tus materiales que uno no puede evitar observarlas. Estar publicado en una colección como Lumen es un gran honor para un poeta. Creo que soy el único mexicano que ha salido en Lumen hasta ahora, y tus colegas ahí son Walt Whitman, Emily Dickinson, Ted Hughes. Lo más mexicano que tenemos ahí creo que es Don Juan Gelman, porque vive aquí en México. Antes se publicaba el libro en la colección Las dos orillas, de Joaquín Mortiz, que con los cambios que ha sufrido y pertenece ahora a un gran consorcio de editoriales, no tiene interés en la poesía. Eso te va a asegurar una distribución mayor, una colocación del libro entre el público al que tú quieres llegar, eso es una forma de legitimación. Yo no creo que legitime una obra, legitima más bien a un personaje. Además de que te da la gran alegría de que tu obra pueda dialogar con estas obras que has admirado, que has leído hasta la saciedad, que has vuelto sobre ellas para recuperar el sonido. Pienso en José Javier Villarreal, un poeta del norte; cuando te dicen tu obra El deseo postergado puede dialogar con Mar del norte, uno dice: bien, yo a ese poeta lo admiro. Hay por supuesto otros poetas que no son de mi gusto, que están en el premio, pero a los que comprendes desde esta perspectiva: no todas las formas de leer poesía mexicana son las tuyas, hay otras maneras de conocer estos procesos, y qué bueno que estén representadas ahí. Por eso sí, creo que ayuda bastante el premio para que estas literaturas logren su fijación. Si El deseo postergado representa algo, y junto con él los libros anteriores, puede fijar de un modo remarcable en la historia de la poesía nacional esta obra, creo que está muy bien hecho. Creo que es la mejor respuesta a tu esfuerzo, si el Premio Aguascalientes sirve para que junto con El deseo postergado se pueda leer El diván de Moravia, Contradanza de pie y de barro y Pájaros sueltos, excelente. Pero además, si El deseo postergado sirve para que otra vez leamos a Rubén Bonifaz, a Francisco Cervantes, Alí Chumacero, y otros poetas como Abigael Bohórquez, pues entonces el premio no sólo legitimó un libro y a una persona, sino que legitimó una forma de leer la poesía en México.
*Entrevista publicada en el número 10 (diciembre 2007) de Viento en vela.

sábado, febrero 16, 2008

Entrevista a Juan Domingo Argüelles por Claudina Domingo


Mínima entrevista con Juan Domingo Argüelles
a 40 años del Premio de Poesía Aguascalientes
*



Además de su reconocido trabajo poético, Juan Domingo Argüelles (Chetumal, Quintana Roo, 1958) ha ejercido desde hace 27 años los oficios de editor y periodista. En esta ocasión se dedicó a la investigación, compilación y a la elaboración del prólogo de Antología del Premio de Poesía Aguascalientes 1968-2007, que edita el Instituto Cultural de Aguascalientes y el Centro de Investigaciones y Estudios Literarios de Aguascalientes. Agradecemos al poeta que haya accedido, con todo y remilgos, a esta familiar entrevista.


Entiendo que has elaborado una recopilación de los 40 años del Premio de Poesía Aguascalientes. ¿Qué tanto trabajo implicó ello?

Así es. Se trata de una antología conmemorativa de los 40 años del Premio, que incluye una selección lo suficientemente amplia de cada obra para dar al lector un buen panorama de cada libro. El trabajo fue arduo, no sólo por lo que implicaba la relectura de todos y cada uno de los libros ganadores, sino también porque busqué que las versiones de esta antología incluyeran los cambios que a los largo de los años han impreso en sus obras los poetas. Es decir, en esta Antología del Premio de Poesía Aguascalientes 1968-2007, los lectores encontrarán las versiones definitivas que los poetas hicieron de sus libros con los que originalmente obtuvieron el galardón. Resulta obvio, como en el caso de José Emilio Pacheco, que entre la versión de 1969, de Joaquín Mortiz, de No me preguntes cómo pasa el tiempo y la que el autor incluye en sus poemas reunidos (1958-2000) de Tarde o temprano, hay bastantes cambios. En la Antología del Premio son estas últimas versiones las que incluí. Y, al igual que en el caso de José Emilio Pacheco, lo hice en los casos de todos los demás poetas que hubiesen reeditado su libro con el que ganaron el Aguascalientes.

¿Qué evolución o trazo estilísticos observas desde el primer premiado hasta el más reciente?

En el prólogo a la antología conmemorativa digo una cosa que ahora repito: el Premio de Poesía Aguascalientes no se caracteriza por una sola estética o por una sola poética, sino que abarca una gran diversidad de propuestas, desde la poesía social hasta el poema del juego verbal por excelencia, pasando por supuesto por otro todas las manifestaciones líricas personales. De alguna manera, en sus cuarenta años de existencia el Premio de Poesía Aguascalientes refleja la historia de la poesía mexicana, de su desarrollo a lo largo de las últimas tres décadas del siglo XX y los años que llevamos del siglo XXI.

Tú mismo ganaste el Premio en 1995. ¿Qué significó entonces haberlo ganado con tu libro A la salud de los enfermos?

Lo obtuve, efectivamente, en 1995, y fue para mí una de las más definitivas experiencias, pues me convenció de que podía ser poeta algún día si seguía los dictados de la vocación, y no me dejaba llevar por la corriente de la moda y de los intereses que en literatura acaban siendo siempre dominantes. ¿Quién escribe poesía, con poca probabilidad de éxito comercial, pudiendo escribir una novela? Obviamente, quienes creen que la literatura es una elección y no un destino. En el caso de la poesía, los poetas sabemos que el éxito comercial es prácticamente imposible, y que la prosa narrativa es el género exitoso por excelencia. Pero un poeta no elige ser poeta, sino que, si va a serlo, se le impone como un destino.

De todos los libros que han sido premiados, ¿cuál te gusta más y por qué?

Desde mi punto de vista personal es facilísimo responder, porque mi respuesta obedece obviamente a la preferencia del tipo de poesía que me conmueve y con la que me identifico de manera absoluta. No diría solamente un título, sino varios: Espejo humeante, de Juan Bañuelos; No me preguntes cómo pasa el tiempo, de José Emilio Pacheco; La zorra enferma y otros poemas, de Eduardo Lizalde; Volver a casa, de Alejandro Aura; Mar de fondo, de Francisco Hernández, Música solar, de Efraín Bartolomé, y otros más.


¿Crees que la importancia del Premio sigue siendo la misma?

Como lo afirmo en el prólogo, el Premio significa un honor codiciado no sólo por su carácter orientador respecto de la obra misma, sino también por la satisfacción de ciertas compañías en una lista de nombres que, de una u otra forma, revelan el nivel de la poesía mexicana. Para un poeta de las nuevas generaciones es absolutamente reconfortante estar en la misma nómina de, por ejemplo, Juan Bañuelos, José Emilio Pacheco, Eduardo Lizalde, Hugo Gutiérrez Vega, Coral Bracho, Francisco Hernández, Efraín Bartolomé, José Luis Rivas, Elsa Cross, Jorge Esquinca y Jorge Hernández Campos, por sólo mencionar a algunos de los más notables galardonados. La larga historia del Premio de Poesía Aguascalientes ha tenido de todo y así como ha consagrado a poetas que, en el momento de obtenerlo, poseían una trayectoria indiscutible, también ha revelado a jóvenes talentos que, con el correr de los años, se consolidaron con una obra más ambiciosa y lograda. El Premio de Poesía Aguascalientes es un certamen cuyo máximo valor no sólo radica en su perdurabilidad de décadas, sino también en el alto significado de parámetro estético que ha tenido y tiene para la cultura nacional, en un país donde se dice, con un mucho de exageración, que la poesía no la lee nadie. ¿No tendría acaso que resultar paradójico que el premio por concurso más prestigiado en México sea, precisamente, el destinado a un género literario supuestamente minoritario? Veámoslo de este modo y podremos comprender más objetivamente su absoluta trascendencia.

Entiendo que este año cumpliste 25 años publicando poesía. ¿A qué libros tuyos le tienes más cariño y por qué?

Sí, mi primer libro de poesía lo publiqué en 1982 y lleva por título Yo no creo en la muerte. En efecto, ya se cumplieron 25 años de ello. De entre los doce libros de poesía que he publicado en estos cinco lustros, hay cuatro que me siguen gustando casi íntegramente: Como el mar que regresa, Canciones de la luz y la tiniebla, Agua bajo los puentes y A la salud de los enfermos. Creo que en ellos está cifrada gran parte de mi existencia, pues para mí la poesía no es ficción sino sentido de pertenencia e historia personal, emoción que se comparte. De otro modo, ningún sentido tiene para mí escribir. De estos cuatro y de todos los que he escrito y publicado, A la salud de los enfermos sigue siendo mi itinerario más personal y con el que más he podido comunicarme con otros poetas y otros lectores.

Se sabe que es casi imposible que tú accedas a presentar un libro y se te ve muy poco en lecturas y presentaciones, ¿a qué se debe?, ¿cuándo te aburriste de los corrillos literarios?

Eso sólo me sucede últimamente, a partir de la última década. Antes era al contrario: iba con mucha facilidad y mucho contento a presentar libros. Hoy creo que poco de esto tiene sentido. Accedo a presentar el libro de algún joven o de algún amigo, porque a ellos les puede resultar satisfactorio. Yo lo sufro un poco, aunque también sería exagerado decir que hago martirologio del asunto. Cumplo disciplinadamente, y punto. Pero, sí, en efecto, los corrillos literarios me aburren no por otra cosa sino porque yo mismo soy aburrido. Entre conversar apasionadamente sobre literatura o sobre poesía o sobre lo que sea, en un ámbito profesional, prefiero hacer cualquier otra cosa, incluso leer, pero no realizar una tarea que físicamente me agota y que emotivamente me resulta bastante desagradable. No sé qué tanto platica la gente de literatura, si tiene tan poquito tiempo para leer por estar todo el tiempo platicando. Pero, en fin, cada quien su placer. En esto sí soy definitivo, y no se lo discutiría a nadie. Que cada quien haga lo que le plazca, en tanto le place. Y, en mi caso, uno de mis mayores placeres no es la presentación de libros.


Entrevista realizada por Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982).
*Texto incluido en la Revista Viento en vela #10 (diciembre 2007).

viernes, febrero 15, 2008

Texto leído en la presentación de Viento en vela #10

*De izq. a der.: Benjamín Morales, José Francisco Conde, Iván Cruz Osorio. (Foto/Archivo Viento en vela).
Ocho momentos de la poesía mexicana en el Premio de poesía Aguascalientes
(a manera de editorial)


A partir de su quinto número la revista de literatura Viento en vela se ha convertido en un espacio de reflexión, de pausa y revisión de autores, movimientos, generaciones y distintos géneros que conforman la literatura nacional. Todo esto con la ayuda de críticos y creadores de distintas generaciones, y visiones estéticas. En el presente número, dedicado a los 8 libros ganadores del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes del presente siglo, es decir de 2000 a 2007, la misión es la misma, tratar de reflexionar y hacer la crítica de estas obras que van marcando una vía, entre las muchas existentes, de la poesía mexicana de los últimos años.

Durante el proceso de selección de colaboradores hubo varias altas y bajas hasta que finalmente quedó constituido por los poetas Alí Calderón, Eduardo Uribe, Luis Paniagua, Roberto Cruz Arzabal, además de los poetas de mayor experiencia Daniel Téllez, Marco Fonz de Tanya, y Balam Rodrigo, complementados por los críticos Israel Ramírez, Norma Salazar, Rodrigo Martínez, Eve Gil. También la entrevista realizada a Juan Domingo Argüelles, quien tuvo a su cargo la compilación, investigación y prólogo de la edición conmemorativa de los 40 años del premio.

Con esta publicación aspiramos no a dar la opinión última sobre los libros premiados, sino incorporarnos a la discusión actual sobre las rutas que marcan estas obras y la relevancia del premio.

Cabe señalar que al declararse desierta la edición 2008, la revisión de los anteriores galardonados resulta obligada para comprender el panorama y la condiciones de calidad en que se ubica el premio. En cuanto a las voces que se han alzado indignadas por la ausencia de un ganador, argumentando el detrimento del prestigio de la poesía nacional, podemos decir que la poesía mexicana es mucho más que el premio de poesía Aguascalientes; hay decenas de libros publicados, sin ningún tipo de reconocimiento previo, que lo han logrado, por lectores y críticos, de forma similar o mayor a los premiados. Y como lo han expuesto algunos de los galardonados reunidos en la revista, este premio es finalmente sólo un premio. Los integrantes de la revista Viento en vela hemos querido mostrar esta faceta quizá más institucional de nuestra literatura, en nuestro afán de pluralidad, como lo hicimos con los números dedicados al infrarrealismo, al teatro mexicano contemporáneo, a la narrativa fantástica y realista, a la otra generación poética de los 50, etcétera.

En primera instancia podemos sentirnos satisfechos de ser los primeros en reunir un examen individual a estas ocho propuestas recientes del premio de poesía más importante de nuestro país, y de esta forma dar la cara al ninguneo y la indeferencia reinantes en nuestro medio. Advertimos que cada opinión es responsabilidad del autor, nuestra misión fue la de diseñar un esquema crítico general, no la de censurar las opiniones vertidas por los colaboradores, quienes a su vez serán evaluados por sus dichos ya bien por los lectores, otros críticos o los poetas premiados.

De esta forma Viento en vela llega a su número 10, en casi tres años de existencia, reforzando su misión de convertirse en una memoria crítica de la literatura nacional para nuestros lectores presentes y futuros.

Iván Cruz Osorio

jueves, febrero 14, 2008

La Renovada Esperanza: Sin Título de Jorge Hernández Campos

*Jorge Hernández Campos (Guadalajara, Jalisco, 1921-ciudad de México, 2004)


LA RENOVADA ESPERANZA:
SIN TÍTULO DE JORGE HERNÁNDEZ CAMPOS*

por Israel Ramírez Cruz

Por las deudas, para Alí Calderón y Jair Cortés

Tenerlo a la vista nos mueve a pensar que para leer este libro no se necesita mucho más que el impulso inicial. 84 páginas a las que uno mira con curiosidad y de las cuales podría esperar algo que esté en sintonía con lo mucho que se publica en la actualidad: la ausencia de valor y de ética. Además, el lector puede retrasar –sin saberlo aún– el placer, el desconcierto y el retorno al estado de humildad que le espera frente a la gran poesía. Pronto nos damos cuenta que el envión no perdura conforme las hojas se vuelven imposibles de tan bien logradas.



Azar nocturno los
abrazos
La certitud de la
alborada
nos desunió los cuerpos
¡hagámonos pupila con pupila
ciegos!
Venga la lobregura de
más besos.



(“Sed lux”, p. 9)



La certeza del amanecer nos aleja; cosa que sólo la pareja amorosa puede pensar. Pero desde este poema inicial comienzan también los misterios. Tan acostumbrados estamos al encabalgamiento que ahora es norma común que aparezcan en la poesía moderna. Sin embargo, por qué Jorge Hernández Campos obliga al encabalgamiento justo después de los artículos o la preposición. Pareciera que en lugar de funcionar como una prolongación semántica que transpone la longitud del verso, estos encabalgamientos lo que consiguen es justo lo contrario: tensar el sentido del verso en unidades a las que les falta algo. De ahí que “Azar nocturno los” o “La certitud de la” se continúen en el verso siguiente, pero ya han dejado en el lector la sólida sensación de un corte, de una respiración agotada, de una dificultad.



Desde el arranque del libro, lo que parece sencillo se complica al límite en un decir que nos impide compararlo con las muestras recientes de poesía mexicana. La presencia renovada de la poesía en el mundo moderno es un acontecimiento inusual, y esto precisamente es lo que ocurre al adentrarnos en la lectura de Sin Título de Jorge Hernández Campos.



Pero retrocedamos un poco. Valdrá la pena indagar por el nombre del autor que aparece en la portada del libro, por las cualidades del poeta, por sus trabajos previos, por su lugar en la historia de nuestras letras. Bien que vale, y mucho. El poema no nace de la nada y hablar de la trascendencia del autor sirve también para comprender un poco más la tradición en la que se inserta. Pero este acierto de mirar al escritor lo harán quienes hablen de historia, no de poesía. La poesía no está cifrada en la trayectoria del nombre como se piensa muchas veces, ni siquiera en la importancia de los premios que se reciben. Y quizá esto que parece demeritar a la persona que firma este volumen, no tiene otra intención que engrandecerla al reconocer su importancia al margen de modas, grupos culturales, edad o demás elementos externos al terreno de la estética.



Jorge Hernández Campos mereció en 2001 el Premio Aguascalientes no por su trayectoria literaria, sino por un volumen de 32 poemas que denotan la maestría del oficio y la alta zancada de su firme aliento. En términos generales podemos decir que existen componentes que le dan cohesión al volumen: el tono homogéneo que recorre los textos, la recurrencia de ciertos temas como el pájaro y la presencia de lo aéreo y evanescente, los opuestos y antagonías, la vista y su papel dentro de la percepción del mundo, la experiencia de la pareja, el yo pasivo o dependiente del tú al que se dirige el discurso. Y esa estructura se reafirma con lo bien hecho que está todo lo anterior.



Pero iniciemos con el asunto que parece más complicado de explicar dentro del texto poético. El tono es, en sentido directo, una cierta inflexión en el habla, un matiz según la intención o el estado de ánimo del enunciante. Y desde aquí ya se nos presenta el primer obstáculo: cómo comprobar que el tono que se percibe en el texto corresponde a la intención o estado de ánimo que el emisor quería plasmar. Vayamos aún más lejos, ¿importa que se compruebe? y ¿cómo enriquece la lectura su identificación? Por ejemplo:



Consuélanos hoy
vinagre del amparo
Nos caemos aquí
nos alzamos allá
lastrados de esperanzas

Andamos
por el camino real
resplandecientes
de harapos
preguntándonos
cuándo hemos de llegar
a la posada ésa
donde nos darán pan
lentejas
y degüello
(“Jornaleros”, p. 33)


Pero el tono es, consecuentemente con lo dicho arriba, la forma en la cual el lector se siente interpelado por el poema. De tal suerte que en “Jornaleros” está claro lo que ocurre a lo largo de gran parte del volumen. Por una parte tenemos una serie de referentes que denotan bienestar (consuelo, amparo, esperanza, resplandor, posada, pan, lentejas) y, acompañándolos de manera armónica, están los que denotan infortunio o fatalidad (vinagre, caída, lastre, harapos y degüello). De tal suerte que el lector percibe la ambivalencia entre la súplica que pide parabienes, pero que al mismo tiempo sabe que al final se le dará el amparo y posada previa a la muerte. Esperanza no en la salvación, sino esperanza de que llegue el final a su justo tiempo.

El tono del poema incide en la comunicación que se logra gracias al discurso lírico. El tono funda un lazo de relación –aunque indirecta y no del todo clara– entre lector y escritor. Después de establecer contacto el lector sabe que hay sentimientos en común que lo hermanan con aquél. Si recordamos la proposición de que la lírica representa un acto de habla con nosotros mismos en la soledad, cómo pasar por alto versos donde la lectura del texto nos lleva a hablar con nosotros mismos en un diálogo rítmico que transita del espacio de la casa a la memoria, de la escritura a las aves, de las naves al mar. Basten para corroborar esto las dos odas que escribe Hernández Campos a la mano izquierda:

En la tiniebla de la madrugada extiendo mi mano izquierda, que con vocación nihilista te busca a sabiendas de que no va a encontrar nada, y menos que nada a ti.
(“Segunda oda a mi mano izquierda”, p. 81)


El tono se reconoce no sólo por las palabras utilizadas, sino por cómo ellas nos conducen a participar de estados de ánimo. Dentro de los límites de su polisemia, el signo poético permite interpretar una atmósfera anímica que se sumará de manera decisiva al proceso de interpretación global del texto. Es cierto que el lector sufre un proceso de aprendizaje gradual, pues todo lector, en sus inicios, configura casi siempre una única lectura-interpretación del texto. Está seguro de que el libro “dice” lo que el cree. Pero conforme desarrolla más herramientas, este proceso se hace más eficaz y será capaz de proponer múltiples lecturas-interpretación que funcionan de manera paralela mientras no decidamos al final cuál es la mejor o que satisface todas nuestras experiencias. Así, al avanzar hacia el final del texto, elegiremos de entre ellas la más sólida. Seremos capaces de responder y sustentar juicios sobre nuestro proceder. Para abreviar esto, las lecturas paralelas, son caminos que abandonamos o dejamos latentes como posibilidades al emitir un juicio global sobre lo leído. Por ende, el lector desarrolla capacidades que lo llevarán a elegir si el tono que corresponde mejor al poema será el de burla, tedio, queja, petición, alegría…

Por ejemplo, en la cita anterior, no existe una doble lectura en el tono –no hay una ironía, sino un camino directo y claro que hace percibir el dolor. En estas dos odas –que no dejan de recordarnos aquellas Odas elementales– ocurre que a través del resquicio que quiebra la soledad aparece la compañera y la nostalgia, “y la nostalgia [–leemos–] está hecha de naves que se han hundido y reposan en el fondo del mar, en esa región que empieza donde termina mi mano izquierda. La mano con la que no puedo asirte”. Poemas donde se revela la impotencia; la mano no sirve como cuerpo si no puede tomar entre los dedos, si no hay un otro que sienta la caricia. Así como en este poema, los lectores de Sin título perciben un estado de ánimo que da unidad al volumen. No es ni amargura ni queja, pareciera sopesada resignación o, más precisamente, aceptación del presente con todas sus caras. Un estudio que se centre en las imágenes de pérdida en el libro seguramente revelaría que a ellas las acompaña también una aceptación o musitada esperanza. Esa inflexión de la voz que revela un estado de ánimo nos hace pensar que este es un libro al que no olvidaremos pronto. Duele leerlo, duele asumir con toda convicción el pacto de lectura.
En otros ámbitos, dentro de los temas reiterados están aquellos que aluden a las paradojas, contrarios, contraposiciones.

Mientras discurro
el aura ata y desata
cintas y celajes.
Cerrarás la ventana, la
cerrarás, porque
la cerrarás, como se cierra
una boca por dentro.
(“Sed lux”, p. 11)


Pero esta aparente oposición lo que crea es un sentido de totalidad al que no puede detener o enfrentar el sujeto lírico. Tan rebasado se sabe que los últimos cuatro versos de “Sed lux” apuntalan sólidos esta imposibilidad en la enunciación de un futuro que no sólo por repetido se espera demoledor. Qué puede hacer frente al futuro casi cierto de que se cerrará la ventana-boca y él no puede-podrá abrirla. Si además de esto recuperamos la carga de sentido que existe en atar y desatar de la contraposición inicial, nos damos cuenta que el conjunto de la estrofa se advierte solidamente construido como una totalidad infranqueable.

Muestras de este mismo recurso los encontramos en: “el caballero / es no es, es no es, es no es / en el trémolo / de los relámpagos”; “Te abrazo y desabrazo / al compás del aliento”; “monta y des / monta huecos virtuales entre / la carcomida arquitectura”; “que es y que / no es, que representa pero // no representa, me mantiene / suspenso”. De aquí que surja la pregunta, por qué decir algo por medio de su negación, de su contraparte, de sus oposiciones. El recurso tiene una función dentro del poema, una función que en este caso remite paradójicamente a la precisión, a la idea de totalidad y a la sensación de impotencia frente a los acontecimientos. Tres resultados que se imbrican a cada momento como unidad sólida en la lectura del libro.

Cercano a esto hallamos los ejemplos donde se presentan situaciones o acciones que denotan lo incompleto, la imposibilidad o la carencia de atributos naturales en las cosas presentadas: “El animal inacabado / ama el frenesí de su galope”; “Llueve / sobre el caballo / que no quiso arrancar / Llueve / sobre el jinete / caído en el barro”. El animal inacabado y el coche que no quiere funcionar son muestras de que aquí se presenta el revés de lo que se esperaría: “el revés, siempre el revés, de su historia” leemos en “Enero en Buda”. Para qué, para decirnos que todo tiene otra historia, como posibilidad, como certeza. De ahí que en este poemario la presencia de ese “otro” sea también fundamental.

En ocasiones la voz poética se habla a sí misma desde una segunda persona del singular, como en “Ejercicio de tiniebla”:

La tiniebla
te aceita los ojos
los ojos niegan la tiniebla
que niega los ojos

Yaces en la tinta
velas y esperas
en el fondo del tintero […]

Ahora siéntate
recoge tus cabellos
y levanta la frente
Ya viene la pedrada.
(“Ejercicio de tiniebla”, pp. 47-48)


Tenemos entonces un ejercicio de exploración y autoreconocimiento. Pero junto a ello, también existen ejemplos donde la voz se dirige a un destinatario diferente. Esa otra historia que se entrevé en el poemario quizá sea la del ser que nos acompaña, porque quizá el amor, la pareja o la compañía nos restituyan la totalidad del mundo. Por ello a lo largo del libro la voz poética apela con recurrencia a ese tú. Casi podríamos definir a esta voz en primera persona como suplicante o necesitada, pues es el otro quien hace y obra sobre él.
El yo se reconoce incompleto: “Yo soy hoy / el balbuciente / que es ese a quién al que se le quiebra / la saliva”. Sin embargo, ese tú no será un desdoblamiento de la primera persona: es claramente un destinatario distinto; por ello el resultado de la lectura del poemario nos motive a pensar aún más en la imagen de deriva en la que se encuentra el enunciante. No sólo hay súplica y petición, sino que hay una certeza de inutilidad frente al destinatario.


Me llevas delante de ti
como una trompeta.
Tu aliento en la nuca
me inflama las fauces canoras.
(“Exeunt”, p. 30)


En este sentido, el poemario refleja un lirismo donde la presencia del tú es también capital:


Ayer paseábamos
cogidos de la mano
por un huerto de árboles
con frutos del Bien y del Mal

Dame otra vez la mano
mientras aún queden huesos
y mientras avanzamos
usemos los dedos
para contar las sílabas
de un poema imposible
(“Pavana”, p. 74)

Mucho se podría comentar más sobre la presencia del tema de la poesía y la escritura en el libro; de la forma atrevida en que consiguen eneasílabos en “La silla de Wittgenstein”; de la presencia de imágenes relativas a la escalera, al estar de pie; de la sensación inusual que provoca la lectura de formas romanceadas en algunos textos (“blanca palomica”, “Piedad dejome prisionero / de aquesta divina telaraña”…); del papel de la memoria en el poemario, de la excelencia del poema “De retorno” o del dolor que habita “El ruiseñor de la mañana”. Mucho podría decirse y, estoy seguro, que se dirá en reconocimiento de este libro.
Jorge Hernández Campos es uno de los poetas que nos devuelven la esperanza en la poesía, además de que es uno de los que mejor han refrescado el ámbito de nuestra poesía en el recién iniciado siglo XXI. En un tiempo donde pareciera que ser poeta joven es sinónimo –absurdo, pero sinónimo– de buen poeta o de poeta que vale. Jorge Hernández Campos nos recuerda que la verdadera poesía no tiene qué ver con edades o reflectores, sino con palabras.


*Texto publicado en el número 10 (diciembre 2007) de Viento en vela.